13.8.22

18 de agosto de 1947. La tragedia silenciada que tiñó Cádiz de rojo


Cómo homenaje, el blog “Desde mi rincón del arte” quiere participar, en el recuerdo del dolor y la pérdida que causó esta dantesca catástrofe para honrar así, a quienes en su día no pudieron ejercer ni siquiera el derecho a la protesta.

El 18 de agosto de 2022 se cumplen 75 años de la Explosión de Cádiz, en negrita, como hay que escribirlo; una fecha trágica e inconfundible que sigue presente en el recuerdo de todos los gaditanos y que nunca olvidaremos.

La noche en la que la explosión negligente de un polvorín de la Armada que, según las cifras oficiales, probablemente menores que las reales: mató a 152 personas, dejó más de 5,000 heridos, y en torno a 2,000 edificios dañados de los cuales 500 quedaron completamente destruidos, devastó media ciudad y tiñó el cielo de un intenso rojo infernal. Y como cuenta el historiador José Antonio Aparicio Florido: La inseguridad del almacenaje era tal que, en julio de 1943, el teniente coronel Manuel Bescós emitió un informe que ya advertía que “la carga podía explotar en cualquier momento” y que, cuando eso ocurriese, “provocaría una verdadera catástrofe nacional”. Cuatro años después, su peor vaticinio se hizo realidad, aunque su informe nunca llegó a usarse ni citarse en la posterior investigación de las causas del siniestro. El suceso no tardó en envolverse de un halo de misterio, alentado por el propio franquismo.

Epicentro de la explosión

No era lo que los gaditanos esperaban de esa noche del 18 de agosto de 1947. Más allá de las murallas de Puerta Tierra, en la que hoy es la zona nueva de la ciudad, la vida bullía. Unos disfrutaban al fresco de sus lujosas villas de verano, otros trabajaban en el turno nocturno de los astilleros y otro tanto se disponía a cenar en sus humildes casas de la barriada obrera de San Severiano.

Así quedó la Casa Cuna

Los niños de la cercana Casa Cuna dormían cuando, en lo que era el Almacén n.º 1 de la Base de Defensas Submarinas de Cádiz, 1.600 cargas armadas con el inestable explosivo trilita saltaron por los aires. Fue a las 21:45, sonaban las señales de Radio Nacional del parte cuando la ciudad se quedó a oscuras, tan solo iluminada por el inmenso hongo rojo que dibujó la explosión en el cielo.

Fue una noche terrible. Había cuerpos por todos sitios, gente llorando, buscando a sus familiares. Centenares de familias quedaron rotas para siempre en un suceso que pronto quedaría envuelto en el oscurantismo del régimen franquista.


Así quedaron las puertas de la Catedral en intramuros a pesar de las murallas
 
La potencia de la deflagración fue tal que dejó un cráter de dos metros de profundidad y fue audible desde Huelva o Sevilla y visible desde Ceuta. El centro histórico se salvó de la onda expansiva gracias a las murallas, pero la zona de extramuros resultó devastada con casi 2.000 edificios dañados. “Para hacernos una idea, las 200 toneladas que explotaron equivalen en 18 veces a la madre de todas las bombas, la GBU-43, que Estados Unidos lanzó sobre Afganistán en abril de 2017”.



Los archivos clasificados
La desclasificación de los archivos militares relacionados con la Explosión de Cádiz y su acceso libre para los investigadores es otro de los objetivos y reivindicaciones para este señalado aniversario. La investigación no ha acabado aún, continúa muy viva y existen algunas lagunas, pequeños vacíos de la historia que faltan por cubrir y que requiere una revisión exhaustiva de la documentación original. Sabemos quién la tiene, dónde se conserva, los números de los legajos y cajas; es justo que se nos abra la llave. Es el mayor ejercicio de transparencia que se nos podría ofrecer y que tanto tiempo llevamos reclamando sin éxito.
Conozcan la opinión del investigador D. José Antonio Aparicio Florido: AQUÍ Y AQUÍ.

Ya todo está prescrito, pero sería simbólico, un descanso, que la Armada reconociese lo ocurrido. Al fin y al cabo, la deuda moral no prescribe nunca y un simple gesto puede ser el comienzo de la ansiada reconciliación y la definitiva asunción de un desastre irreversible.

Minas submarinas que no llegaron a explotar, gracias a la intervención de Pascual Pery Junquera y un grupo de marineros

En 1986, la corporación municipal había nombrado hijos predilectos o adoptivos a los únicos héroes reconocidos: Pascual Pery Junquera y a un grupo de marineros; en 2011, y después de mucho insistir, a otro de los héroes olvidados: Antonio Ristori Fernández.

Mis recuerdos de aquel día, la explosión ocurrió a las 21:45: yo tenía entonces nueve años y vivía con mis padres en Vejer de la Frontera, en esos días y según la tradición se celebran las fiestas en honor de la Patrona Ntra. Sra. de la Oliva y en mis juegos infantiles no percibí nada especial, pero sí mi padre que observó como todo el cielo se cubrió de un intenso rojo de fuego, momentos después escuchó un estruendo lejano; estremecido e impresionado llegó a casa para saber de nosotros. 
Hasta el día siguiente no supimos de la terrible tragedia, mis padres, con familiares en Cádiz, querían desplazarse para donar sangre pero, entonces el transporte no era fácil lo que les imposibilitó cumplir sus deseos.


Fuente: Los exhaustivos artículos y entrevistas del investigador gaditano, D. José Antonio  Aparicio Florido.  
Gonzalo Díaz-Arbolí

8.8.22

El río Guadalete. Extracto del Discurso de Investidura de la Académica de Bellas Artes Santa Cecilia, Carmen Cebrián González

Dibujo de Luis Gómez Mcpherson

La Historia del Guadalete es nuestra historia. El auge o decadencia de la ciudad estará unido a su río, hablaremos de las personas que llegaron por él a nuestra ciudad, o partieron de él hacia remotas tierras. Algunas de ellas sobradamente conocidas, otras, perdidas en el tiempo; perdidas en el olvido.
La leyenda es una fuente de la Historia, comencemos, entonces, esta historia con una leyenda.

En la Bahía de Cádiz convivían fenicios, fundadores de Gadir y los tartesos, habitantes del mítico reino de la Bética.

Años más tarde llegaron los griegos focenses navegando desde el otro extremo del Mediterráneo dirigidos por Menesteo, el undécimo rey de Atenas. El mítico rey era el que había combatido al frente de las tropas atenienses en la Guerra de Troya. Dicen que fue uno de los guerreros que se introdujo en el caballo que sería el fin de la ciudad. Pero, como le sucedió a otros príncipes griegos, había pasado mucho tiempo, diez años, fuera de sus reinos, y durante su ausencia, le usurparon el trono ateniense. Por ello, en vez de volver a casa, navegó sin rumbo fijo hasta que arribó con su tripulación a la desembocadura del río Criso, nombre por el que los griegos conocían a Gerión, rey mitológico de estas tierras, pastor de bueyes, que fue derrotado y muerto por Hércules. Menesteo, Admirado del encanto del paisaje, de lo templado del clima, y de lo fértil de sus tierras, estableció una colonia gobernada por él, y a la cual dio su nombre. Así, el primer nombre de nuestro río fue Criso, y el de nuestra ciudad, Puerto Menesteo.

Al principio las relaciones entre fenicios, tartesos y griegos fueron cordiales, pero pronto surgió un conflicto entre ellos que se debía solucionar con las armas. El lugar elegido para el combate fue la desembocadura del río Criso. No llegó a darse ningún enfrentamiento gracias a la diplomacia; en cambio se celebró una ceremonia de reconciliación y olvido de las pasadas ofensas. Así, el río llegó a ser conocido como el río del olvido, Lete (en la mitología griega). Y dicen que en su ribera se erigió una columna para perpetuar la memoria de estos hechos. Mito o realidad, vamos a creer que en nuestro río se produjo esta hermosa historia.

Pero, ¿cómo era el río hace tres mil años? Según nos cuenta  el profesor Diego Ruiz Mata, el Guadalete desembocaría aguas arriba, aproximadamente a la altura de El Portal. El mar se adentraba entonces hasta la Sierra de San Cristóbal.
   

En este espacio geográfico se desarrollaron varios asentamientos humanos. A esta población indígena la llamaremos tartesios, el primer estado hispánico de nombre conocido. Hacia finales del siglo IX a.n.e. se dieron los primeros contactos entre tartesios y fenicios, y entre el 800 y el 775 a.n.e. fueron fundadas Cádiz y el asentamiento del Castillo de Doña Blanca.

La razón por la que estos pueblos orientales recalaban en la otra punta del Mediterráneo era económica: venían buscando metales, plata y oro, pero también aceite, vino, objetos de bronce, perfumes, telas y pequeños objetos artesanales.

Un poco más tarde, pero coincidiendo con los fenicios, llegaron los griegos. La orientalización de la cultura tartesica se hace más evidente en esta segunda aculturación. El intercambio de saberes permitió a Tartessos convertirse en una de las civilizaciones más importantes de su época. Se tienen noticias de que vendían sus mercancías a Grecia y a Egipto, entre otros países. Y en Gadir el comercio fenicio se hizo cada vez más importante. Los barcos fenicios estaban hechos de maderas resistentes, como el cedro, pino, encina o ciprés. Llegaron a tener navíos muy grandes, movidos por remeros esclavos, y también por la fuerza del viento, gracias a unas velas rectangulares. Uno de sus barcos más conocidos era el gauloi, que medía entre 20 y 30 metros de largo y siete de ancho, con la popa en forma de cola de pescado y la proa en forma de cabeza de caballo.


Los fenicios también se dedicaron a la exportación de embarcaciones a otros pueblos.
Navegaban costeando el litoral, generalmente de día porque no conocían la brújula, y durante la noche usaban tablas de distancia o se guiaban por las estrellas. Si había niebla, el rumbo lo marcaban palomas amaestradas.

Hacia finales del siglo III el lento pero constante aumento de sedimentos de aluvión que el Guadalete arrastraba fue llenando la marisma e impidiendo la entrada de embarcaciones hasta el puerto del Castillo de doña Blanca, y, según el profesor Ruiz Mata, se produjo un trasvase de población hacia El Puerto.

Los hombres del Guadalete se dedicaban fundamentalmente a la pesca. La desembocadura del río ha sido desde tiempos remotos un lugar adecuado para resguardo de naves. Con un puerto seguro la pesca se convierte en ocupación principal, y después vendrá lógicamente la conquista del mar. Muchos relatos especifican cómo los pescadores se adentraban en el Atlántico, el mar tenebroso, buscando caballas, cachalotes y atunes. Los fenicios introdujeron nuevas técnicas de pesca, como la almadraba. También, métodos para la conservación del pescado, como las factorías de salazones (los del Puerto son los únicos yacimientos que quedan de este periodo, entre el siglo V y III a.n.e.). Asimismo, el “garum” producto considerado por los habitantes de la antigua Roma como un alimento afrodisíaco, solamente consumido por las capas altas de la sociedad se elaboraba en nuestras riberas.

La llegada a la Bahía de los romanos trajo grandes cambios. La romanización de la población fenicia fue rápida y El Puerto se convirtió entonces en una pequeña población que disponía de salinas y alfares, hasta 33 documentados, y que podemos fechar en algún momento del siglo II a C. Estos yacimientos nos corroboran que en la ciudad se desarrollaba una actividad económica considerable: la producción y comercialización de productos marinos, salsas, conservas y salazones, y también sus envases cerámicos, las ánforas. El núcleo principal de la población giraba entorno a este edificio donde nos encontramos.


Los Romanos que fueron los grandes ingenieros de la antiguedad construyeron caminos y puentes. Aqui hicieron uno sobre el Guadalete y otro sobre el San Pedro, en tiempos en que ya se usaba el Guadalete como fondeadero de naves, por su seguro puerto. En esta época el río habría sido más profundo y caudaloso, como lo insinúan los restos del puente. También, según Estrabón, en sus riberas estaban situados los astilleros romanos que construyó Lucio Cornelio Balbo, amigo y protegido de Julio César, y para el que se construyeron 10 galeras.


Las galeras. Nos resulta muy familiar este nombre. Tenemos una plaza y una fuente que se llaman así. También nuestros poetas las han cantado. Estos versos son de José Luís Tejada:

Las galeritas del agua
cruzando van la bahía
de la Caleta a la Barra.
La fauce antigua del río
las va sumiendo en su entraña...

Galeras que surcaron el río, y que se hacían en el río. En las atarazanas del Puerto se construían y reparaban los navíos y sus aparejos. Había madera en abundancia, de pino fundamentalmente, y pez y esparto. Plinio refiere que estos buenos barcos empleaban seis días para realizar el trayecto entre Gades y el puerto de Ostia. Estrabón nos añade que los productos que cargaban eran trigo, aceite, lana, miel, salazones, pieles, sal, vino y maderas.

Siglos después -mucha agua había corrido bajo los puentes romanos- el río pasó a la Historia de España. Esta vez fue por una batalla que lleva su nombre: en árabe, guad, río, y lete, olvido. Desde entonces y hasta ahora, y tal vez hasta que el olvido vuelva por lo que es suyo el Guadalete, es el nombre de nuestro río.


La llegada de los musulmanes a la Península estuvo motivada por los conflictos internos entre los gobernantes visigodos. Al fallecer el rey Witiza, don Rodrigo, gobernador de la Bética, tomó el poder respaldado por un poderoso grupo de nobles. El conflicto con Agila II, hijo del fallecido monarca, estalló. La lucha por el trono desembocó en la llamada de auxilio a los musulmanes, facilitada por el conde de Ceuta, Don Julián, partidario de Agila. Táriq ibn Ziyad desembarcó en Gibraltar con aproximadamente 7.000 hombres, en su mayoría bereber, en naves pagadas con el oro de Don Julián. Don Rodrigo acudió apresuradamente al sur y el 19 de julio del año 711 atacó a la expedición musulmana, pero una parte importante de su ejército, le abandonó momentos antes de iniciarse el combate. En inferioridad numérica, fue vencido por los musulmanes.

Por otro lado, la historia de estos acontecimientos se engrosa con una leyenda que enlaza a Don Rodrigo con la familia de Don Julián. Según cuenta la leyenda, Don Julián, como muchos otros nobles, envió a su hija Florinda a la corte de Toledo para ser educada y también con la idea de encontrar marido entre los hijos de otros nobles. Por aquella época, el rey visigodo Don Rodrigo padecía sarna y era Florinda la elegida para atenderle. Así, el rey Don Rodrigo se fue fijando en ella. Con el tiempo y guiado por la lascivia, forzó a la joven. Ella, tras la consumación del acto, envió a su padre una serie de regalos entre los que puso un huevo podrido. Don Julián, al recibirlo, comprendió lo que había pasado. Fue a Toledo a reclamar a su hija, aunque para no levantar sospecha, dijo que debía llevarse a Florinda con él, ya que su mujer estaba terriblemente enferma y sólo la visión de su hija podía hacer que recobrase algo la salud. Don Rodrigo no desconfió y entregó la chica a su padre. Don Julián regresó a Ceuta y, muy ofendido, entabló conversaciones con Musa ibn Nusair, instándolo a desembarcar en la Península Ibérica. La despechada doncella quedó vengada con la muerte del rey, ahogado en el río.




Dibujo de las salinas de El Puerto de Santa María por Anton Van Den Wyngaerde.1567


Con esta trágica historia se inicia el periodo musulmán. Los musulmanes denominaron a nuestra ciudad Alcanter, topónimo que estaría relacionado con el vocablo canter, que en árabe significa salinas.
La sal, otro regalo del mar, se producía en las tierras del Puerto en enormes cantidades y de una gran calidad. El negocio contó con una amplia clientela, en la que figuraban los pueblos de la comarca, de Andalucía e incluso del extranjero. Se convirtió así en la fuente principal de la economía portuense.

La incorporación de El Puerto a los dominios castellanos se produjo en 1261, durante el reinado de un personaje muy ligado a esta ciudad:  Alfonso X.


La especial relación que el rey Sabio mantuvo con El Puerto quedó plasmado en los privilegios que le concedió a la ciudad. Entre ellos, uno en 1283 por el que ”se concede y ordena que todas las embarcaciones que pasaren por el río Guadalete cargadas de trigo, madera y otra cualquiera especia, hayan de descargar y vender el tercio en este Puerto para la mayor y mejor población de él”.

Alfonso X el Sabio mandó edificar Reales Atarazanas para la construcción de galeras y navíos, que estarían situadas desde el río a la plaza de la Carnicería, siguiendo por la calle de Muro  (actualmente calle Ricardo Alcón). Quizás porque no todo es olvido, esas galeras medievales -aunque con notables diferencias con respecto a las fenicias, griegas y romanas- continuaron teniendo una tipología común: la sutileza de su diseño, muy alargado y ligero, la propulsión a remos, y la capacidad para transportar a gran número de personas. También tenían limitaciones. Las más importantes para los intereses de El Puerto fueron la necesidad de invernar a cubierto y el mantenimiento del elevado número de hombres que requería su manejo.

En 1284 sucedió a Alfonso X el rey Don Sancho. Con él llegó al Puerto Benedetto Zaccaría, genovés. Era un experimentado marino que poseía una escuadra de 12 galeras. El Rey lo nombró Capitán General de la Armada y le cedió la ciudad del El Puerto “con la condición que tuviese siempre una galera muy bien armada para defendimiento de aquella entrada de mar contra Sevilla” Así, desde el siglo XIII El Puerto pasó a ser invernadero de la flota de las galeras reales, hasta 1668. Para entonces, la progresiva obstrucción de la boca del río con el consecuente aumento de la dificultad para la entrada y salida de los navíos, determinó su traslado a Cartagena.

Para situarnos en la época que narra la Dra. Cebrián, escuchemos las cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio (siglo XI)

Y en esa lucha entre memoria y olvido rescatamos una fecha. El 21 de mayo de 1403 el río fue testigo de la partida de un extraordinario personaje, Ruy González de Clavijo. Ese día partió desde sus riberas una embajada que enviaba el rey Don Enrique de Castilla a entablar amistad con la corte del Gran Tamerlan. El diario de su viaje comienza así: “En el nombre de Dios, en cuyo poder son todas las cosas, y a la honra de la Virgen Santísima María su Madre, comencé a escribir desde el día que los embajadores llegaron al Puerto de Santa María, cerca de Cádiz, para entrar en una carraca...”

A finales de este siglo, el siglo XV, en el reinado de los Reyes Católicos, comenzó un periodo histórico muy destacado para el Guadalete y El Puerto. En ese tiempo, la primera historia de la que fue testigo el río fue una dramática y triste decisión de los Reyes Católicos que afectó a miles de personas: el destierro de los judíos.

1492, Expulsión de los judíos de España, obra de Joaquín Turina

Los Reyes entendieron que la unidad política de los reinos peninsulares no sería nunca efectiva sin la uniformidad religiosa. La coexistencia de las tres religiones, cristianos, judios y musulmanes dio un caracter muy peculiar a nuestra Edad Media, y provocó conflictos. Tras la conquista de Granada, con su población musulmana y su fuerte minoría judía, se agravaba el problema de la diversidad religiosa, y los Reyes Católicos decidieron abordarlo definitivamente. Las expulsiones de judíos fueron comunes en toda Europa. En mayo de 1492 se les ordenó salir de todos los reinos españoles en plazo de cuatro meses. No conocemos el número exacto, pero se barajan cifras de alrededor de 150.000 judios españoles (sefardíes) los que se exiliaron para estabecerse en el norte de Africa y el Mediterráneo oriental. Aunque demograficamente no fue importante, sí lo fue cualitativamente. Los judíos eran cultos, hábiles, ricos y los mejor preparados de la clase mercantil española.

Los de Andalucía se dirigieron hacia el Puerto de Santa María esperando un milagro, pero, tras de varios días de frustración, embarcaron hacia el norte de África.

 Así relata el triste episodio fray Andrés Bernáldez en su Historia de los Reyes Católicos:
“Los que fueron a embarcar por el Puerto de Santa María e Cádiz ansi como vieron la mar daban muy grandes voces hombres e mujeres, grandes e chicos en sus oraciones demandando a Dios misericordia (….) desque estuyieron allí muchos días e no vieron sobre si sinon mucha fortuna algunos non quisieran ser nacidos e ovieron de embarcar en veinte y cinco navios e naos de gavia e fue por capitán Pero Cabrón e tomaron la via de Orán”.

Hipólito Sancho relata que años después aparecieron en las márgenes del Guadalete algunos cofres con monedas de oro que serían las riquezas que los pobres judíos dejaron escondidas esperando regresar. No todo fue olvido para estos emigrantes forzados: aún se habla castellano en la lejana Turquía, en Israel, y en tantos sitios donde hay descendientes de estos españoles judíos tan injustamente castigados.

Y también en ésta fecha, 1492, en el Guadalete fondeó un barco cuya singladura tuvo enormes consecuencias. Me refiero a la Santa María, que fue llamada originalmente La Gallega, probablemente porque se construyó en Galicia. Parece que los marineros la llamaban Marigalante. Bartolomé de Las Casas nunca usó los nombres ni de La Gallega, ni de Marigalante o Santa María sino que la llamaba la Capitana o La Nao. Una teoría sostiene que fue construida en los Astilleros Reales de Falgote en la localidad de Colindres en Cantabria; otras voces afirman que fue construida por los carpinteros de ribera de El Puerto de Santa María.


No era una carabela, sino una nao. Es decir un barco de carga preparado para soportar duros temporales y con una panzuda bodega, por tanto “menos apto para descubrir” como escribió el propio Colón. Tenía menos andar, era más lenta de maniobra y su superior calado hacía su navegación peligrosa en aguas poco profundas o a la hora de sortear escollos. El rasgo que la diferenciaba de otras naves, era su elevado castillo de popa, y la altura de su mástil central respecto de los otros dos.

La nao que nos interesa era propiedad de un cántabro avecindado en El Puerto, llamado Juan de la Cosa. Le corresponde la autoría del primer mapa de América, admirable por su maestría y realizado en El Puerto en el año 1500, sólo ocho después del Descubrimiento. En el primer viaje, Juan de la Cosa fue en calidad de contramaestre de la nao. La Santa María no regresó nunca al Guadalete, después de haber encallado en la costa norte de La Española, en la Nochebuena de 1492.

La vida a bordo de una de estas naves era realmente difícil. Sólo tenían una cámara, para la oficialidad, y el resto de la tripulación dormía sobre la cubierta. Después llegarían las hamacas, invento americano que se introdujo rápidamente en los barcos. Un hornillo en proa permitiría, si la meteorología acompañaba, hacer la comida. Los alimentos eran galletas, carne salada, garbanzos, aceite y alubias. Cuando el agua se corrompía, se bebía vino. Un reloj de arena, la ampolleta, y un grumete junto a él, que cantaba las horas y le daba vuelta al reloj cada media hora, regían la difícil vida a bordo.

En esas condiciones comenzó la conquista de América. Primero fueron las gestas del Descubrimiento, con Colón y Juan de la Cosa, el primero huésped del Duque de Medinaceli y el segundo vecino de la ciudad. La vida de estos dos personajes estuvo unida en muchas ocasiones.

Juan de la Cosa se enroló como maestre de la Santa María en el primer viaje de descubrimiento. A partir de entonces, su vida se desarrolló en un constante peregrinar desde España a América. Volvió a cruzar el Atlántico en 1493, el segundo viaje de Colón. En 1499 se asoció con Alonso de Ojeda, otro destacado vecino de El Puerto, y con el italiano Américo Vespucio, quien acabaría dando nombre, sin saberlo, al nuevo continente. Esta expedición inauguró los que se llaman «viajes menores» o «viajes andaluces». Partió del Puerto de Santa María el 18 de mayo de 1499. La expedición tardó 24 días en cruzar la mar-océana, llegando en primera instancia a la desembocadura del Río Orinoco. Desde allí recorrieron el litoral septentrional de América del Sur desde Guayana a Colombia. Avistaron un gran golfo, de aspecto tranquilo, donde encontraron viviendas construidas por los indígenas, erigidas sobre postes de madera que sobresalían del agua. Las construcciones recordaban a Américo Vespucio la ciudad de Venecia, lo que inspiró a Ojeda a llamarla Venezziola o Venezuela, que quiere decir pequeña Venecia. La expedición fue muy poco rentable.

Pero la fascinación del Nuevo Mundo y la aventura tornaron a llamar a Juan de la Cosa. Entre 1500 y 1502, emprendió una nueva jornada, esta vez con Rodrigo de Bastidas, rumbo a Urabá y las Pequeñas Antillas. Otro viaje en 1504 le volvió a llevar al Caribe venezolano. Entre travesía y travesía permanecía en El Puerto, dedicado a la cartografía.

La última aventura del de Santoña comenzó el 10 de Noviembre de 1509. Ese día partió desde El Puerto, de nuevo junto a Ojeda. Esta vez la expedición tuvo un trágico desenlace. Desoyendo los consejos de Juan de la Cosa, Ojeda desembarcó cerca del puerto de Cartagena de Indias. Entraron en contacto con los indígenas del lugar que respondieron con flechas envenenadas. La lucha desigual entre españoles e indígenas se saldó a favor de los europeos, pero Ojeda, ordenó perseguirles hasta una aldea llamada Turbaco. Juan de la Cosa, que iba adelantado, murió con todos sus compañeros. Tan sólo se salvaron Ojeda y otro hombre más.

Camino de ida y vuelta. El río, en perpetuo viaje hacia poniente, llevó hacia el Nuevo Mundo a hombres y mujeres de El Puerto. Personas anónimas, desconocidas, de cuyas vidas y circunstancias poco queda.

Terminamos con este vídeo de dibujos de barcas de la bahía gaditana para distraernos tres minutos


 Carmen Cebrián González
Doctora en Historia de Ámerica por la USE
Académica de Bellas Artes Santa Cecilia

5.8.22

Una generación de mujeres dignas de elogio

Leyendo el diario digital  "El Confidencial" no he podido evitar reproducirr en mi blog este notable trabajo de  A. Van den Brule A. publicado el 30 de julio de 2022.

Las mujeres que compartieron el momento dorado de la Generación del 27 habían sido barridas por la ferocidad de un viento huracanado cuando estaban intentando liberarse de un corsé centenario


                   La escritora, poeta, concertista y actriz española Josefina de la Torre

El tiempo nos define y nos desgasta con su paso hasta dejarnos atrás en una eterna carrera en la que siempre nos saca ventaja… Qué vacío se queda el tiempo cuando no sabes con quién compartirlo.
Pablo del Águila (Poeta)

Una generación de mujeres dignas de encomio, llenas de creatividad, sobradas de facultades y obra reconocida en cualquiera de los ámbitos de expresión en los que se proyectaran en el plano artístico, desaparecieron del mapa de los reconocimientos y de la presencia necesaria de la visión femenina ante los acontecimientos. Sin radicalidad, discursos ignífugos con turbo o innecesarias cabriolas políticas para llamar la atención del respetable, conseguirían un espacio de representación y reconocimiento merecido entre sus pares masculinos de una generación de literatos, poetas, pintores y dramaturgos de castigada memoria, exilio, represión o desapariciones forzosas.

La noche más larga de España había hecho acto de presencia en medio de una ferocidad inusitada. El pensamiento binario, cainita, el odio larvado en temas añejos, el blanco o negro habitual del pensamiento de este país, minucias, menudencias, envidias, choques por lindes, viejos rencores, hacían acto de presencia con unas credenciales amparadas en el terror.

                    Imagen del cartel del Documental 'Las Sinsombrero 2'

Las mujeres que compartieron el momento dorado de la Generación del 27 habían sido barridas por la ferocidad de un viento huracanado cuando estaban intentando liberarse de un corsé centenario, el del escarnio de un machismo trasnochado y la consiguiente condena a la amnesia que llevaba pareja la autocensura.

Aquel saurio que periódicamente asalta las frágiles bases de la democracia, sea ora de un color o de otro, borró a una elite locomotora que podría haber configurado una constelación de brillantes luminarias. La aparición en la escena patria de tiempos sombríos, con un nuevo catecismo de conductas ininteligible por contradictorias entre la teoría política sujeta a una represión indiscriminada contra la intelectualidad y los librepensadores, apoyada en una teología subyacente que sustentaba sus privilegios sin apelar a la compasión predicada por su mentor, hicieron el resto. Los del compás moral invertido se comieron todo el pastel mientras la población buscaba con desesperación algo que llevarse a la boca en los lugares donde la basura se amontona.

A partir de ese momento, se instaló un reciclaje acelerado de supervivencia en la maquinaria cultural y social, convirtiendo a la ciudadanía en gentes grises y silenciosas. Fue el principio del fin de una generación fértil en imaginación, conocimientos y recursos, aunque sin duda con muchas limitaciones y corsés. Habrá quien piense que los otros habrían hecho lo mismo; tal vez. Los totalitarismos es lo que tienen, no es lo mismo un engrudo de arroz que una paella como Dios manda. Lo decía el ubicuo e indescifrable Borges: “Hay comunistas que sostienen que ser anticomunista es ser fascista. Eso es tan incomprensible como decir que no ser católico es como ser mormón...“.


Con este vídeo, solo pretendo poner mi granito de arena en dar a conocer la obra de estas artistas (apenas conocidas por ser mujeres), y contagiar mi entusiasmo que ha ido creciendo a medida que investigaba sobre ellas; termino con este último mensaje de María Teresa León poco antes de morir, decía: ¿Ha llegado la hora de hacer mi testamento? Dejo a las mujeres de España mi entusiasmo por la vida. Nada más. Es todo lo que tengo. Eva Díaz-Arbolí Hurtado

Pero... ¿Quiénes eran las Sinsombrero? La verdad de lo que fueron ya está apisonada por la desmemoria y el transcurrir de generaciones cultivadas en el olvido.
Maruja Mallo, María Teresa León, Ernestina Champourcin, María Zambrano, Rosa Chacel, iconos de las vanguardias españolas en el segundo decenio del siglo XX, como tantas otras que sucumbieron al silencio posterior al golpe de estado, dejaron de ser vanguardia de una nueva generación modélica y de referencia para otras mujeres por venir. Las catacumbas volvían a ser su hábitat y su condena por significarse.

                                                      Cartel de 'Las Sinsombrero'

Lamentablemente, en los libros de texto no figura su herencia y su lucha (como le ocurrió a Hatshpesut a manos de Tutmosis III en todas las estelas egipcias de aquel tiempo con la Damnatio Memoriae), pero su aportación a la cultura de nuestro país está a la altura de quienes si forman parte de la historia de ella. Y es una pena y grande que, aunque el paso del tiempo y el ominoso silencio las traicionara, toda una generación de mujeres, pensadoras de elite y artistas con reconocimiento internacional contribuyeran a un cambio notable en nuestro país, un país desheredado de justicia en tiempos que auguraban turbulencias impensables. Su valentía sería fundamental para entender la historia oculta tras el fratricidio que nunca las reivindicó.

Inauguración de la exposición de "Las sinsombrero" de la ilustradora portuense: Eva Díaz-Arbolí Hurtado, en Lora del Río (Sevilla).

La Generación del 14, Margarita Nelken, María de Maeztu, Victoria Kent, María Lejárraga, María Goyri, Clara Campoamor, Carmen Baroja, etc. fueron el precedente de este movimiento de mujeres de un nivel de alzada impresionante y sin duda un modelo impulsor.

El famoso pensador Kierkegaard solía decir que existen dos maneras de ser engañados, una es creer lo que no es verdad, la otra es negarse a aceptar lo que sí es verdad. De esta manera, angustia y desesperación son la referencia primera para acceder a una vida alejada de estos dos conceptos. ¿Era el filósofo danés un budista precoz? ¿Por qué España es el país en el que menos se lee de Europa? Podríamos hacer una reflexión profunda sobre este particular y nos daríamos cuenta de que nos falta un hervor y de memoria. Andamos fatal, no, lo siguiente. La tiniebla moral late sobre una línea incandescente entre los buenos y los malos, ambos eligen con absoluta impunidad con quien acabar y del resultado cabe deducir quienes detentaran los resortes de la verdad.

Era el poeta canadiense Leonard Cohen el que dijo en una ocasión algo así como “A veces, uno sabe de qué lado estar viendo a los que están al otro lado”.

30/07/2022 - 05:00

31.7.22

La Música española siglos XVIII, XIX y XX

 


La influencia del primer Romanticismo en España fue prácticamente nula. La férrea censura instituida por Fernando VII impidió que llegara hasta España la música de Beethoven o Schubert. Aunque llegó la de los compositores más conservadores, sobre todo la de Rossini, que contó con buen número de admiradores en España.

La música española del XIX tuvo como base el estilo italiano, todavía cercano al Clasicismo, que se aprecia en la obra operística y sinfónica de Ramón Carnicer (1789-1855).

Ramón Carnicer y Batlle - Pot-purri de aires característicos españoles (ca. 1837)


Fue tras la muerte del rey Fernando VII (1808-1833), último monarca representante del absolutismo en España y la llegada al poder de los liberales cuando comenzó una mayor difusión de la música europea y se puso mayor cuidado en su enseñanza. Para ello fue fundamental la creación, en 1834, del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid que comenzó así una labor educativa que dio sus mejores frutos ya en el último tercio del siglo.

El predominio de lo italiano en la música de comienzos del XIX tuvo pronto voces en contra, sobre todo en lo que al género operístico se refiere. La pugna contra el teatro cantado en italiano tuvo como resultado la resurrección de la zarzuela popular, creada a finales del XVIII por don Ramón de la Cruz y olvidada posteriormente.

En España, la influencia del nacionalismo en la música se manifestó de forma especial en el terreno del teatro musical y en dos vertientes distintas: la de aquellos que defendieron la zarzuela como forma española frente a la ópera, considerada espectáculo extranjero, y la de quienes defendieron la necesidad de crear una ópera española que permitiera aminorar la influencia italiana, que ellos consideraban excesiva.

Durante el periodo Barroco, España y Portugal permanecieron aislados de influencias foráneas, de modo que surgieron y prosperaron tradiciones musicales particulares y locales. Las formas remiten con frecuencia a modelos precedentes, sobre todo a la imitación y a la variación renacentistas, que se utilizan de un modo bastante flexible. Sobrevive una gran cantidad de música sacra de la época en formas muy variadas: misas en latín con uno o más coros y contrapunto imitativo. Pero es el villancico la forma más popular de música sacra. Se trata de obras vocales cortas de textos sagrados en lengua vernácula, con acompañamiento instrumental o no, destinados a una celebración religiosa. Suelen ser estróficos – la misma música se repite en cada estrofa -, e incluyen elaborados estribillos.
Casi todos los compositores barrocos españoles compusieron villancicos, que se hallan depositados en los archivos catedralicios de Burgos, Salamanca, Segovia, Valladolid y Valencia.

  Ojos, pues me desdeñáis, José Marín, Raquel Andueza soprano.


Las canciones profanas y teatrales del Barroco español, en concreto los Tonos Humanos y las Tonadas, se basan en textos de los mejores poetas de la época. Gran parte de las partituras de estas canciones, se perdieron en el incendio, de 1734, acaecido en el Alcázar de Madrid. Muchas de esas canciones se habían escrito para acompañar obras musicales estrenadas en la corte de Madrid. El arpa, el laúd y la guitarra eran los instrumentos de acompañamiento más usuales.

Resultaba prácticamente imposible imaginarse un teatro lírico de características nacionales. No obstante, como se sentía la necesidad de crear algo que fuera, al menos, un sucedáneo de lo que se echaba en falta, los valores propios buscaron refugio en un género menor que surgió para alcanzar, en breve tiempo, una extraordinaria difusión: La Tonadilla escénica.

La Tonadilla:
Pieza escénica de corta duración que alterna la música, el canto y el baile, de pura raigambre española, nacida del pueblo como viva y eficaz protesta contra las costumbres y los gustos extranjeros dominantes en la época, que admitía toda clase de asuntos y, que antes de italianizar su estilo, triunfaba porque, sobre todo, había logrado recoger el aire de la calle, incorporando a la escena personajes y elementos populares con los que la sociedad de la época se identificaba. La Tonadilla no era otra cosa que un simple coro a cuatro voces llamado un siglo antes “Cuatros de empezar”, conocidos también como “Tonos humanos”- para diferenciarlos de los Tonos Divinos que se cantaban en la iglesia - con los que daba comienzo la representación de la comedia. Estos Tonos eran cantados por cuatro mujeres ataviadas con trajes señoriles, e iban acompañados de instrumentación musical compuesta por cuatro violines, dos trompas, dos oboes y un contrabajo. La tonadilla escénica se difundió por toda la península y contribuyó a la formación de un lenguaje musical español que más tarde hallaría un campo más amplio en el desarrollo de un género genuinamente español: La Zarzuela.



La Zarzuela:
Obra escénica entre el drama y la ópera que en la parte declamada alterna con el canto, constituyendo un género teatro-musical semejante al francés “ópera comique”, al italiano “opereta”, al “musical play” inglés y al “singspiel” alemán, aunque conservando, a través de su evolución, el sello propio y fisonomía del elemento tradicional literario y musical que le caracteriza. El abolengo de este género no puede ser más antiguo e ilustre, pues nuestro teatro lírico tiene sus orígenes en las Églogas de Juan de la Encina (1468-1529), en las Farsas de Lucas Fernández (1474-1542), y en los Autos del dramaturgo portugués Gil Vicente (1465-1537).

El nacimiento de la zarzuela puede asignarse con exactitud a 1629, fecha en la que, por primera vez, en el Real Sitio de la Zarzuela, se representó ante los reyes la égloga pastoril La selva sin amor, texto de Lope de Vega y música del boloñés Filippo Piccini, considerada como la primera zarzuela, que no ópera, dándose desde entonces el nombre de Fiestas de la Zarzuela, a los eventos que allí se celebraban, y por ende al género de la nueva composición musical: Zarzuela.
Todo induce a creer que es la zarzuela el espectáculo lírico predilecto por los españoles del siglo XVII, y que zarzuelas fueron, y no óperas, aquellas producciones que los eruditos consideraban óperas.


Algunos de los representantes más significativos de la Zarzuela son:
Manuel Bretón de los Herreros (1796-1863)
En colaboración con Basilio Basili, músico italiano emprendió con denuedo la lucha contra la influencia musical italiana y, en 1839, con el estreno de El novio y el concierto, renace la zarzuela. Esta obra, en la que predominaban aires españoles también dejaba ver la influencia italiana, obtuvo un gran éxito y, con ella, la zarzuela entró en su mejor época. 


Para los amantes de la Zarzuela pueden seguir escuchando pulsando sobre los títulos en color.

  Fco. Asenjo Barbieri (1823-1894)
          El barberillo de Lavapiés; Pan y toros; Jugar con fuego; El bolero afligido;Los diamantes de la corona…     

Manuel Fdez. Caballero (1835-1906)
Gigantes y cabezudos; La Marsellesa; La viejecita; Las dos princesas; La manta zamorana, Los hijos del capitán Grant…
Federico Chueca (1846-1908)
La Gran Vía; La alegría de la huerta; Cádiz; La canción de Lola; Agua,azucarillos y aguardiente; Las mocitas del barrio;…

Ruperto Chapí  (1851-1909)
La tempestad; El milagro de la Virgen; Mujer y reina; La revoltosaLas hijas del Zebedeo; El tambor de granaderos; El “puñao” de rosas;La patria chica; La venta de Don Quijote; El barquillero…    

Amadeo Vives (1871-1932)
Don Lucas del Cigarral; Bohemios; Doña Francisquita; La gatita blanca;  El arte de ser bonita; La generala; La villana; Talismán; El señor Pandolfo; Los flamencos; El duquesito o la corte de Versalles…
       
Federico Moreno Torroba (1891-1982)
Luisa Fernanda; La Marchenera; La ilustre moza; Los laureles; Polonesa; La niña del polisón; La Caramba y María Manuela…

Jacinto Guerrero (1895-1951)
La rosa del azafrán; La alsaciana; Los gavilanes; El huésped del sevillano; Las mujeres de Lacuesta; El país de los tontos; La orgía dorada; El ama; Don Quintín el Amargao; La sombra del Pilar; Las alondras, Martierra…

Pablo Sorozabal (1897-1988)
La del manojo de rosasLa tabernera del puerto; Katiuska; Los burladores; La guitarra de Fígaro; Black, el Payaso; Adiós a la bohemia; Don Manolito y la eterna canción; La isla de las perlas; Entre Sevilla y Triana y Brindis.
Para orquesta:
Capricho español; Mendian y Txistulariak; Suite vasca; Variaciones sobre un canto popular y La casa de las tres muchachas.

La música de los siglos XIX y XX en la historiografía musical española, que ninguna persona persona interesada por cultura musical debería ignorar.

Fuente: Música española siglos XIX y XX La música en España (comp.) Justo Fernández López www.hispanoteca.eu
Gonzalo Díaz-Arbolí

28.7.22

Tomás Bretón Hernández. Salamanca, 29.XII.1850 – Madrid, 2.XII.1923. Compositor, profesor y director.

Nació en Salamanca, en una familia de origen humilde, hijo de Antonio Bretón Hernández, panadero, y de Andrea Hernández Rodríguez. Quedó huérfano de padre a los tres años y comenzó sus estudios musicales en la Escuela de Nobles y Bellas Artes de San Eloy. Estudió con Ángel Piñuela solfeo y violín. Pronto comenzó a tocar en cafés, bailes e iglesias y también en el Teatro del Hospital de la calle de la Alegría, a cuya orquesta se incorporó con sólo doce años, acompañando en las zarzuelas y óperas y en dos años llegó a ser concertino.

En 1865, el director del Teatro Variedades, en una función en Salamanca, conoció a Bretón y reconociendo su enorme talento aconsejó a su familia que se trasladaran a Madrid, para que su hijo estudiara en el conservatorio de la ciudad. Ese mismo año se mudó Tomás a Madrid, junto con su madre y su hermano, y entró a formar parte de la orquesta del Teatro Variedades, mientras proseguía los estudios de música.

El mayor interés de Bretón era la creación de una ópera nacional española, pero la ruptura de Chapí con los empresarios del Teatro Apolo a principios de 1894 le hizo acercarse al “género chico”, que en su día había criticado muy duramente. La obra nacida de este encargo del Apolo, sobre libreto de Ventura de la Vega, fue La verbena de la Paloma, y así, una obra compuesta en unos pocos días y sin darle mayor importancia se convirtió en el mayor éxito de Bretón. Desde su estreno, el 17 de febrero de 1894, este sainete se ha representado sin interrupción por toda España y América Hispana. Uno de los méritos de esta obra se encuentra en que hay una gran diversidad de estilos, desde el más cercano a la ópera hasta músicas nacionales, pasando también por números cómicos o danzas populares urbanas.

Esta obra es prácticamente un paréntesis entre los estrenos de Bretón; sólo unos días después de haberse presentado La verbena, la Sociedad de Conciertos, dirigida por el propio compositor, presentaba sus Escenas andaluzas, donde profundizaba en el estilo andalucista sinfónico de corte pintoresquista.

 

En el terreno de la zarzuela, el acierto de la Verbena de la Paloma, no ha sido superado por ninguna otra.


                     Soleá "En Chiclana me crie" de "La Verbena de la Paloma"

Es suficientemente conocido que en la más popular de las obras del llamado "género chico" -la zarzuela de un único acto-, es decir, "La verbena de La Paloma", suena una nostálgica soleá: "¡Ay! En Chiclana me crié,/ que me busquen en Chiclana/ si me llegara a perder". Es la primera estrofa que entona en el café de Melilla, en pleno corazón del Madrid castizo -el barrio de La Latina-, una cantaora anónima mientras que las hermanas Casta y Susana tratan de convencer a su barbiana tía Antonia, con la que viven, de que no vaya a la verbena.


También en la música sinfónica, en un momento en el que el sinfonismo español era inexistente, ayudo a Barbieri y creó varias composiciones sinfónicas de un pintoresco nacionalismo que no llega a la altura de Albéniz pero que, en algunas obras como el Concierto para violín y orquesta, se acerca al sinfonismo europeo de su época. En la música de cámara destaca la calidad de su Cuarteto de cuerda nº3, que debería ser de obligado repertorio, al menos, en España.



String Quartet No. 3 in E minor. 1909.


Pero su principal atención seguía centrada en la creación de un repertorio operístico nacional, y ahora el tema elegido fue La Dolores. Él mismo escribió el libreto, basado en un drama rural de Feliú y Codina.

Esta obra, a diferencia de las anteriores de corte romántico, está cargada de un tono realista, cercano al verismo de sus contemporáneos. La Dolores se estrenó en el Teatro de la Zarzuela el 16 de marzo de 1895, ya que el propio compositor renunció a estrenarla en el Teatro Real para evitar los problemas de las dos obras anteriores. Tuvo un gran éxito, se representó en este teatro durante más de dos meses y ese mismo verano fue al Teatro Tívoli de Barcelona, donde se ofreció durante ciento doce funciones. La misma compañía viajó a América e incluso se realizó una traducción al italiano que se estrenó en Río de Janeiro y en Milán. También se hicieron versiones alemana e inglesa. El éxito fue tal que finalmente se representó en los teatros de gran repertorio, primero el Teatro Real de Madrid, en 1915, y después en el Liceo de Barcelona en 1916. En 1923, poco antes de la muerte del compositor, volvió al Teatro Real con un cartel en el que aparecían las grandes figuras del momento en la lírica internacional, Hipólito Lázaro, Miguel Fleta y Ofelia Nieto


Otras obras suyas:
 Zarzuelas:
Pulsando en el nombre pueden ver la obra completa: La verbena de la Paloma  
Los dos caminos; El viaje a Europa; El bautizo de Pepín; El clavel rojo;
El campanero de Begoña; Las percheleras;
El domingo de Ramos.

Óperas:
Guzmán el bueno, Garín, Raquel; El certamen de Cremona; Tabaré;
Don Gil; La dolores; y Los amantes de Teruel

 Orquesta:
El Apocalipsis (con coro); Los Galeotes; Salamanca; En la Alhambra;
Elegía y añoranza; Escenas andaluzas; Concierto para violín y orquesta.

 Música de cámara:
Trío de cuerda; Cuartetos de cuerda (3); Quinteto y Sexteto

Fuentes:  Real Academia de la Historia
Gonzalo Díaz-Arbolí