3.11.21

El espejo de la vida

 

Nota del autor: Hace unos días, publicaba mi hermano Gonzalo en su blog, un panegírico a nuestro abuelo el músico. Yo, no guardo recuerdos de él, porque cuando murió era muy pequeño; no obstante, lo que más llamaba la atención, era la manera en que hacía aflorar, en el citado escrito, sus sentimientos hacia Vejer. Sentimientos, por otra parte, que les fueron inspirados por el amor de nuestros ancestros a nuestro querido pueblo. El cuento que a continuación se publica, va de eso, de la transmisión de sentimientos puros y nobles a nuestros hijos.


En Vejer, lugar remoto de la Cora de Sidonia, vivía un matrimonio de jóvenes campesinos que tenían como centro y alegría de sus vidas a su pequeña hija. Un día, el marido tuvo que viajar a la capital del Reino (Granada) para resolver unos asuntos y, ante el temor de su mujer por viaje tan largo y a un mundo tan desconocido, la consoló con la promesa de regresar lo antes posible y de traerle, a ella y a su hijita, hermosos regalos.

Después de una larga temporada, que a la esposa se le hizo eterna, vio por fin a su esposo de vuelta a casa y pudo oír de sus labios lo que le había sucedido y las cosas extraordinarias que había visto, mientras que la niña jugaba feliz con los juguetes que su padre le había comprado.

-Para ti -le dijo el marido a su mujer- te he traído un regalo muy extraño que sé que te va a sorprender. Míralo y dime qué ves dentro.
Era un objeto redondo, blanco por un lado, con adornos de pájaros y flores, y, por el otro, muy brillante y terso. Al mirarlo, la mujer, que nunca había visto un espejo, quedó fascinada y sorprendida al contemplar a una joven y alegre muchacha a la que no conocía. El marido se echó a reír al ver la cara de sorpresa de su esposa.

-¿Qué ves? -le preguntó con sorna.

-Veo a una hermosa joven que me mira y mueve los labios como si quisiera hablarme.

-Querida -le dijo el marido-, lo que ves es tu propia cara reflejada en esa lámina de cristal. Se llama espejo y en la ciudad es un objeto muy corriente.

La mujer quedó encantada con aquel maravilloso regalo; lo guardó con sumo cuidado en una cajita y sólo, de vez en cuando, lo sacaba para contemplarse.

Pasaba el tiempo y aquella familia vivía cada día más feliz. La niña se había convertido en una linda muchacha, buena y cariñosa, que cada vez se parecía más a su madre; pero ella nunca le enseñó ni le habló del espejo para que no se vanagloriase de su propia hermosura. De esta manera, hasta el padre se olvidó de aquel espejo tan bien guardado y escondido.

Un día, la madre enfermó y, a pesar de los cuidados de padre e hija, fue empeorando, de manera que ella misma comprendió que la muerte se le acercaba. Entonces, llamó a su hija, le pidió que le trajera la caja en donde guardaba el espejo, y le dijo:

-Hija mía, sé que pronto voy a morir, pero no te entristezcas. Cuando ya no esté con ustedes, prométeme que mirarás en este espejo todos los días. Me verás en él y te darás cuenta de que, aunque desde muy lejos, siempre estaré velando por ti.

Al morir la madre, la muchacha abrió la caja del espejo y cada día, como se lo había prometido, lo miraba y en él veía la cara de su madre, tan hermosa y sonriente como antes de la enfermedad. Con ella hablaba y a ella le confiaba sus penas y sus alegrías; y, aunque su madre no le decía ni una palabra, siempre le parecía que estaba cercana, atenta y comprensiva.

Un día el padre la vio delante del espejo, como si conversara con él. Y, ante su sorpresa, la muchacha contestó:

-Padre, todos los días miro en este espejo y veo a mi querida madre y hablo con ella.

Y le contó el regalo y el ruego que su madre la había hecho antes de morir, lo que ella no había dejado de cumplir ni un solo día.

El padre quedó tan impresionado y emocionado que nunca se atrevió a decirle que lo que contemplaba todos los días en el espejo era ella misma y que, tal vez por la fuerza del amor, se había convertido en la fiel imagen del hermoso rostro de su madre.


Javier Díaz Arbolí



3 comentarios:

Luis Manzrro Benitez dijo...

Preciosa historia, bonitos dibujos, magníficas acuarelas, buena música...una hermosa y completa publicación que me ha encantado.
Muchas gracias, Gonzalo.

Eugenio Martínez dijo...

Hermoso cuento, Javier, que desde la cima de la ternura nos prolonga una satisfactoria, intensa y dulce sonrisa. Gonzalo le añade una especial vestimenta armónica, que con las acuarelas y dibujos de Carlos redondean esta preciosa entrada.

Javier Díaz Arbolí dijo...

Muchas gracias, Eugenio, por tu siempre extraordinaria benevolencia conmigo. Lo que está escrito con un corazón, que rezuma amor, evidentemente se tiene que transformar en un sentimiento de ternura.

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