Seguro que al leer el titular alguno ha pensado: 'A este se le ha ido el santo al cielo' o que se me cae la baba con mi pueblo y me he puesto tierno de más. Y qué quieren que les diga, puede que algo de eso haya; uno no puede evitar que el corazón tire para casa.
Pero cuando digo que Santa María es hermosa, no es por decir una tontá. No lo digo solo por nuestra piedra roja, que al sol de una tarde de verano se pone como un ascua —parece que fuera a prenderle fuego al barrio entero—, ni por el torreón que nos guarda las espaldas desde hace una pechá de años, vigilándonos con el celo de un sereno eterno.
Es que esto es nuestro, y como lo nuestro, ¡no hay ná! Por eso les invito a echar un rato conmigo, para que vean que estas cosas, más que contarlas, hay que sentirlas.
Digo que es hermosa porque sus paredes custodian el inventario de nuestros secretos, el eco de los rezos y el pulso mismo de la vida de Alcázar. Es hermosa porque nos ha visto gatear y nos despide en el último viaje; nos ha consolado en las malas y nos ha servido de plaza en las buenas. Así que, de vecino a vecino, no vengo a soltarles un sermón ni a aburrirles con legajos de archivo, sino a contarles por qué esta casa nuestra, después de ocho siglos, sigue conservando intacta su belleza. Esto es lo que me sale del alma…
A veces cruzamos el umbral con el paso acelerado sin reparar en que esos muros han aguantado carros y carretas para que hoy estemos tan anchos nosotros aquí. Me contaba mi abuelo que, en los días de aire fuerte —de esos que solo tenemos en la Mancha, que te vuelan hasta las ideas—, parecía que el Torreón del Gran Prior nos vigilaba con más brío, como diciendo: "No os apuréis; si yo no me muevo con este vendaval, vuestras penas tampoco os van a tumbar".
Por eso, no quería escribir letras que sonaran a hueco, sino rendir homenaje a la fe de la gente llana: a nuestros mayores, que se dejaron el lomo en el campo, en el sector ferroviario o donde hiciera falta, y a los zagales y zagalas que ya asoman la cabeza con toda la ilusión del mundo.
Santa María no se explica sin sus bautizos, bodas y sus silencios finales; pero, sobre todo, no se entiende sin el cariño de cada uno de ustedes. Vaya desde aquí un brindis por quienes han mantenido esta lumbre encendida para que no se nos apagara el alma.
Ochocientos años se dicen pronto, pero ¡madre mía de mi vida!, ¡anda que no ha llovido y pedrisqueado desde entonces! La parroquia llega a este aniversario redondo porque ha sabido ser, a la vez, cepa vieja y sarmiento nuevo. Y es que, para que algo dure una eternidad, debe saber mudar la piel sin perder el norte.
Aquí lo que de verdad sujeta los muros no es solo la cal y la arena —que, como nosotros, alcazareños, se hacen más fuertes cuanta más intemperie aguantan—, sino ese querer de buena cepa, firme como el tronco de una encina. Santa María es nuestro sitio para todo. Al empujar la puerta de cuarterones, te recibe ese aroma a incienso que es como el perfume de la memoria; un olor que te serena el pulso y te susurra que, por fin, has dejado las prisas en la calle.
Las velas encendidas te guían como estrellas humildes hasta el banco. Al verlas parpadear, te das cuenta de que aquí la soledad no tiene sitio; cada llama es el suspiro de un vecino y una invitación a soltar la carga, a bajar las pulsaciones y a entender que, en esta penumbra bendita, hasta la pena más negra encuentra su rincón de luz. En ese momento, parece que el reloj del Ayuntamiento deja de dar los cuartos, que el jaleo del conjunto palacial se queda al otro lado y que, por fin, uno puede respirar hondo.
La presencia de Dios en este lugar se siente de verdad; no es una estatua lejana, es un abrazo que te reconforta por dentro. Recuerdo lo que nos dijo el párroco al despedir a nuestro amigo Antonio: “Mientras el mundo corre de un lado para otro, nosotros tenemos aquí nuestro refugio. El dolor de perder de un ser querido solo se alivia con la esperanza de la resurrección que nos prometió Jesús; y con esa fe nuestra, tan de aquí, que nos hace creer que un día nos volveremos a juntar todos allá arriba, porque la vida siempre le acaba ganando la partida a la muerte”.
Ese milagro de encontrarnos en familia no cae del cielo solo, sino que se amasa día a día. Ahí es donde reluce la labor de nuestros sacerdotes, con don Javier a la cabeza, que se ha ganado a pulso ser ese pastor que todos conocemos. Al Padre no hace falta pedirle cita; te lo encuentras por la calle, se para, te pone la mano en el hombro y con un “¿Cómo va eso, vecino?” ya sientes que te ha escuchado el alma entera. Está siempre al quite, demostrando con esa cercanía tan suya que, para ser guía de una parroquia, primero hay que ser uno más de nosotros.
Da gloria ver la buena armonía que reina entre las cofradías, la catequesis y cada uno de los grupos parroquiales; ese sentir de una comunidad que rema unida y a una, con el empeño de que todo aquel que asome por la puerta se sienta entre los suyos desde el mismo segundo en que pone el pie dentro. Es, en definitiva, la casa donde no hay forasteros, porque se acoge al que llega con el corazón abierto y la mano tendida.
Es el orgullo de saber que aquí duerme la partida de bautismo de Miguel de Cervantes, un tesoro que se custodia con el cariño de un pueblo. Pero es, por encima de todo, la devoción a nuestra Virgen del Rosario; ella es la que siempre está ahí para dar el empujón cuando la vida viene de nalgas. Y qué decir de nuestro Cristo Yacente… hay que verlo en su penumbra. Parece que en su descanso te busca con una ternura que te traspasa; no necesita mover los labios para que lo sientas hablándote directo al corazón.
¿Cómo estará el templo dentro de otros ochocientos años? Pues miren, si hoy le echamos coraje y juntamos la sabiduría de los viejos con las ganas de los que vienen, el futuro de Santa María va a ser un asombro de luz. Lo que seguirá firme en el año 2826 será ese vínculo inquebrantable, porque lo nuestro es una fe de piedra roja que no se rinde ni a tiros.
Ochocientos años no son nada cuando es la fe de un pueblo la que sostiene los muros; es el cariño de los vecinos el que mantiene la puerta abierta de par en par para que cada persona sienta que ha llegado, por fin, a su propia casa.
Santa María, lo dicho: ¡qué hermosa eres!
En Alcázar de San Juan, la Iglesia de Santa María la Mayor es mucho más que un templo: es el corazón histórico y espiritual de la ciudad. Construida sobre un antiguo templo romano, transformada en mezquita durante la época árabe y reconvertida en iglesia tras la Reconquista, guarda vestigios de todas las culturas que pasaron por Castilla-La Mancha. Destaca el impresionante Camarín de la Virgen del Rosario, joya barroca que maravilla a todos los visitantes. Declarada Bien de Interés Cultural y próxima a celebrar su octavo centenario, Santa María la Mayor es una parada imprescindible para conocer la historia viva de Castilla-La Mancha.
El efecto que produce la lluvia cuando cansina e impertinentemente no cesa… y es como si el día no fuese a avanzar nunca, porque esta lluvia, con su sordo machaqueo, lo enmarca todo en un bajo y continuo gris que no se acaba. Cada vez el día es más gris y es más lluvia… y este peso, -fascinantemente rítmico- por leve que sea, agacha y acobarda y, como quien no quiere la cosa, está acabando por agotarme.
Cielo a corderos, agua a calderos.
Predicción meteorológica popular española que indica que cuando el cielo presenta nubes blancas, pequeñas y esponjosas —altocúmulos, llamados “corderos” o “borregos”—, es señal casi segura de que lloverá intensamente, en gran cantidad, a calderos.
Estos recuerdos surgen al pasear por las calles de mi pueblo —siempre seductoras— bajo una lluvia ligera: un precioso reencuentro con sensaciones tan familiares, acompañadas de una dulce melancolía y de recuerdos juveniles. Todo ello se sitúa a caballo entre la felicidad y el dolor y, al abrir el paraguas, ese instante, resulta alucinante.
Al contemplar a algunas jóvenes paseando, con sus risas, aparece la luminosidad; la oscuridad se vuelve entonces más liviana. Me invade una sensación que quisiera describir y no puedo: me exige un esfuerzo inmenso, como si las palabras llegaran siempre un instante tarde.
Lo sorprendente es que la llevo incrustada en la mente desde hace muchos años, quizá desde la infancia; sus orígenes son dudosos y no logro comprenderlos. Esa sensación regresa, la vivo de nuevo, y se mezcla con recuerdos sin lugar ni tiempo, que no sé de dónde vienen. Y, sin embargo, en el fondo siento una impresión serena, hondamente agradable.
Aún llueve fuera, un poco más fuerte. Pequeños riachuelos plateados serpentean por la acera. Mis piernas vuelven a chapotear en los espejos de agua del suelo. Y en unos segundos acuden a mi memoria romanos y árabes, que contemplaron y respiraron, como yo ahora, esta misma sensación, serena y placentera en días iguales.
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y escuchen el sonido de la lluvia, es un remanso de paz
como escribe uno de nuestros lectores.
Realización del vídeo con fotografías tomadas de internet
Las marismas que rodean el Guadalete antes de su desembocadura, en El Puerto de Santa María, estas marismas están funcionando como gigantescas esponjas de agua que absorben toda la energía torrencial de agua y, cuando baje la marea, se vaciarán perfectamente, reduciendo el impacto y permitiendo que en la Ciudad de El Puerto de Santa María, las calles, los comercios, las casas de los vecinos no se inunden.
Martí de Riquer i Morera, fue uno de los grandes intelectuales españoles del siglo XX y una autoridad internacional en el estudio de la literatura medieval. Doctor en Filología Románica, dedicó su vida al análisis y difusión de las literaturas en lenguas romances, especialmente la trovadoresca, la épica medieval y la obra de Cervantes.
Nieto del intelectual y artista modernista Alexandre de Riquer, creció en un ambiente profundamente vinculado a la cultura y las letras. Su juventud estuvo marcada por la Guerra Civil Española. Indignado por la persecución religiosa en la zona republicana, en 1937 se incorporó al bando sublevado y combatió como requeté en el Tercio de Montserrat, participando en la batalla del Ebro. Finalizada la guerra, ocupó cargos en la Delegación de Propaganda del régimen franquista en la provincia de Barcelona, al tiempo que iniciaba una sólida carrera académica.
En 1950 obtuvo por oposición la cátedra de Historia de las Literaturas Románicas en la Universidad de Barcelona, institución a la que permanecería vinculado durante décadas y en la que llegó a ser catedrático emérito. Su prestigio intelectual lo llevó a ingresar en 1965 como miembro de número de la Real Academia Española, donde se convirtió con el tiempo en el académico más longevo y veterano de la institución.
La obra de Martín de Riquer es inmensa y fundamental para comprender la literatura medieval europea. Fue un destacado estudioso del amor cortés, los trovadores, la novela y la épica medieval, así como uno de los mayores especialistas en El Quijote, del que realizó una edición considerada ya clásica. También es autor de la influyente Història de la literatura catalana. Su magisterio formó a generaciones de filólogos, entre ellos su discípulo Albert Hauf, con quien compartió el reconocimiento como máxima autoridad en estudios medievales.
Tras la restauración democrática, Riquer tuvo una breve incursión en la política: fue senador por designación real durante la legislatura constituyente (1977–1979). Inicialmente integrado en la Agrupación Independiente, pasó después al grupo Entesa dels Catalans, y no volvió a participar en la vida política activa tras el final de la legislatura.
A lo largo de su vida recibió numerosos reconocimientos, entre los que destacan el Premio Internacional Menéndez Pelayo (1990), el Premio Nacional de Ensayo (1991), el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (1997) y el Premio Nacional de las Letras Españolas (2000).
Académicos, cervantistas y lectores de todo el mundo recuerdan a Martín de Riquer como un auténtico “trovador y caballero andante” de las letras medievales, una figura clave para la cultura española y europea, cuya obra sigue siendo referencia imprescindible.
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Documental sobre la obra de Martín de Riquer Morera
Nikolái Alekséievich Kasatkin pintor ruso; considerado uno de los fundadores del realismo social
De 1873 a 1883, estudió en la Escuela de Pintura, Escultura y Arquitectura de Moscú con Vasili Perov e Illarión Pryánishnikov. Al graduarse, recibió una medalla por su cuadro Mendigos en la puerta de la iglesia.
En 1891, comenzó a exponer con los Peredvízhniki y, de 1894 a 1917, fue profesor en su alma mater. Durante treinta años, a partir de 1883, trabajó con Iván Sytin, proporcionando ilustraciones para su popular almanaque/calendario y enseñando litografía.También colaboró en "La gran reforma", una enciclopedia que celebraba el quincuagésimo aniversario de la "Emancipación", y en una colección llamada "La historia de Rusia en imágenes".
En 1903, se convirtió en miembro de la Academia Imperial de las Artes Participó en la Exposición Universal (1900), donde ganó una medalla de plata, y la Exposición de la Compra de Luisiana (1904), entre otras. Al año siguiente produjo una serie de obras inspiradas en la Revolución de 1905.
Después de la Revolución de Octubre, su escuela fue cerrada y luego incorporada a "Svomas" como el "Segundo Estudio de Arte Libre". Sin embargo, siguió enseñando para el Departamento de Educación del Consejo del Distrito de Sokólniki. En 1923, tras la Guerra Civil, fue nombrado primer "Artista del Pueblo de la República" y se convirtió en miembro de la Asociación de Artistas).
En 1924, viajó a Inglaterra para documentar la vida del proletariado de ese país. Dos años más tarde, realizó retratos para el "Museo de la Revolución" (desde 1998, el "Museo Estatal Central de Historia Contemporánea"). Se lo considera uno de los precursores del realismo socialista en las artes y a veces se lo llama el "Gorki de los pintores".
En 1956, la Unión Soviética lo honró con un sello postal conmemorativo de 40 kopeks.
Murió repentinamente mientras hacía una presentación de su último cuadro en el citado museo., a la edad de 71 años. Una calle de Moscú lleva su nombre.
Análisis del cuadro: El silencio después del regreso: una lectura de ¿Quién? (1897)
¿Quién? 1897
¿Quién?, pintada por Nikolay Kasatkin en 1897, pertenece a esa rara categoría de imágenes que no se imponen: se quedan. Nos obligan a bajar la voz interior y a mirar con una atención casi incómoda, como si estuviéramos presenciando algo que no nos corresponde del todo.
La escena es sencilla en apariencia. Un hombre regresa a su hogar después de una larga ausencia. Sin embargo, lo que encuentra no es un lugar reconocible, ni una vida que pueda retomarse. El pasado, tal como lo recordaba, ya no existe. Kasatkin no pinta el antes ni el después: pinta el instante exacto del descubrimiento, ese punto suspendido en el que la realidad se revela sin adornos.
Lo verdaderamente poderoso de la obra no es el hecho del dolor, sino la manera en que ese dolor es sostenido. El protagonista podría reaccionar con ira, con reproche o con violencia moral. Tendría motivos. Pero Kasatkin elige mostrarnos otra cosa: la contención. El momento en que un corazón roto decide no multiplicar el daño. En lugar de juicio, aparece la comprensión; en lugar de exigencia, una forma silenciosa de amor que duele, pero no hiere.
Ese gesto —mínimo, casi invisible— es el centro moral del cuadro. La dignidad no se presenta como orgullo ni como victoria, sino como renuncia: la renuncia a devolver al mundo el sufrimiento recibido. En ese sentido, ¿Quién? no es solo una escena doméstica, sino una reflexión profunda sobre la ética de la compasión.
Kasatkin, fiel a su sensibilidad social, nos recuerda que el verdadero conflicto humano no siempre se libra en grandes gestos o decisiones épicas. A veces ocurre en habitaciones pequeñas, en miradas que evitan convertirse en acusación, en silencios que pesan más que cualquier palabra. El hombre del cuadro no huye ni destruye; permanece. Y en esa permanencia hay un acto de valentía poco reconocido.
Hay obras que no buscan deslumbrar, sino detenernos.
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Otras obras del autor:
Buen Abuelo
Desnudo de mujer
Familia de clase trabajadora
Pobres agotados recogen carbón en una mina
Mujer minera
Mujer apoyada en una valla
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Pintor, ilustrador-grabador y escultor francés. Se formó con Jules Potier y Léon Cogniet, desarrollando desde muy temprano un estilo personal basado en la precisión extrema y el gusto por el detalle minucioso. Sus primeras obras, de pequeño formato, presentan composiciones densas y casi miniaturizadas, centradas en objetos y figuras tratados con notable virtuosismo técnico.
General Desaix y el campesino
Su trabajo se inspira en la pintura holandesa y flamenca del siglo XVII —especialmente en artistas como Gabriël Metsu y Gérard ter Borch—, así como en la tradición francesa representada por Chardin, Greuze y Gravelot, y en la estética del teatro romántico contemporáneo. Debutó en el Salón de París en 1834 con Ciudadanos flamencos, iniciando una exitosa carrera centrada en escenas de género ambientadas en el siglo XVII, reconocidas por la fidelidad histórica en la representación de trajes, armas y accesorios.
Amantes de la pintura (con el gusto del siglo XVIII)
Aunque realizó retratos y algunas escenas de temática militar contemporánea, Meissonier destacó especialmente por sus pinturas de historia, en particular las dedicadas a la figura de Napoleón Bonaparte. Para la elaboración de estas composiciones recurría a esculturas en cera de personajes y caballos, que utilizaba como modelos tridimensionales.
Viajando contra el tiempo. Cobre y madera
A partir de la década de 1840 alcanzó una enorme popularidad entre la burguesía y la aristocracia, convirtiéndose en uno de los artistas más cotizados de su tiempo. Ocupó cargos institucionales de gran relevancia: fue miembro y presidente de la Academia de Bellas Artes, presidió el jurado de la Exposición Universal de París de 1889 y recibió la Gran Cruz de la Legión de Honor.
Campaña de Francia, pintado en madera
Pese a su éxito oficial, su obra fue duramente criticada por escritores como Baudelaire y Balzac, y por artistas de generaciones posteriores como Degas o Toulouse-Lautrec, quienes la consideraron representativa del gusto conservador de las élites. Las críticas se intensificaron tras su negativa a permitir la participación de Gustave Courbet en el Salón de 1872. En sus últimos años se fue alejando progresivamente del Salón oficial y, en 1890, organizó junto a Puvis de Chavannes una secesión conocida como el grupo de los Independientes.
Retrato ecuestre de Napoleón
Aquí les propongo un par de vídeos para que admiren su obra:
La obra de Jean Louis Ernest Meissonier- Episodio 1
Se especializó en la pintura de historia de temática militar y es famoso por sus representaciones de Napoleón, sus ejércitos y los temas militares
Detalle de 'Las lanzas' (1894-1954), de Diego Velázquez. / ALBERTO OTERO HERRANZ
El Museo del Prado ha sacado a la luz una parte poco conocida de su historia: su archivo fotográfico. Aunque el Prado es universalmente conocido por sus pinturas, en sus depósitos se ha conservado durante más de siglo y medio un importante conjunto de fotografías que documentan tanto las obras como la vida del museo. Este fondo, reunido de manera progresiva y sin una intención inicial expositiva, se presenta ahora por primera vez en una muestra dedicada exclusivamente a la fotografía: El Prado multiplicado, abierta al público hasta el 5 de abril.
Una de las obras centrales de la muestra es Las lanzas de Diego Velázquez, de la que se exhiben múltiples reproducciones realizadas a lo largo del tiempo. Algunas de estas imágenes eran adquiridas por los visitantes como recuerdo, mientras que otras se utilizaban con fines educativos y de investigación. Las copias —realizadas en albúmina, carbón o gelatina— muestran la diversidad de tamaños, procedimientos y usos, y subrayan la función comunicativa de la fotografía aplicada al arte.
Vista de la Galería Central con el acceso al establecimiento para la venta de fotografías José Lacoste y Juana Roig. / CEDIDA
La exposición reúne 44 imágenes seleccionadas de un archivo que supera las 10.000 fotografías, consideradas de gran valor histórico y artístico. Según su director, Miguel Falomir, se trata de una colección extraordinaria que permite comprender cómo se ha construido visual y simbólicamente el Prado a lo largo del tiempo. Las fotografías no solo reproducen las obras maestras del museo, sino que también documentan los espacios, la disposición de las salas y la evolución museográfica de la institución.
Vista de la sala de Murillo José Lacoste (1872-¿?), fotógrafo, y Juana Roig (1877-1941), editora Papel a la gelatina. Firmada. 1902-9 Procede del Archivo del Museo del Prado. (Foto: Museo Nacional del Prado)
El recorrido expositivo comienza con algunas de las primeras fotografías que se mostraron en el museo y propone un paseo visual por las distintas estancias del edificio de Villanueva. A través de estas imágenes, se pone de relieve el papel fundamental de la fotografía como medio de difusión del patrimonio artístico, ya que permitió que fragmentos del museo llegaran a los hogares de personas que nunca lo habían visitado. Esta colección fotográfica es, además, la más joven del Prado. Aunque ya se había mostrado parcialmente en una retrospectiva sobre el grafoscopio en 2004, fue entonces cuando se inició un proceso sistemático de recopilación y catalogación del material, tal como explica la comisaria de la exposición, Beatriz Sánchez.
'Ofrenda a Venus', de Tiziano Hauser y Menet (act. 1890-1996). / CEDIDA
Las primeras campañas fotográficas de las obras comenzaron en la década de 1860, en un contexto técnico muy distinto al actual. Debido a la baja sensibilidad de los procedimientos fotográficos de la época, los cuadros solían trasladarse al exterior para aprovechar mejor la luz natural. Tras la toma, el negativo se procesaba y se obtenían copias positivas que los fotógrafos podían vender en distintos formatos. El análisis de estas prácticas permite a la exposición trazar un discurso sobre la evolución de los materiales y las técnicas fotográficas desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la primera mitad del XX.
La infanta Margarita de Austria, de Velázquez Braun (act. 1889-1910). / CEDIDA
Más allá de su interés artístico, estas fotografías ofrecen valiosa información sobre la historia del museo. Permiten observar cómo se colgaban las pinturas de forma muy concentrada en las paredes, el mobiliario y los sistemas de calefacción de la época, o incluso la aparición ocasional de personas en salas que solían fotografiarse vacías. Algunas imágenes fueron tomadas antes de que ciertas obras ingresaran en el Prado, cuando aún pertenecían al Museo de la Trinidad, lo que amplía su valor documental.
Vista de la sala de la reina Isabel junto a una vista actual. Foto: Museo Nacional del Prado.
La difusión de la imagen del Prado fue posible gracias al trabajo de destacados fotógrafos y empresas de proyección internacional, como Juan Laurent, José Lacoste, Braun, Moreno o Anderson. A comienzos del siglo XX, la de la tarjeta postal —favorecida por técnicas de impresión más económicas como la popularización de la fototipia— permitió que las imágenes del museo y de sus colecciones alcanzaran un público mucho más amplio, consolidando una nueva forma de relación entre el arte, la fotografía y la comunicación visual.
Dña. María Angustias Linares,
organista oficial de la Basílica de Nuestra Señora de las Angustias, es una de
las figuras musicales más representativas de la vida litúrgica del templo y
garante de una tradición sonora profundamente vinculada a la devoción
granadina. Hija del histórico organista perpetuo D.Luis Linares Moreno, organista de la Basílica de la Virgen de las Angustias y de la Capilla Real de Granada, así como profesor, compositor y director de orquesta, recibió de él una formación directa y
continuada en el ámbito de la música sacra y del órgano litúrgico, forjándose
desde muy joven al amparo del magisterio de quien marcó durante décadas el
pulso musical de la Basílica.
Su aprendizaje se
desarrolló en estrecha vinculación con la práctica litúrgica, adquiriendo un
profundo conocimiento del repertorio sacro, del acompañamiento coral y del uso
del órgano como instrumento al servicio de la celebración, siempre desde una
concepción sobria, solemne y fiel a la tradición. Esta formación, basada tanto
en el estudio como en la experiencia diaria en el templo, le permitió asumir
progresivamente responsabilidades musicales de relevancia.
Tras la retirada de
su padre, asumió el testigo como organista oficial de la Basílica, continuando un
legado familiar que forma parte inseparable del patrimonio musical y espiritual
de la Virgen de las Angustias. Desde entonces, acompaña de manera habitual las
celebraciones eucarísticas, cultos solemnes y actos de la Hermandad
Sacramental, siendo su interpretación un elemento esencial para el recogimiento
y la solemnidad de la liturgia.
Con un estilo
reconocible, respetuoso con la tradición y profundamente espiritual, María
Angustias Linares no solo preserva la herencia recibida, sino que la mantiene
viva, contribuyendo de forma discreta pero decisiva a la identidad sonora de la
Basílica y al acervo musical cofrade de Granada. Es decir, contribuye al
esplendor y a la espiritualidad de las celebraciones con sus cantos,
cuidadosamente seleccionados y magníficamente interpretados.
La Basílica de las Angustias, templo donde se encuentra la patrona de Granada, testigo del talento y de la excelente interpretación de la organista: María Angustias Linares.
Comienza con una conversación que mantenía con el historiador D. Antonio Muñoz Rodríguez que, me preguntaba si mi familia conservaba algún tipo de documentación sobre la segregación de las aldeas de Barbate y Zahara de los Atunes.
Me contó que su padre, D. Antonio Muñoz, tantos años Alcalde de buen gobierno de Vejer, le había dicho que, D. José Arbolí Navarro, entonces Secretario en propiedad del Excmo. Ayuntamiento de Vejer de la Frontera, se había negado a firmar el acuerdo "De los Caños de Meca" alcanzado por los dos alcaldes de entonces. La fecha de la firma, en 1938 y las circunstancias especiales de la Guerra Civil Española, hicieron posible el agravio en los términos y las condiciones que la justificaban,a las que mi abuelo, jurista reconocido, se oponía con firmes argumentos. Le contesté que no conservamos nada y contándole su historia y la de mis antepasados, me invitó a que la escribiese para su publicación en el Boletín de la Sociedad Vejeriega de Amigos del País.
Encantado me puse manos a la obra, por pertenecer a la Sociedad y por mi amor, por mi profundo amor a Vejer y a todo lo que con él se relacione. Sólo esto justifica esta modesta aportación a la historiografía local.
Aunque el apellido Arbolí no tiene arraigo en Vejer de la Frontera, sin embargo, su corta permanencia ha dejado una profunda huella y ha quedado ligado a él, incrustado en el corazón de sus descendientes y sedimentada en la memoria a través de los años, inculcado por mis padres José Díaz Muñoz, vejeriego antiguo, y mi madre María Luisa Arbolí Romaríz. Actualmente no vivimos en Vejer ninguno de sus nueve hijos, a pesar de ello, sus nietos y biznietos, todos, sentimos la llamada de nuestros orígenes, nuestra vocación, nuestros olores, nuestra nostalgia, nuestro pueblo: Vejer de la Frontera. Y todavía de allí conservamos nuestros mejores recuerdos, nuestros mejores amigos y nuestros primeros amores.
Mi tío, José Arbolí Romaríz casó con la vejeriega Francisca Guerra Guerra, se establecieron en Cádiz. Lamentablemente, murió joven y no tuvo descendencia.
Mi tía Carmen Arbolí Romaríz casó con Luis Babuglia Marín, entonces perito aparejador que construía el actual edificio del Salón de Plenos del Ayuntamiento de Vejer (Los antiguos comedores) y al finalizar la obra se marcharon residiendo en distintas ciudades de España y finalmente se establecieron en Oviedo.
Familia Arbolí Romaríz: Abuela Ana, M. Luisa, Carmen y Pepe
Fue a partir de 1923 cuando el apellido Arbolí se vincula a Vejer. Mi abuelo José Pablo Arbolí Navarro, Secretario entonces del Ayuntamiento de Chipiona, por motivos familiares, a pesar de tener asignada su plaza en el Ayuntamiento de Cádiz, pide su traslado a Vejer, donde trabajó como Secretario Titular del Excmo. Ayuntamiento hasta 1942, fecha de su muerte.
La Corporación Municipal bajo mazas. La flecha roja indica al secretario, José Arbolí. Año de 1926
Había nacido en la Habana, (Cuba) en 1874, fruto del matrimonio entre José M. Arbolí y Weidner, entonces capitán de Infantería de Marina, destinado en Cuba y María Luisa Navarro y Acosta, natural de Puerto Príncipe; retirado en 1889 con el grado de Coronel del Ejército Español y condecorado con la Gran Cruz de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo entre otras. Tras su vuelta a España en 1878 con su hijo, ya muerta su esposa, es destinado a Mahón, posteriormente a Barcelona y nuevamente a Cuba (Guantánamo), Cartagena y San Fernando.
Debido a este constante cambio de destinos, deja a su hijo José Pablo, -el nombre se lo habían puesto por su abuelo materno- con su tía abuela María, que vivió y cuidó durante muchos años a su hermano el Obispo de Cádiz, Juan José Arbolí y Acaso. Bajo su tutela vive, se educa y acaba sus estudios de licenciado en derecho. Mi bisabuelo vuelve a contraer matrimonio con Elisa Elmer Freshivater.
Los testimonios oídos de los que le conocieron hablan de su caballerosidad, de su entrega al trabajo y a sus amigos, de su elegancia en su porte y en su trato, todo ello fruto de una exquisita educación recibida en la casa donde se crió y donde a lo largo de su infancia y adolescencia, cimentó lo que luego serían sus principios morales y éticos, que a lo largo de toda su vida personal, social y laboral puso de manifiesto en todas sus actuaciones.
Gran aficionado al cante flamenco, recuerdo haber visto en casa “placas de gramófono” de los grandes de la época: Chacón, M. Torre, La Niña de los Peines…. y también recuerdo haber oído a mi madre decir que cantaba muy bien las peteneras. Como gran lector poseía una excelente biblioteca. Era uno de los contertulios de la rebotica de D. Antonio Álvarez.
Le fue concedida la Medalla al Mérito en el Trabajo de plata “Por una constante laboriosidad, fruto de 44 años de servicios ininterrumpidos a plena satisfacción de los Ayuntamientos donde actuó como tal funcionario, los cuales le hicieron merecedor en distintas ocasiones de elogiosos votos de gracia en los que se consignan el agrado y satisfacción por la labor realizada y así premiaba las cualidades excepcionales que le hacía acreedor de tan alta recompensa” (sic).
Así consta en el escrito del Ministerio de Trabajo, añadiendo: “Toda vez que el cargo que ostenta en la actualidad está equiparado a Jefe de Administración Civil, con el disfrute anejo a dicha recompensa de todos los derechos y honores que las disposiciones vigentes determinen" (sic). Fue solicitada por Don José Valdés González, Alcalde Presidente del Ayuntamiento en nombre y representación de dicha Corporación Municipal.
Familia Babuglia - Arbolí De izq. a dcha. Pepe, sus padres, Carmen, Ana María y el pequeño Luis
En esta otra aparece Servando a la izq, en lugar de Pepe
Ascendencia gaditana:
Su abuelo, José María Arbolí y Acaso, abogado de los Tribunales de la Nación y del Ilmo. Colegio de Cádiz, contrajo matrimonio con Amelia Carolina Weidner y Gamboa en 1842, ambos eran naturales de Cádiz.
Este, a su vez, era hijo de Juan José Arbolí y Jubany y María Dolores Acaso y Gamboa, que contrajeron matrimonio en Cádiz en 1795. (También fueron los Padres del arriba mencionado Obispo Juan José Arbolí).
Ascendencia catalana:
Servando en Arbolí, Tarragona
Los ascendientes inmediatos que contrajeron matrimonio en Barcelona en 1734 fueron Juan José Arbolí y Arbolí y Vicenta Isabel Jubany. Desde aquí ya empiezan a sonar los apellidos catalanes, que probablemente serían oriundos de Arbolí, pueblo de la provincia de Tarragona. Pensamos que debido al auge del comercio con América a mediados del siglo XVIII, debieron trasladarse a Cádiz, pues en los documentos que poseo, dicen que se dedicaban a la actividad comercial..
Y estos, a su vez, nacen del matrimonio formado por Joseph Arbolí y Emerenciana Arbolí Serra, nacidos a finales del siglo XVII.
Cuadro Familiar del Apellido Arbolí. Las fechas indican la celebración del matrimonio
Hacer clic sobre el cuadro familiar para ampliar
Carmen Babuglia Arbolí y tres de sus hijos. Carmen, Luis y Ana
Ana María Babuglia Arbolí con hija y nietas
El apellido Arbolí es de origen toponímico, poco frecuente y disperso por España, si bien se registra, sobre todo, en Barcelona y Tarragona, siendo notable su presencia en Madrid, Cádiz y Sevilla, y menor en Girona, Lleida, Castellón, Valencia, Alicante, etc. Procede del topónimo Arbolí, nombre de una población de la comarca del Priorat, a la derecha del río Arbolí (Tarragona), cuyo nombre tomaron los progenitores de las familias hoy así apellidadas, según fue costumbre en la Edad Media para indicar su origen geográfico.
Los primos Luis Babuglia Arbolí y Gonzalo Díaz Arbolí en Madrid. Año de 1956
El significado de Arbolí no está del todo claro, pudiendo derivar del árabe “al-walaga”, con el significado de “tierra de aluvión junto a un río”. Según los datos recogidos en el “fogatge” o censo de hogares catalán del año 1553, Pere Arbolí vivía en Gratallops (Tarragona); la viuda de Joan Arbolí vivía en Reus (Tarragona); Pere Arbolí vivía en Constantí (Tarragona), y Perot Arbolí vivía en Palma (Lleida). Joaquim Arbolí (Falset s. XVII –Conca de Barberà, 1660?) fue abat del Monasterio de Poblet entre los años 1656 y 1660; durante su mandato se terminó el panteón de los Duques de Cardona y Sogorb; fue autor de un estudio sobre las “Antigüedades de Poblet”. Francesch Arbolí, comerciante, nacido en Barcelona en 1658, figura entre los “comerciantes de matrícula” de Barcelona (18 de octubre de 1758), con acceso a las dignidades nobiliarias del Principado de Catalunya.
Dicho Apellido en España lo tienen 201 personas como primer apellido, 228 como segundo apellido y nadie con ambos apellidos.
Los apellidos continúan siendo una huella de la historia de cada familia y una conexión con sus raíces ancestrales.
Luisa Arbolí Romaríz y José Díaz Muñoz. Año de 1930
Luisa Arbolí Romaríz con sus hijos en 1978
Cuando mi padre fallece (noviembre de 1,966) y mi familia abandona Vejer, (aunque consideramos que nunca nos fuimos completamente); el más pequeño de mis hermanos, Javier, era todavía un niño. Después de unos años de ausencia volvió un verano y escribió este poema, que para nosotros simboliza la añoranza, sentimiento tan humano y que, como mencioné anteriormente, emana del respeto y gran amor por nuestro pueblo que siempre nos inculcaron.
Sí, echamos de menos a Vejer, sus gentes, sus calles y la grandiosidad del paisaje que vemos desde la Corredera. Al final, el corazón se nos va a su querencia.
Vuelta a la tierra natal.
Orgullo, altivo, así eres tú.
Y en tu cima de pinos y de piedras
donde el viento es libre y la luna
esparce su argentada aura,
fui aprendiendo a vivir de forma placentera.
Adoré tu belleza, tu luz y tu silencio.
Adoré tu noche intensa y estrellada.
Adoré tu cielo impasible de septiembre,
y te adoré a ti, en la paz de tu mirada.
Te dije adiós un día de noviembre,
y ya en la despedida se me rompía el alma,
por el miedo a no verte eternamente,
y perder esa quietud tan bien amada.
¡Y ahora! ¡Este verano!
Cuando el alba serpentea entre los pinos,
y aparece la luz, y las sombras entrecortadas
dan paso a la mañana,
tú, te perfilas puro
y a contraluz del infinito
tienes aire de cruzado solitario,
donde se oyen rumores, que despiertan,
recuerdos ya olvidados.
Tu silencio,
que llena de sonidos
las calles soleadas y las umbrías,
hacen renacer las esperanzas
de un reencuentro,
entre el que soy y el que ya he sido.
Porque, el volver a ti,
después de tanto tiempo sin tenerte
¡Después de una búsqueda infinita,
de un lugar que pudiera parecérsete!
es encontrar de nuevo una mirada,
de gozo de amor y de ternura.
De un embrujo que te hiere y que te mata,
y que a su vez, te ofrece su hermosura.
Ya si puedo esperar pacientemente
El momento en que al fin todo es resuelto.
Pues mi alma feliz es nuevamente,
Y el amor que puse en ti, me lo has devuelto.
Javier Díaz Arbolí 1982
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A mis queridísimos hermanos. Recuerdos mezclado con las sombras del tiempo; siempre es conveniente recordar estos momentos de felicidad a veces de tristeza, pero siempre unidos. Que nadie llore por los días que se fueron. Muchos besos