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17.4.26

El Poder de la Palabra. Hermann Hesse. El caminante (fragmento)

 

"Pasar por delante de esta hermosa casa inspira un ansia y una nostalgia, ansia de quietud, tranquilidad y burguesía, y nostalgia de buenas camas, un banco en el jardín y olores de una buena cocina, además de un estudio, tabaco y libros viejos. ¡Y cuánto desprecié y me burlé de la teología en mi juventud! Se trata, como ahora sé, de una erudición llena de gracia y encanto; no tiene nada que ver con tonterías como metros y quintales, ni con vilezas de la historia del mundo, como constantes tiroteos, insultos y traiciones, sino que se ocupa, fina y tiernamente, de cosas amadas, íntimas y santas, de la gracia y la redención, de ángeles y sacramentos.

Sería maravilloso para un hombre como yo ser párroco y vivir aquí. ¡Precisamente para un hombre como yo! ¿No sería el hombre adecuado para pasearme por aquí con una sotana negra, amar con ternura, pero sólo espiritualmente, los perales del jardín, consolar a los moribundos de la aldea, leer viejos libros latinos, dar órdenes suaves a la cocinera y el domingo, con un buen sermón en la cabeza, caminar a paso lento hacia la iglesia por el embaldosado de piedra?

Los días de mal tiempo calentarían mucho las estufas y me apoyaría en una de las chimeneas de azulejos verdes o azules, y de vez en cuando me detendría junto a la ventana y menearía la cabeza ante semejante tiempo.

En cambio, los días de sol estarían mucho en el jardín, podaría y ataría en los espaldares o me colocaría ante la ventana abierta y contemplaría cómo las montañas, después de ser grises y negras, vuelven a ser rosadas y luminosas. Ay, miraría con profunda comprensión a todos los caminantes que pasaran ante mi tranquila casa, les seguiría con pensamientos tiernos y bondadosos, y también con añoranza, pues ellos habrían elegido la mejor parte al ser reales y verdaderos huéspedes y peregrinos sobre la tierra, en lugar de representar el papel de amos y sedentarios, como yo.

Quizá yo sería un párroco semejante. Pero quizá fuese otro, uno que pasa las noches en su estudio con un generoso borgoña, peleando con mil demonios, o despertando sobresaltado por las pesadillas, acosado por el temor de cometer pecados secretos con sus penitentas. O mantendría cerrada la verja del jardín y dejaría que las campanas tocasen a misa, y sin preocuparme de mi oficio, mi aldea o el mundo, me tendería sobre el ancho canapé, fumaría y holgazanearía insensatamente. Demasiado perezoso para desnudarme por la noche, demasiado perezoso para levantarme por la mañana.
En resumen, en esta casa no sería ningún párroco, sino el mismo vagabundo voluble e inofensivo de ahora; jamás sería párroco, sino más bien un teólogo fantástico, ya sibarita, ya gandul y borracho, ya obsesionado por las muchachas jóvenes, ya poeta y actor, ya con el pobre corazón enfermo de dolor y miedo.

Por esto es igual que contemple la puerta verde y los árboles del espaldar, el bonito jardín y la hermosa rectoría desde dentro o desde fuera; es igual que sienta en la calle nostalgia por ser como el sereno sacerdote, o que experimente desde la ventana añoranza y envidia de la vida del caminante. Es completamente igual que sea párroco aquí o vagabundo en la calle. Todo es completamente igual, a excepción de una sola insignificancia que, no obstante, tengo muy arraigada en mí. Que en mí sienta palpitar la vida, ya sea en la lengua o en las plantas de los pies, ya sea en el bienestar o en el tormento; que mi alma tenga libertad de movimientos y pueda introducirse con cien juegos de la fantasía en otras tantas formas, en párrocos y caminantes, en cocineras y asesinos, en niños y animales, incluso en pájaros y también en árboles; esto es lo esencial, esto es lo que quiero y necesito de la vida, y si algún día no pudiera ser así y me fuera asignada una vida en la llamada «realidad», preferiría morirme. "




9.3.26

EL LOCO DE LOS POZOS. Cuento sobre la obra de Manuel Manzorro

 

Monte patría desde el pozo "Reo"

EL LOCO DE LOS POZOS. CUENTO:
Los campos de Vejer están sembrados de viejos pozos. Algunos apenas se distinguen entre los matorrales; otros se inclinan cansados, con el brocal resquebrajado y las piletas cubiertas de verdín. Son las huellas del tiempo.
Una mañana, cuando el sol apenas empezaba a dorar las lomas, unos vecinos del Pago de Patría vieron pasar a un muchacho por el carril. Era joven, fuerte como un gañán, y caminaba con paso firme cargando brochas y cubos llenos de cal.
Se detuvo en el pozo Reó (Redor) —al que llamaban así porque tenía una pileta redonda alrededor del brocal— y, sin decir palabra, empezó a encalarlo. Con paciencia fue cubriendo de blanco la piedra gastada, como si quisiera devolverle la dignidad perdida.
Al día siguiente, también al alba, volvieron a verlo pasar. — ¿Dónde irá hoy? —se preguntaron. Lo siguieron con la mirada y lo vieron inclinarse sobre el pozo de los Manzorro y repetir la misma tarea: brocha, cal y silencio.
Y así, día tras día, el muchacho cruzaba los campos con sus cubos blancos. Así los vecinos comenzaron a llamarle “el loco de los pozos” entre risas.
Pero el muchacho no parecía oírlos. Seguía caminando cada amanecer, como guiado por una llamada antigua que solo él entendía.
Pasó el tiempo. Y una tarde clara, al oriscán, alguien reparó en algo que antes no habían visto: los pozos brillaban a lo lejos como pequeñas lunas blancas. Brocales, piletas y pilones resplandecían limpios, como si el campo entero hubiera sido salpicado de luz. Entonces comprendieron que no era locura. Era una obsesión, era amor a su Patría natal.
El zagal de Diego (Manuel Manzorro) no estaba blanqueando piedras. Estaba devolviendo memoria al campo.

Manuel Manzorro Pérez, nacido en Vejer de la Frontera, (7 de junio de 1935) en el seno de una familia campesina, mantiene a pesar de su experiencia internacional, sólidos vínculos con las tradiciones y cultura de su tierra.
Durante los años de su infancia aprendió sin esfuerzo palabras que testimonia el vínculo misterioso entre la tierra y el hombre.

En la actualidad reside y trabaja, pintando, escribiendo, leyendo, rodeado de olivos y ruiseñores, disfrutando del silencio y la soledad en el Núcleo Rural de Santa Lucía de Vejer de la Frontera.
Cuando un talento está en posesión de ambos dominios y consigue urdir los hilos de los colores, de las pinceladas, con los de la palabra, la trama resultante se convierte en una manifestación de grandeza, que nos eleva a las más altas moradas de la belleza. 
 
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Pozos de la campiña vejeriega de  cuadros pintados por Manuel Manzorro.

Gonzalo Díaz Arbolí

11.1.26

Cuento: ‘El Ratoncito Pérez’

 

Puede que, si decimos que un día como hoy, hace 175 años, nació Luis Coloma, no sepamos de inmediato a quién nos referimos. Sin embargo, fue el autor de una de las historias que más han calado en la tradición española cada vez que a un niño se le cae un diente. Sí, hablamos del creador de la figura de El Ratoncito

Luis Coloma nació el 9 de enero de 1851 en Jerez de la Frontera (Cádiz). Desde muy joven mostró interés por las letras y, aunque ingresó con solo 12 años en la Academia Naval de San Fernando, abandonó esta vía para licenciarse en Derecho en la Universidad de Sevilla. Más adelante, acabaría orientando su vida hacia otra vocación muy distinta.

Ese cambio estuvo influido por su amistad con la escritora Cecilia Böhl de Faber y Ruiz de Larrea más conocida por el seudónimo de Fernán Caballero, quien lo introdujo en los círculos literarios y artísticos tras su traslado a Madrid. A ella le dedicaría en 1910 la biografía Recuerdos de Fernán Caballero.

En la capital, y gracias al apoyo de su amiga, comenzó a colaborar en distintos periódicos y a publicar sus primeros relatos. Sin embargo, su vida dio un giro decisivo en 1872, cuando resultó herido de bala. Aunque el pronóstico inicial fue grave, sobrevivió y atribuyó su rápida recuperación a un milagro divino. A partir de entonces decidió ingresar en la Compañía de Jesús y ordenarse sacerdote. Para ello se trasladó a Francia, donde fue ordenado en 1874.

Tras regresar a España, Luis Coloma se dedicó a la enseñanza sin abandonar la literatura. En 1890 publicó Pequeñeces, una de sus obras más destacadas, en la que retrató de forma satírica a la alta sociedad madrileña previa a la Restauración borbónica. La novela obtuvo un notable éxito, aunque también generó críticas por la dura imagen que ofrecía de la sociedad de su tiempo.

El encargo de la reina María Cristina y el nacimiento de “El Ratoncito Pérez”
No obstante, sería una obra breve publicada en 1894 la que le daría fama universal. La reina María Cristina de Habsburgo, regente durante la minoría de edad de su hijo Alfonso XIII, encargó al padre Coloma un cuento con motivo de la caída del primer diente del joven monarca.
De este encargo nació “El Ratoncito Pérez”, una adaptación literaria de un relato de tradición oral al que Coloma dio mayor profundidad narrativa. El pequeño roedor vivía dentro de una lata de galletas en la confitería Prast, situada en la calle Arenal nº 8 de Madrid y se convirtió desde entonces en un símbolo asociado a la pérdida de los dientes de leche.

En el cuento, el joven rey —al que su madre llamaba cariñosamente Buby acompaña al Ratón Pérez en una aventura que le permite conocer la realidad de otros niños de su reino, algunos tan pobres como el pequeño Gilito. El objetivo era transmitir valores como la generosidad, la valentía y la empatía hacia los más desfavorecidos.

Luis Coloma falleció en Madrid en junio de 1915, siete años después de haber sido nombrado académico de la Real Academia Española, donde ocupó la silla de la letra "f" desde 1908. Su figura despertó un notable interés entre sus contemporáneos, como demuestra la biografía que le dedicó Emilia Pardo Bazán en 1891 bajo el título El P. Luis Coloma. Biografía y estudio crítico.

Idea del Dr. Rafael Resines



26.10.25

DUBLINESES. Cuento "Los muertos", de James Joyce.

 Dublineses es una serie de quince  cuentos magníficos, del escritor irlandés James Joyce. Es una de sus primeras obras. Se publicó en 1914. Los quince magníficos cuentos, constituyen una representación realista, y da muestras de su gran sensibilidad y de una maravillosas capacidad imaginativa, aun naturalista en ocasiones sutilmente burlona, de las clases media y baja irlandesas, en su Dublín natal de los primeros años del siglo XX.

 Los relatos se escribieron en un momento en el que el nacionalismo irlandés estaba en su apogeo y dominaba en Irlanda la búsqueda de una identidad nacional, que se materializaría en la declaración de independencia de 1921. Atrapado en una encrucijada de la historia y de la cultura, el país se encontraba sacudido por varias ideologías e influencias convergentes, y estos relatos ofrecen una visión de los conflictos, a menudo fútiles, que estas tensiones generaron en la vida diaria de la gente de Dublín.

Joyce, 1939
En estos relatos el escritor trata de reflejar la parálisis cultural, mental y social que aquejaba a la ciudad, sometida secularmente a los dictados del Imperio británico y de la Iglesia católica. El propósito último del libro es de índole moral. ​
En ese libro, Joyce, da muestras de su gran sensibilidad y de una maravillosa capacidad imaginativa. Desde luego su núcleo central, al igual que en todas sus obras, es su ciudad, Dublín.
¿Qué misterio hace que una isla medio despoblada en el confín de Europa posea la más alta concentración de escritores de talento del mundo?

Nos centraremos en el relato “Los muertos” The dead. Con más de 15.000 palabras, este cuento también ha sido considerado una novela corta. Fue llevado al cine, en 1987, por el director John Huston, en ella reflejó el verdadero espíritu de la Navidad, con una secuencia de la cena verdaderamente magistral; esta sería su última película. 
El argumento es el siguiente: En el día de la Epifanía de 1904, está a punto de comenzar una de las celebraciones más concurridas de Dublín, la fiesta de las Señoritas Morkam. Entre sus invitados se encuentra Gabriel Conroy, sobrino de las anfitrionas y esposo de una de las mujeres más bellas del país. Gabriel enamorado de su esposa, la contempla detenidamente cuando suena una antigua canción de amor...  De vuelta a casa, Gretta le confiesa a su esposo que aquella canción le recuerda un amor de juventud, truncado por la muerte de su amado. Nunca en sus años de matrimonio Gabriel había oído esta historia. Sus sentimientos son una mezcla de tristeza, desesperación y celos que le conducen  a meditar sobre el sinsentido de la vida.

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Unos toquecitos en el cristal lo hicieron volverse a la ventana. Otra vez había empezado a nevar. Soñoliento, se fijó en los copos, plata y sombra, cayendo oblicuos contra la farola. Le había llegado el momento de encaminarse al Oeste. Sí, los periódicos tenían razón: la nieve caía por toda Irlanda. Caía por toda la oscura llanura central, sobre las colinas desnudas; caía suavemente sobre la Marisma de Allen y, más hacia el oeste, suave caía sobre las oscuras olas amotinadas del Shannon. Caía también en la colina del cementerio solitario en que yacía enterrado Michael Furey. Se amontonaba espesa sobre las cruces y lápidas torcidas, en las lanzas de la pequeña verja, sobre los espinos resecos. Su alma fue desvaneciéndose mientras oía caer la nieve tenuemente por todo el universo, y tenuemente caer, como el descenso de un último ocaso, sobre todos los vivos y los muertos.


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La intención de James Joyce era escribir un capítulo de la historia moral de su país, y escogió Dublín para escenificarla porque esa ciudad le parecía el centro de la parálisis.

Han dicho varios críticos que en esta obra el protagonismo lo tiene el idioma inglés y en eso estoy de acuerdo. Es cierto también que el lenguaje es uno de los más gratos enigmas de nuestra realidad.  Hay dos tipos de escritores en cuanto a aquello que nos hacen sentir. De unos sentimos las emociones y las ideas. De otros, sin embargo, nos impacta más el lenguaje. Indudablemente Joyce pertenece a los del segundo tipo.

Una de mis escenas favoritas en esta película, cuando el actor recita el poema llamado "Donal Og", que significa Joven Donal, es de hecho una balada irlandesa muy antigua que data de muchos siglos atrás. Fue traducido al inglés durante un período llamado el Renacimiento celta en el que gran parte de la intelectualidad de Irlanda, tanto católica como protestante, se remontaba a sus propias raíces lingüísticas y culturales en un esfuerzo por crear un entorno artístico revitalizado que fuera exclusivamente irlandés. Además de Lady Gregory, quien sin duda fue una persona real y una traductora brillante, El propio Joyce tenía sentimientos bastante encontrados sobre el Renacimiento, y de hecho el director de la película John Huston agregó esta escena donde no existe en el cuento original. Sin embargo, diría que encaja de manera absolutamente brillante con los temas de la historia del amor, la tristeza y los secretos del corazón humano.

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Tímido remedo del poema "Donal og"

Gonzalo Díaz Arbolí

17.10.25

La sin nombre

  

   
Apareció un día por casa e hice todo lo posible para que se fuera. La asusté de todas maneras. ¡Era una gata! Ella salía corriendo como alma que lleva el diablo pero volvía al rato, maullando y mirándome con unos ojitos que enternecían. Insistí en que se fuera, que no la quería. A ver, que no es que yo tenga mal corazón, ni odie a los animales, ni me den alergia como a mi amiga Tere, que se pone a morir con el pelo de los gatos. No. ¡Es que no quiero gatos!

¡Qué manera de complicarme la vida!

Cada vez que aparecía por casa, sigilosa, felina en su silencioso caminar, mirando a todas partes, sabiendo que estaba colándose, ¡me recorría el cuerpo un querer pero no querer! No sé si me explico. Que yo no quería gato, pero la veía tan necesitada…

Cada día avanzaba un poco más. Hasta que llegó al patinillo y allí se plantó. La puerta de la cocina da a ese patinillo y yo la veía al pasar, parada, mirándome… Estaba “espeluchá”, canija, con la barriga que casi le llegaba al suelo (estaba operada y estéril, y por ello, creo, les queda ese defecto en su anatomía). Maullaba y me miraba… Y yo, ahí, con un grave problema de conciencia.

Mi hijo vino un día por casa y la vio. Estaba en la actitud de siempre. Él, sin consultarme, le dio de comer. ¡Ahí nos perdimos! Como des de comer a un gato de la calle, olvídate, ¡ya se queda de todas, todas!

Ella eligió el lugar dónde dormir: encima de la barbacoa, detrás del cuartito que hace de taller. No es mal sitio, no. Huele a comida, está resguardada de la vista de los humanos, está en alto… En fin, acomodada a su gusto. ¡Y a mí me ha tocado una ocupa en casa! Que digo yo que bien se la podía haber llevado mi hijo, si tanta pena le daba, ¿no? Él me minaba la moral diciéndome que esa gata estaba más necesitada de cariño que de comida y que como yo estaba sola, nos daríamos compañía mutuamente. ¡Ni hablar! No la quiero; no quiero tener que ocuparme de ella. He tenido decenas de gatos en casa, con tres gatas pariendo cada dos por tres, y ya no voy a tener más.

Han pasado seis años y la Sin Nombre sigue conmigo. ¡Y es que tiene un tesón! ¡Y yo soy tan firme en mis decisiones…!


Laurentina Gómez
9/12/2015

26.8.25

Mañana de Otoño

 

Playa de la Muralla, El Puerto de Santa María

Es media mañana de un día de fiesta de primeros de Noviembre, y he venido a mi lugar preferido para leer, pensar, escribir o hablar por teléfono sin prisas con alguno de mis amigos preferidos. Aquí soy más YO.

El lugar es el aparcamiento situado en primera línea, casi encima del mar, en una de las playas de la ciudad.
Vengo siempre fuera de la temporada de verano, claro. Toda la terraza para mí. Los veraneantes se han ido, dejando la playa para las gaviotas, los paseantes y los “contemplantes” como yo.

Me quedo dentro del coche, que he puesto pegado a la acera, junto a la escalera por la que se accede a la arena. Si llega alguien y se queda un rato, me molesta. Luego se va y vuelve la paz, la soledad de la buena. La mayoría de los coches que van llegando no paran; sus ocupantes miran al mar y se van. Yo no. Yo me quedo y contemplo esta bahía que la Naturaleza tuvo a bien dejar delante de nuestras casas, para deleite y disfrute de todos y “enganche” de muchos.
 

Cuando más me gusta venir es en días de mal tiempo. Sentir cómo, al llover, el agua discurre por los cristales, o los golpea con fuerza, o cómo resbala lentamente en forma de largas lágrimas. A través de los cristales veo el paisaje distorsionado, tembloroso: los barcos, el mar, Cádiz, la blanca Rota…

Si se avecina una tormenta me da un subidón… Veo llegar los nubarrones negros que parece que tienen prisa por dejar el mar y soltar todo el agua que traen en sus panzas grandotas y gruñonas. Primero llegan los relámpagos anunciando que ya está aquí, que te ha atrapado. Eso me da bastante miedo, pero del miedo malo, de pasarlo mal. Pero con tal de ver el espectáculo que se va a representar en este escenario único, me quedo y cierro los ojos, apretándolos muy fuerte para no ver la cegadora luz. A veces me impresiona por su grandeza y me voy para casa pues presiento que puede ser peligroso estando sola. La mayoría de las veces me quedo; no son tantas las ocasiones de tormenta que se dan por aquí.

¡Y hoy!
Hoy es uno de esos días en que la gente no sale de casa. ¡Tenemos temporal de Levante! Y está nublado, con nubes bajas; todo gris.
El que no ha vivido un día de temporal de Levante, no sabe lo que es un día de viento, parafraseando en parte, lo que alguien dijo en otro ambiente y quedó grabado en azulejo.
Aparcada en mi lugar de siempre, sólo puedo deciros que el coche se bambolea casi constantemente. La arena azota fuertemente los bajos del coche, golpea la arena en las ventanas y es imposible abrir la puerta.
Hay algún loco que corre por la playa. Que digo yo que cómo se le ocurre a ese muchacho correr hoy. Mira que hay días en el año; pues nada, hoy. La marea está baja y corre muy deprisa en dirección a Fuentebravía. El viento lo lleva en volandas, que como sea un canijo, no va a poner los pies en el suelo. Cuando viene de vuelta, camina formando un ángulo agudo con el suelo. Viene peleando con el viento; no hay otra manera de hacerlo si no quiere ir de nuevo para Rota o Fuentebravía, que eso nunca se sabe.


Y en otro orden de cosas:
Si quieres saber si una persona es foránea, sólo tienes que oírla hablar en un día como el de hoy:
- ¡Qué aire hace!- dice.
- ¿Aire? A esto se llama VIENTO. A ver, repita conmigo: VIEN-TO. Venga, otra vez.
Y ya no se le olvida en la vida, pero eso sí, al hablarle debes tenerle bien sujeto en el pretil de la playa, mirando hacia el Este, hacia Medina. Lo de sujetarle no es por placer, no. Es que si le sueltas sale volando como una cometa.
¡Bendito Levante, que “todo lo verde lo seca, menos a los guardias civiles”!- como decía el Papi, cuando iba por la playa vendiendo las patatas fritas.
Y es verdad. Si no fuera porque de vez en cuando este viento nos visita o nos ataca, (según se mire), y con la humedad que padecemos en la costa, estaríamos todos bien floridos, que no hermosos. Me refiero a floridos de moho, “apurgaraos” mismamente.


¡ Así que venga el Levante y que remenee mi coche conmigo dentro! ¡No viene mal que la acunen a una de vez en cuando!



Laurentina Gómez Rubio



29.6.25

El tren


      

Querido niño de cinco a noventa años. Soy el Rey Melchor (papá, mamá, hermano, hijo, suegro, cuñado, etc) y te ha dejado como regalo un tren, pero no cualquier tren, sino un tren eléctrico.

Es posible que no te acuerdes de esta carta preparada y escrita para el mes de enero y posiblemente la hayas recuperado entre un montón de papeles, cuando has estado rebuscando documentos al preparar la declaración de la renta.

Cuando eras más pequeño también tuviste tu tren, pero era de hojalata y había que darle cuerda con una llave en forma de mariposa para que se pudiese en marcha y la cuerda duraba tan poco...

El de ahora es distinto, funciona de verdad, todo seguido y todo el tiempo que quieras. Siempre ha sido tu juguete secreto, tu juguete favorito, tu juguete también inalcanzable en aquellos años en que el vivir o incluso ell supervivir ya era bastante.

Aquello era tan bonito que te hacía estar pegado al cristal del escaparate de esa tienda donde se mostraban los vagones y las máquinas con toda una gama de colores y, además, se movían.

Ya sé que han pasado algunos años y ese íntimo deseo hoy se ha cumplido, para que lo disfrutes, aunque ahora lo tienes que montar y tus manos están ya un poco perezosas y unir vía a vía resulta algo más difícil y tu paciencia a veces se agota sin darte cuenta de ello. Ese viaje circular u ovalado con destino a tu felicidad, con curvas, desvíos, semáforos, túneles, estaciones, farolas, te está esperando y solo tienes que darle un empujecito para que tengas un día maravilloso.


Tienes, además, que decidir donde lo pones y la elección no es fácil; si lo pones en el suelo, es difícil agacharse y no digamos volverse a poner en pie y además alguien lo puede pisar sin querer y todo se puede perder.

Otra opción, ponerlo en la mesa del comedor, pero alguien va a salir enseguida diciéndote: "eso en un estorbo" donde se va poner la comida", "a quien se le ocurre"...

Planea bien su colocación, porque montarlo y desmontarlo cada vez es una lata y además, un día en que estés muy cansado puede llegar la terrorífica frase. "Lo montaré mañana"y ese mañana se perpetuará hasta que algún nieto observe el abuelo compungido y con el corazón encogido y te obligue a montarlo y a darle vida de nuevo.

Por favor, es TU JUGUETE, no lo olvides, disfruta con él, encaríñate con él y conviértete, aunque sea por un rato, en jefe de estación, maquinista, pasajero o revisor, todo en una sola persona al mismo tiempo: tú.

Además, no olvides, que tus amigos están esperando como agua de mayo que completes tu tren, para ir todos juntos a jugar con él, porque ellos también siguen teniendo, en el fondo de su corazón, el sueño de ese tren que no llegó nunca.

Tu siempre Melchor

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La aventura de los juguetes


Sobre el autor del cuento:
RAFAEL RESINES LLORENTE es médico pediatra, ya jubilado, vallisoletano y afincado en El Puerto de Santa María desde hace 17 años. Sus 40 años de ejercicio profesional en Vitoria-Gasteiz en el campo de pediatría, han forjado un curriculum extenso e intenso. Por otra parte ha tenido una gran actividad docente en centros de formación diversos, entre otros la Escuela de Asistentes Sociales, Escuela de Enfermería del Colegio Universitario de Álava. Ha sido profesor en numerosos cursos programados por Colegio de Médicos de Álava, la Sociedad Vasco-Navarra de Pediatría e instituciones médicas. Miembro de Comités, Consejos e instituciones de la Comunidad Autónoma vasca en el entorno de Ciencias de la Salud y su especialidad la pediatría. Desde su jubilación en 2007 y habiendo trasladado su residencia a El Puerto de Santa María no ha cesado en su actividad en los temas de salud siendo divulgador de temas médicos en Radio Puerto desde hace 10 años y el Onda Cádiz entre 2014 y 2016. Secretario de la Junta Local de la Asociación Española Contra el Cáncer en el Puerto de Santa María desde 2007 y Presidente entre 2009 y 2013.

16.6.25

Buscando a Pipo. Relato de Laurentina Gómez


Yo creo que todos tenemos algún momento en nuestra vida que es un tanto inconfesable. Yo tengo uno. Y hoy lo voy a contar.
Teníamos un perro negro, precioso. Era un cocker. Tuvimos que salir de viaje y lo dejamos al cuidado de un familiar. El perro estaba loco por salir a la calle pues estaba en celo. Se lo comentamos a este familiar para que no lo sacara del jardín. Lo sacó y se perdió.
Y aquí empieza la aventura para dar con el perro. Después de ir a las clínicas veterinarias y recorrer todos los días las urbanizaciones de las afueras, dimos por concluida la búsqueda. Pero yo no me di por vencida.

Había oído decir a una amiga que hay videntes que encuentran de todo. Ella misma me dijo que conocía a uno que había encontrado a un cochino, y que estaba “guardado” en el corral del cuñado (el del dueño, no del cochino). Y me dije a mí misma que si había encontrado a un cerdo, más fácil sería encontrar a un perro negro, pues se ve mejor.

Total, me enteré de dónde pasaba “consulta” y allí me presenté con mi cita previa. Oye, que no es broma: su salita de espera estaba llena. Ahí me sentí agobiada pues pensé en el bochorno que pasaría si encontraba esperando a algún padre de alumno. Pero no, no ocurrió tal cosa.
Cuando su secretaria me llamó, pasé a la consulta.


Él estaba sentado en la penumbra que provocaba la luz de un flexo que tenía dirigido hacia la mesa; su mesa de despacho. En ella tenía muchos cachivaches : libros apilados, un crucifijo con peana, una pequeña bola de cristal…

Nos miramos. Me pareció guapo y calculé que tendría unos cincuenta años. Me preguntó que qué podía hacer por mi y le conté lo ocurrido a mi perro. Mientras iba contando, iba pensando en que si era vidente, debía saber a qué iba yo, ¿no?

Se quedó callado, dejó pasar unos momentos de silencio y de pronto… ¡se transformó! Empezó a dar cabezadas contra su pecho al tiempo que farfullaba no sé qué retahíla. Se daba con los puños en el pecho con suavidad al tiempo que repetía su mantra. Paró en algún momento y miraba fijamente al techo, con los ojos vueltos. Yo sólo le veía lo blanco.

No sabía qué hacer sentada tan modosita; a veces bajaba la vista hacia mis manos entrelazadas y me culpaba por no estar más concentrada buscando a mi perro con él. Me sentía fatal, fuera de mi lugar, como ignorante y avergonzada.

De pronto aquel hombre se calmó y los aspavientos y ruidos cesaron de golpe. ¡Por fin!
Se aclaró la voz y me dijo que lo había visto cerca de mi casa, a menos de dos kilómetros, en un jardín con niños y pinos. Que estaba con una novia y se llevaría allí unos días y que volvería si yo seguía un ritual que me explicaba a continuación.

Tenía que buscar un rincón en la casa, y en el suelo pondría un círculo con arena de la playa y con piedras. Dentro pondría un plato con agua de la playa. Pondría, además dos velas junto a las piedras y rezaría todos los días unas plegarias que me dio escritas, como el médico que da una receta. Me levanté –lo estaba deseando- y me despedí.

Al salir me estaba esperando la secretaria, me pidió quinientas pesetas y me acompañó a la puerta. Cuando salí, respiré y me sentí libre y decidida a no hacer nada de lo que me había dicho. Creo que lo decidí al pensar que tuviera que decir oraciones raras.

El perro no apareció y perdí mis dineros. Pero la experiencia valió la pena; no siempre se está en la “consulta” de un vidente que encuentra animales… y que alivia a mucha gente, (según me contaron)...

Laurentina Gómez Rubio

11.6.25

Mi lavadora. Relato de Laurentina Gómez

   

Hoy he comprado una lavadora. Un gran acontecimiento si tenemos en cuenta que la anterior tiene dieciocho años.

La nueva es blanca, de ocho kg de carga, con botoncitos y ruedecitas; nada de paneles electrónicos que me compliquen (son un rollo). Y dicen que ahorra energía... ¡Ya veremos!

Estuve media hora mirándola de cerca, pero no hubo "filin", la verdad, y le di la espalda y me alejé. Vi otras, y otras, y otras... Así hasta que decidí llamar a mi hija y contarle cómo era la herramienta con la que tendríamos una estrecha relación. ¡Se necesitaba consenso! Más que nada porque mi hija es muy práctica y compra con mucha soltura.
Por mí, seguiríamos con la antigua; que sí, que no lava, que no centrifuga, que no quita las manchas porque no se mueve, que tiene una capa de minio pues está oxidada la puerta, que se sale el agua por el filtro de abajo (¡que vaya un sitio para poner un filtro, por Dios!)... Pero ¿qué quieres que te diga? ¡Le tengo cariño! Y eso no se puede remediar. Si hasta he hablado algunas veces con ella contándole mis cuitas cuando más sola estaba... ¡Es más buena! Ella escucha pacientemente y no le importó nunca que le metiese ropa blanca con oscura, que le pusiera cualquier detergente, y que nunca, nunca, le pusiera ni un poquito de suavizante... ¡la pobre!

Por eso, cuando hoy decidí sustituirla, me dio un pellizco el estómago. Y cuando leí en el gran panel publicitario donde explican los servicios que la tienda nos ofrece si compramos en sus instalaciones, y vi que ponía: "retiramos su vieja máquina", se me saltaron dos lágrimas calentitas que rodaron por mis mejillas hasta desaparecer por la comisura de mis labios... ¡Ay! Nadie vio el gesto. La gente no mira la cara del que está comprando una lavadora; mira a la señorita que, muy amable, te está atendiendo y que esperan se dé prisa para que los atienda a ellos.

El lunes traen la nueva. Hoy es martes. Tengo tiempo de sobra para despedirme de ella. La haré trabajar poquito. Le meteré ropa suave y lo último que lave será ropa interior con lacitos y encajitos. ¡Que tenga un buen recuerdo, la pobre; que la última vez no trabaje apenas!

¡El lunes, cuando traigan la nueva, nada más llegar, lavará los trapos de la cocina!

El domingo por la noche tendrá un ratito de velatorio. ¡Es lo menos que puedo hacer a una gran ayudante y compañera de tantos años!


¡Descanse en paz!
Laurentina Gómez Rubio
1 dic. de 2015

15.9.24

Presentado el cuento coral 'Erase una vez… Estella del Marqués'

Imagen de la presentación del cuento coral 'Erase una vez… Estella del Marqués'

La iniciativa ha estado subvencionada por la Fundación Provincial de Cultura de la Diputación de Cádiz.
La historia reúne los testimonios orales de los descendientes de los primeros colonos y mayores de la Entidad Local Autónoma jerezana, (ELA).

La Asociación Cultural de Mujeres Andaluzas Memorables ha presentado públicamente la primera historia coral ilustrada sobre los orígenes e historia de Estella del Marqués, coincidiendo con el 70 aniversario de la construcción de este poblado jerezano de colonización

El proyecto, que está financiado por la Fundación Provincial de Cultura de la Diputación de Cádiz, ha sido elaborado de manera coral por las propias socias con ayuda de profesionales de distintos ámbitos entre ellos, la ilustradora portuense Eva Díaz Hurtado, que ha convertido en imágenes parte de los relatos contados.

Los alumnos y alumnas del CEIP de Estella, Pablo Picasso, y el colectivo de personas mayores de la localidad han sido los primeros en conocer esta mañana este breve y singular relato en el transcurso de sendos actos presentados en forma de cuentacuentos.

En el mismo han estado presentes el alcalde de la ELA, Ricardo Sánchez, la secretaria de Andaluzas Memorables, la periodista Sonia Arnáiz, en representación de la asociación, y la también periodista Susana Padilla, encargada de presentar la actividad.

Esta singular narración se ha realizado gracias a las aportaciones orales de los vecinos y vecinas de mayor edad de Estella, que han sido recogidos a lo largo de distintas sesiones por las propias socias de Andaluzas Memorables, y también gracias a la información recogida en el Archivo Histórico Provincial y otras fuentes.

El objetivo de la iniciativa ha sido, fundamentalmente, el de poner en valor y visibilizar el patrimonio histórico y cultural que constituye el propio pueblo, creado como fruto del proceso de colonización del INC, fundamentalmente de cara a la población infantojuvenil; fomentar el reconocimiento de la labor realizada por las mujeres y los hombres de Estella de mayor edad en la construcción del nuevo pueblo; trasladar las vivencias y los datos históricos a un formato capaz de llegar a toda la población de manera rigurosa al tiempo que amena y entrañable y, finalmente, promover y dar visibilidad al esfuerzo y el trabajo de las mujeres que llegaron a esta localidad desde sus inicios.

Panorámica de la Entidad Local Menor de Jerez de la Frontera: Estella del Marqués.

Cabe recordar que el proyecto de construcción de Estella se incluye entre los 113 poblados que el Instituto Nacional de Colonización levantó en toda Andalucía y entre los más de 300 que se ejecutaron en un espacio temporal de tres décadas en todo el territorio nacional.
La publicación ha sido ya repartida entre la población escolar y la mayor de la localidad. Para el desarrollo de la iniciativa ha sido fundamental la estrecha colaboración del Ayuntamiento de Estella y de distintos colectivos de la ELA, como el de Mayores Activos.

Fuente: Redacción Diario de Jerez. 15 de septiembre 2024 


Proceso creativo.
Queremos trasladar nuestro más profundo agradecimiento a todas las personas e instituciones que han colaborado para hacer posible este proyecto: A la Fundación Provincial de Cultura por la concesión de la subvención. Al Ayuntamiento de la entidad local autónoma de Estella del Marqués y a su alcalde, Ricardo Sánchez, por toda la estrecha colaboración prestada. A Carmen y a María José, enlaces imprescindibles con las personas que han contado sus historias. Y, sobre todo, a esas personas, por su gesto generoso de rememorar sus primeros años en este pueblo que se construyó y que pervive gracias a su esfuerzo continuado ¡Gracias!

Francisco López Pérez, 88 años.
Francisca Molina Díaz, 84 años.
Petra García Román, 71 años.
Nieves Huerta Perdigones, 89 años.
Petra Gómez García, 89 años.
María Josefa Fernández Jiménez, 76 años.
Isabel Fernández Jiménez, 83 años.
Juan Pedro López Molina, 53 años.
Manuela Vega Oliva, 69 años.
Ana Moreno Martiñán, 81 años.
Diego Manuel Moreno Algeciras, 44 años.
Eulalia Becerra Jiménez, 73 años.
Toñi Vega Velázquez, 68 años.
Francisca Barbadilla Mejía, 73 años.
Carmen Flores Archidona, 77 años.
Pedro González Becerra, 84 años.
Pepi Gómez Pérez, 80 años.
Francisco Cabeza Barrero, 94 años.
Antonio Vega Corrales, 73 años.
Domingo Ruiz Pinto, 70 años.

¿Sabes cómo comienzan los cuentos clásicos? ¿Conoces eso de Erase una vez…? Pues las páginas que vas a leer a continuación no son un cuento, sino una pequeña parte, ¡y contada por sus protagonistas! de cómo llegó a construirse el pueblo en el que vives y creces: Estella del Marqués.
Empecemos por el principio. Estella no ha existido siempre, pero seguro que eso ya lo sabes. Lo que sí existía cuando nació el pueblo era la Venta de Las Cuevas, que funcionaba también como panadería, pequeño colmado y taller.
Hace más de un siglo que está en el mismo sitio.
En su lugar, hasta hace apenas ochenta años, se asentaba el descansadero de Albadalejo, que daba nombre a la zona cercana a la cañada, por el que constantemente transitaba ganado vacuno.


En ese paisaje ligeramente elevado de pasto, lentisco, monte bajo y lagunas se levantaban cerca de treinta chozos en los que vivían otras tantas familias, que se dedicaban a labores agrícolas por un jornal en fincas cercanas. Eran familias numerosas que a menudo estaban obligadas a desplazarse diariamente o por temporadas para atender a esos jornales, dejando solos a sus hijos e hijos a pesar de la peligrosidad de la cercanía de ese ganado.
Albadalejo es también el nombre del manantial cercano que durante siglos sirvió para surtir de agua potable a quienes habitaban la zona y hay quien piensa que, incluso, tenía efectos milagrosos.


Era tan importante que el nuevo pueblo estuvo a punto de llamarse así. ¿Te imaginas estar viviendo en El Albadalejo en vez de en Estella?
El nuevo poblado, tu pueblo, finalmente se llamó, como ya sabes, Estella, en honor al municipio navarro del mismo nombre, con el apellido del Marqués. Su construcción se decidió en 1951, a través de los planes de colonización que también crearon en la Campiña de Jerez muchos otros pueblos.

Sin embargo, aún pasaron dos años hasta que comenzaron a comprarse las primeras fincas sobre las que se edificaría: Dehesa de los Potros y las Quinientas, Sepúlveda, El Juncal, Majada Alta, La Catalana,… Al mismo tiempo, se encargó el proyecto del nuevo pueblo al arquitecto y dibujante Fernando Cavestany, que entrevistó a las familias que ya vivían en El Torno y La Barca para hacerse una idea de cómo era la zona.

Finalmente, el 2 de junio de 1954 se aprobó el proyecto de construcción del nuevo pueblo de Estella del Marqués y comenzaron a llegar las primeras familias colonas que se sumaron a las que ya había en el descansadero.
La llegada de esas familias colonas se produjo en condiciones muy difíciles en el verano de 1954. Aún no había casas para acogerlas, sólo unos barracones que eran construcciones provisionales y de mala calidad, oscuras, con apenas una o dos habitaciones por familia y una cocinita de leña.
Los barracones estaban ubicados en lo que hoy conocemos como el parque de Las Aguilillas. Sin luz, sin agua, sin retrete ni ningún servicio escolar o sanitario cercano.
Allí vivieron las ocho primeras familias que llegaron de la Sierra de Cádiz, de la provincia de Granada y de otros poblados que se estaban construyendo en aquel momento, junto a las del “aperaó” y el guarda. Diez familias que se ayudaban compartían lo poquísimo que tenían y se conocían por sus apodos: “El Tuerto”, “El del 8”, “El bigote”…

Tanta y tan cercana era su relación que algunas de esas familias, con el tiempo, llegaron a emparentar, como también harían muchas otras después en Estella…
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A finales de 1958 Estella ya era una realidad.
Estaba construido casi todo el pueblo, aunque las calles aún permanecían sin asfaltar. Las viviendas “de colono” y las “de obrero”, terminadas y habitadas, todavía no disponían de agua corriente ni saneamiento. Habían finalizado las obras de las escuelas, donde niños y niñas aprendían por separado, aunque a menudo no pudieran ni siquiera asistir.
La plaza de San Miguel, con el Ayuntamiento, la Iglesia y las artesanías, era ya también una realidad, después de que hubiese cambiado su ubicación original para darle el espacio más relevante y elevado del nuevo pueblo. Incluso ese mismo año se había celebrado la primera Feria.
Pero lo más importante que había sucedido ya en aquellos años es que Estella había comenzado a fraguar su identidad como nuevo pueblo. Una identidad cimentada en el valor del esfuerzo, de las vivencias compartidas y de la solidaridad de todas aquellas personas que convirtieron ese espacio algo único: en su nuevo hogar.
Si te han quedado más ganas de conocer historias de tu pueblo, pide a tus mayores que te cuenten. Seguro que les encantará.
Y ahora sí, como en todos los cuentos: colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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Entre los profesionales que han hecho posible esta historia, se encuentra la ilustradora portuense 
**  Eva Díaz Hurtado, que ha convertido en imágenes parte de los relatos contados.



** Eva Díaz Hurtado (El Puerto, 1963) es licenciada en Bellas Artes y artista gráfica. Ilustradora y emprendedora. Creadora de la marca "mamapepita" fue profesora de instituto y de la Academia de Bellas Artes Santa Cecilia, ha trabajado como ilustradora y directora de Arte en agencias de publicidad del Grupo BBDO desde 1996 hasta 2008. Actualmente trabaja como freelance y sigue como ilustradora en su taller de El Puerto de Santa María.


Gonzalo Díaz Arbolí
Académico de Santa Cecilia

28.7.23

DOÑA GERTRUDIS Y LAS NIÑAS

 

Transcurre con placidez el mes de Agosto de 1929. La Virgen está en la Parroquia y ésta, llena de feligreses. En esos días acontece que se instala en la ciudad la viuda de un militar de graduación, con tres hijas solteras. Por lo que se pudo saber, hasta entonces había vivido en una finca de heredad, por allí, por donde El Soto, a la que habían accedido para ver de curar la enfermedad del marido, pero éste, acababa de morir, no se sabe si de mal conocido o, como decían por allí, por decisión propia. 

Como era de algunos posibles y sabiendo que en Vejer siempre se ha considerado lo más adecuado el no “”juntar churras con merinas”, pensó que era el mejor sitio, o como ella decía: un “charco apropiado para pescar en él” y así poder conseguir lo que prometió al marido en su lecho de muerte: colocar adecuadamente a las niñas, cosa que en el lugarejo donde residían le iba a resulta harto difícil. 

Y llegaron a Vejer
                                                               Y llegaron a Vejer...

Alquiló una casa espaciosa en la calle Rosario y la amuebló muy a su gusto. En la sala de recibir y en su testero principal, colgó un retrato de su esposo; a un lado, la espada y las condecoraciones, y al otro, las charreteras. En el testero de enfrente cuadros de nobleza y escudos solariegos. En fin, todo como debe ser. 

Doña Gertrudis, (que así se llamaba la viuda) tenía la manía de la aristocracia, (es por eso que se instaló en Vejer). Su tío abuelo fue Sochantre en Granada, y murió en olor de santidad; su abuelo, Comandante de Carabineros y contaba además que tenía antepasados ilustres que se remontaban hasta la Reconquista, e, incluso, algunos parientes nobles. 

Las niñas eran tres, (ya lo hemos comentado). La mayor, Ángela, porque cuando nació era eso lo que parecía ¡un ángel! (según contaba su madre). Tenía las mismas ideas que su progenitora; por ser marquesa hubiese vendido su alma al diablo si el ángel caído se hubiese dignado aceptarla. Era fea, de tez aceitosa y de aspecto hombruno (de esas que se dice que tienen dos espaldas) 

A la segunda le llamaron Caridad, en recuerdo del tío abuelo de la madre, que por lo que se decía en su época, se dedicó a esa virtud en vida. Era aún más fea que la otra, gorda y alta. De modales rudos y zafios, se las daba de romántica y entornaba continuamente los ojos hacia arriba, haciendo constantes mohines, que recordaban a un cordero degollado. 

Y por fin, Dolores, la pequeña. Por lo que cuentan, fue un embarazo y un parto difícil y de ahí el nombre. Era aún más fea que las dos anteriores. Tenía quince años y era la única mujer conocida que desmentía el adagio de “la niña bonita”. A ésta le gustaban los novios. 

La madre, firme en la idea de “colocar” a sus vástagos, decidió para ello dar tertulias en su casa, pero sólo de varones, ya que era temerosa de la competencia y sabía que con aquel género le iba a resultar harto difícil la empresa que se había propuesto y como ella decía: para faldas, bastante hay con las mías. Había comprado un piano para amenizar las “soirées” y allí acudían casi cada tarde un buen número de mozos. 

La concurrencia era de lo más variopinta. Dependientes, meritorios, escribanos y aprendices sin que esto desmerezca de ninguna de estas profesiones; pero es el caso que no conseguía atraer a aquellos que había venido a buscar. Todas las noches eran muchas las presentaciones.

Estos, viendo que aquello prometía, entendieron que aquel era el sitio ideal para poder satisfacer sus necesidades (las poéticas y las prosaicas) y procedieron a tomar la casa por asalto. Desaparecían las chacinas que venían del Soto, todas las viandas que guardaban en la despensa y hasta un jamón de Trevelez que un pariente les había traído en una visita reciente. 

Un buen día, apareció por allí un Practicante al que presentaron como Vizconde, que todo el dinero lo gastaba en vestirse y al que Doña Gertrudis, iluminada por el título, recibió en sus brazos y fue aceptado como novio de la hija mayor y, a partir de entonces, como dueño y señor de la casa. Ocupaba el sillón de respeto en la sala y era el único que podía coger el badil del brasero. 

Ángela, la novia “oficial” del Vizconde, que tomaba lecciones de piano y era aficionada al canto, entonó una noche, en la que la concurrencia era muy numerosa, unas canciones de amor, acompañándose de dicho instrumento y los tertulianos mostraron tal emoción que, algunos, llegaron a caer de espaldas, rompiendo varias sillas y derribando los carburos que alumbraban la sala. Para ver de aliviar aquella catástrofe, continuó su actuación cantando una copla y entonó “La bien pagá” y fueron tantos los ayes y los jaleos de palmas que tuvo que intervenir la fuerza pública. Así acababan la mayoría de las noches las fiestas de Doña Gertrudis. 

La segunda, Caridad, se enamoró de un legista que una noche fue presentado en la casa. El galán, jurándole fidelidad eterna, hizo como que le correspondía en sus amores, iniciándose así una relación que prometía ser duradera. Llegó a tanto el romanticismo que dado que los padres de él se oponían a su relación (eso al menos fue lo que le dijo), convinieron entrambos que lo mejor para reforzar su “amor imposible” era ingerir un veneno juntos y de esta manera poder continuar su romance en la otra vida. Así lo hicieron. El legista llevó un frasco que Caridad se tomó sin vacilar y que resultó ser un preparado que le proporcionó el “Vizconde” y que le provocó tal laxitud que la tuvo tres semanas sin salir del excusado y perder gran parte de su volumen. 

Parecía que aquello iba a mejor. La hijas, recriminadas por la madre, mantuvieron durante un tiempo cierta compostura, pero Ángela, estando una noche en la pava con su enamorado, a una hora intempestiva les llegó un grupo fingiendo ser secuestradores, para pedir un alto rescate por el título y disparando un tiro de sal tuvo la mala fortuna (o acaso el tirador tan buena puntería) que impactó de lleno en las posaderas de la susodicha y la tuvo postrada en posición innoble durante varios días. 

Pero la peor de las hazañas fue la ejecutada por Dolores. Un escribiente que la rondaba y que llegó a enamorarla, la citó una noche en la reja para pelar la pava. Al llegar el momento crucial del encuentro, le pidió que con las manos expandidas en su pecho le jurase amor eterno, y que después, juntase sus manos con las de él. Así lo hizo y en ese momento dos compinches del mozo que estaban apostados en el exterior, ataron sus brazos a los hierros de la reja y prorrumpió en tales gritos e improperios que salieron todas las vecinas y vecinos asustados. Estos, al comprobar lo que sucedía, empezaron la consiguiente mofa, de tal manera que tuvo que intervenir el Alcalde y la fuerza pública, solicitando de Doña Gertrudis que acabara con aquellas fiestas que traían al pueblo en jaque. 

Escarmentó Doña Gertrudis con estos sucesos. Los novios no volvieron más y comenzó a recibir sólo a aquellos que ella creía más formales y de más edad. Pero uno de ellos, que parecía de cortas luces y de pocas palabras, pero de buena fortuna comprobada, cuando estaban más contentos departiendo de todo lo que les había sucedido desde que estaban en Vejer y de los anteriores abusos a los que habían sido sometidas, roció con petróleo el brasero, prendiéndose fuego en las faldas de la mesa camilla, y gracias a la intervención de algunos transeúntes y vecinos de la Doña, el sainete no terminó en tragedia. Fue aquel acontecimiento el que obligó definitivamente al Sr. Regidor Municipal a prohibir taxativamente aquellos saraos, so pena de expulsión, multa y destierro. 

Días después se comentó que la mamá y las niñas habían abandonado la localidad de noche y en un carruaje cerrado, sin rumbo conocido. En el Soto no saben nada de ellas, y se comenta que hubo quien hizo averiguaciones en su ciudad natal y tampoco. Hasta hoy no se conoce su paradero. 

                                                                      El Soto

Esta es la historia que me contaron y así la cuento. Si es cierta, por que lo es y si no, porque podría haberlo sido. No obstante recordar aquello de que: “Bien sabe Dios que no hay buen marchante si no existe buena mercancía, ni en Vejer, ni en ningún otro confín del Universo”.
Javier Díaz Arbolí