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17.6.26

Eugenio Montale. Premio Nobel italiano (1975)

“La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro…Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: Ya lo llevaba dentro”. 
Octavio Paz 
 
Eugenio Montale (Italia, Génova 1896-Milán 1981) 
Poeta, periodista, crítico literario y musical. 
Aportó una visión absolutamente personal de la problemática y las inquietudes del hombre contemporáneo, partiendo de los hallazgos formales del simbolismo y del decadentismo, (El decadentismo fue un movimiento artístico y literario de finales del siglo XIX (nacido en Francia y extendido por Europa y América) que rechazaba los valores burgueses. Se caracterizó por el esteticismo (el arte por el arte), la fascinación por lo artificial, el pesimismo y un refinado individualismo a los que enriqueció con una voz inconfundible. Considerado con frecuencia uno de los fundadores del hermetismo italiano de entreguerras, la singularidad de su poética desborda no obstante los presupuestos teóricos de este movimiento.

Interrumpió los estudios secundarios para estudiar canto, y luego sirvió como oficial de infantería en la I Guerra Mundial. Cuando decidió dedicarse a la poesía ya era un intelectual de vasta cultura que alternaba el gusto por la lectura de los grandes novelistas del siglo XIX, con la pintura y la música. 
En 1939 sus manifestaciones antifascistas le valieron la suspensión por parte del gobierno como director del Gabinete Científico - literario Vieusseux. Florencia.1819´

Obtuvo el Premio Feltrinelli, el título de Doctor Honoris Causa por las Universidades de Milán, Roma, Cambridge y Basilea, el título de Senador vitalicio en 1966, Premio Nobel de Literatura en 1975.
"Huesos de sepia" en 1925, "Las ocasiones" en 1939, "El vendaval y otras cosas" en 1956, "La mariposa del café de la plaza" en 1956, "Treinta y dos variaciones" en 1973 y "Altri versi" en 1981, hacen parte de su valiosa obra.

Ya en la vejez, Eugenio Montale entregó todavía las crónicas de Cuaderno de cuatro años (1977), la sabiduría teórica de Sobre la poesía (1976), y fundamentalmente los memorables poemas de amor que integran las dos partes de Xenia (1964-1969) y el testamento de su estética y su concepción del mundo que significó Satura (1971).
 
En su primera colección de poemas, Huesos de sepia (1925), casi todos ambientados en los paisajes y escenarios en los que pasó su infancia, expuso ya los temas más característicos de su poética: un sentimiento de cansancio y de soledad, una angustiosa desconfianza en la vida y la conciencia de la inutilidad de cualquier lucha, que, sin embargo, no le empujaban a la autocompasión, a una actitud resignada o al abandono de la esperanza. A través de endecasílabos fragmentados, en un casi sinfónico empleo del verso libre, expresó el "mal de vivir": la irremediable derrota del hombre, que se halla prisionero en el mundo.

Elegimos el poema:


Forse un mattino andando in un'aria di vetro, 
arida, rivolgendomi vedró compirsi il miracolo: 
il nulla alle mie spalle, il vuoto dietro 
di me, con un terrore di ubriaco. 

Poi come s'uno schermo, s'accamperanno di gitto 
alberi case colli per l'inganno consueto. 
Ma sarà troppo tardi; ed io me n'andró zitto 
tra gli uomini che non si voltano, col mio segreto. 
Traducción:
Tal vez una mañana caminando en un aire de vidrio,

árido, volviéndome veré cumplirse el milagro;

La nada a mi espalda, el vacío detrás de mí

con un terror de borracho. 

Luego, como en una pantalla, se aparecieran de pronto

arboles, casas, lomas con el habitual engaño.

Pero será demasiado tarde y yo me habré ido callado 

entre los hombres que no se vuelven, con mi secreto.


El punto fundamental del poema es éste. La hipótesis puede enunciarse en términos simples y rigurosos: dada la bipartición del espacio que nos circunda en un campo visual delante de nuestros ojos y un campo invisible a nuestras espaldas, el primero se define como pantalla de engaños y el segundo como un vacío que es la verdadera sustancia del mundo. 

Dos velocidades distintas atraviesan el poema: la de la mente que intuye y la del mundo que transcurre. Entender es cuestión de ser veloces, de volverse de pronto para sorprender al  (esconderse detrás), es una vertiginosa voltereta sobre uno mismo y en ese vértigo está el conocimiento. El mundo empírico en cambio es la habitual sucesión de imágenes en la pantalla, engaño óptico como el cine, donde la velocidad de los fotogramas te convence de la continuidad y de la permanencia. 

Hay un tercer ritmo que triunfa sobre los dos y es el de la meditación, la marcha absorta y suspendida en el aire de la mañana, el silencio en el que se custodia el secreto arrebatado en el movimiento de la intuición.

Dedicato ai  miei amici: Giovanna e Franco
Perché leggere i classici.  Autore.  Italo Calvino.
Si dice classico, in definitiva, ogni libro che stimola un atteggiamento personale critico, che provoca discorsi critici ma che continuamente sappia liberarsene. Non sempre il classico ci insegna qualcosa, anzi, molte volte è una conferma di ciò che sapevamo.

Fuentes:
Perché leggere i classici. Italo Calvino
Wikipedia, 
Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografia de Eugenio Montale».

Gonzalo Díaz-Arbolí

Itinerario biográfico de Eugenio Montale

29.3.26

Manuel Vicent Recatalá​ (Villavieja, Castellón, 10 de marzo de 1936) escritor y articulista



Manuel Vicent nació en 1936, el año en que estalló la Guerra Civil Española De hecho, su primer recuerdo de infancia le retrotrae a la entrada de fuerzas militares de Franco en su pueblo natal, Villavieja. Muy influido por un viejo profesor humanista y republicano se fue forjando su posicionamiento antimilitarista, republicano, humanista y anticlerical.​

Después de obtener la Licenciatura en Derecho por la Universidad de Valencia —previamente había realizado un par de cursos de Filosofía—, se trasladó a Madrid, donde cursó estudios de periodismo en la Escuela Oficial, donde comenzó a colaborar en las revistas Hermano Lobo, Triunfo y otros medios. En la capital de España conoce a numerosos intelectuales y artistas; entre otros, al también periodista y escritor Francisco Umbral, que más tarde lo definiría como «calvo y joven, judío de ojos claros, experto en pintura, irónico y gélido»Sus primeros artículos sobre política los publica en el diario Madrid y, posteriormente, escribe en El País —medio en el que continúa colaborando— unas crónicas parlamentarias que le hacen famoso entre los lectores.

Su obra comprende novelas, teatro, relatos, biografías, artículos periodísticos, libros de viajes, apuntes de gastronomía, entrevistas y semblanzas literarias, entre otros géneros. Sus novelas Tranvía a la Malvarrosa y Son de mar han sido adaptadas para la gran pantalla de la mano de José Luis García Sánchez y Bigas Luna, respectivamente.​

Conoció en México a Pilar Latorre Mulet, con la que se casó en Madrid. Tuvieron dos hijos, Mauricio y Nora. Abrieron en el barrio de Argüelles de Madrid la galería de arte El Coleccionista, renombrada más tarde a Galería Pilar Mulet. Mauricio Vicent, fue corresponsal de prensa en Cuba del diario El País y de la Cadena Ser.​
La pieza traza un retrato de Manuel Vicent como un escritor que convierte la memoria en materia viva. La metáfora inicial —la vida como violín de cuatro cuerdas— sitúa su pensamiento en lo esencial, casi biológico. Pero enseguida introduces el contraste: su literatura no es lineal como el violín, sino expansiva como un acordeón. Ahí está una de las claves del texto: el tiempo no avanza, se pliega y despliega.

La memoria fermentada de Manuel Vicent
La vida, dice Manuel Vicent, es como un violín de cuatro cuerdas: naces, creces, te reproduces y mueres. Su literatura, sin embargo, se parece más al fuelle de un acordeón: pliega y despliega el tiempo para recrear, con finísimas variaciones, una misma melodía. La memoria fermentada. Un arte tejido en el telar de los recuerdos.

Me presento en su casa con tres cosas: un objeto, una canción y una pregunta. El niño de La Vilavella tiene hoy 90  años. Sus ojos, de un azul mediterráneo, siguen impresionando. La barba de chivo es ya una firma. Habla como remataba el valencianista Mundo en su infancia: con un golpe suave y demoledor.

Estamos en el estudio donde escribe y duerme —donde piensa y sueña—. Suena la canción: el intermedio de La leyenda del beso. Bastan cuatro notas. La voz se le quiebra.

—En la mucosa más íntima de mi cerebro está inscrita esta canción —dice—. Yo tenía dos años. Iba a gatas. Mi padre estaba escondido arriba, durante la Guerra Civil. Cuando los militares se iban, tocaba el violín. Siempre esta melodía. Al caer la tarde, la música bajaba por la escalera y yo gateaba hacia ella. Esa canción me ha sustentado más que cualquier idea de infierno o de paraíso. Es la base de mi vida.

Le entrego el objeto: una pastilla de Heno de Pravia. Con ese jabón le lavaba su madre en la posguerra. Vicent sonríe, cierra los ojos, la huele. Dicta sentencia: —Es la hostia.

Hay un instante, explica, entre el nacimiento y el crecimiento, en que el ser humano está en la misma longitud de onda que la naturaleza. Un estado paradisíaco anterior al deseo de ser como Dios. Los sentidos forman entonces un nudo que la vida consiste en ir deshaciendo lentamente. Esa primera memoria sensorial —los olores, la música, la piel— marca más que ninguna otra.

En el cuaderno espera la pregunta: cómo fermenta la memoria en su literatura. Vicent se toma un segundo.
—El yo no es más que memoria, y la literatura no es más que memoria transformada por la imaginación. Tiene que pasar el tiempo. La memoria debe pudrirse para germinar en literatura, como una semilla.

Su nuevo libro, Una historia particular, es precisamente eso: 200 páginas donde la memoria personal se destila en memoria de un país. La infancia es un tiovivo; la patria, un brazo en alto cantando el “Cara al sol” con un bocadillo en la otra mano; el verano, el viento de una Vespa en la cara. El primer beso suena a “Arrivederci, Roma”; el baile huele a lavanda y gira al ritmo de “Only You”. La noche de San Juan es un coro de ranas, sardinas y risas sin conciencia del futuro.
Luego llega la vida: el Derecho entre incienso y gregoriano, la muerte de la madre, la llegada a Madrid, el sueño de escribir en La Codorniz, la noticia de la muerte del dictador escuchada en la radio de un coche. La Transición huele a gas lacrimógeno. Y más tarde, los años pasan: el espejo a los 45, el 15-M a los 75, los perros como medida moral del mundo.
Envejecer, dice, es aprender que uno llorará la muerte de muchos perros hasta que, al final, habrá uno que llore por ti.
Su escritura, estudiada como una “estética del oxímoron”, vive de contrastes: lo lírico en el periódico, lo sensual en la crónica política, lo mediterráneo en la meseta, lo grotesco junto a lo ilustrado. Un hombre que no pertenece del todo a ningún sitio.
—Nunca he cambiado de bando —dice—. Pero es porque nunca he tenido bando. Solo soy un demócrata.

La conversación se vuelve más lenta al rozar la herida reciente: la muerte de su hijo. El vitalista confiesa el temblor.
—Ahora estoy más blando. Escucho canciones y pruebo cuánto tardo en llorar. Supongo que es porque uno llega al final del río. Allí el agua se calma.
En ese tramo final, dice, aún desea que haya pájaros. Uno de esos pájaros es Joan Manuel Serrat, que le dedica un poema donde su Mediterráneo desborda la paleta de Joaquín Sorolla y huele a azahar. Un mar antiguo donde Ulises naufraga y regresa una y otra vez.

Antes de despedirnos, Vicent habla del mono y de la basura. El hombre dejó de ser mono cuando se ensimismó, cuando miró hacia dentro. Hoy, dice, ocurre lo contrario: vivimos alterados por los estímulos exteriores. Volvemos al mono. Y quizá no sea tan mala noticia.

Peor es la basura: el residuo de la conversación pública. Antes, lo que quedaba en el aire tras hablar era pensamiento fermentado. Hoy es ruido que respiramos y convertimos en sangre.
Sobre la mesa reposa su libro. En la portada, un niño escucha el mar dentro de una caracola.
—¿Qué le diría a ese niño? —le pregunto. Vicent mira a lo lejos, como si el tiempo volviera a plegarse dentro de sí.
—Atrévete —responde—. Atrévete a ir al infierno.
Y en esa frase final, seca y luminosa, se cierra el acordeón: la memoria, ya fermentada, convertida en literatura.

El 'Tercer Acto' de Manuel Vicent: "La humanidad avanza a través de la pereza" | EL PAÍS
Recopilación de 
Gonzalo Díaz Arbolí

3.1.26

Thomas Mann y la música, una forma de supervivencia espiritual.

Mann, entre Bruno Walter (izqda.) y Arturo Toscanini (dcha).

El escritor alemán,  (Lübeck, 6 de junio de 1875 - Zúrich, 12 de agosto de 1955), siempre se hizo rodear de música, que acabaría por tener también una relevancia decisiva en su propia literatura e incluso en su vida Es recordado por el profundo análisis crítico que desarrolló en torno al alma europea y alemana en la primera mitad del siglo XX, para lo que tomó como referencias principales la Biblia y las ideas de Nietzsche, Freud  Goethe y Schopenhauer.

Sus ensayos e ideas sobre temas políticos, sociales y culturales recibieron una amplia atención. Si bien inicialmente era escéptico respecto de la democracia occidental, se convirtió en un acérrimo defensor de la República de Weimar a principios de la década 1920.​ Durante el período nacionalsocialista emigró a Suiza y en 1938 hacia los Estados Unidos​ donde adquirió la ciudadanía de dicho país en 1944. Desde 1952 hasta su muerte, residió en Suiza.

A pesar de que su obra más conocida sea la novela​ La montaña mágica,​ Thomas Mann recibió el Premio Nobel de Literatura en 1929 principalmente por su gran novela, Los Buddenbrook, que ha merecido un reconocimiento cada vez más firme como una de las obras clásicas de la literatura contemporánea. 

Los Buddenbrook es una novela familiar en la que la decadencia de la familia se desarrolla desde su interior, mientras los acontecimientos externos quedan en segundo plano. El ideal burgués del siglo XIX se va disolviendo progresivamente, junto con la cohesión familiar y la lealtad conyugal. La influencia de la filosofía de Schopenhauer se refleja en la oposición entre la vida cotidiana y el arte como vía de escape de la “voluntad”. Esta decadencia culmina en Hanno Buddenbrook, un personaje débil y sensible que rechaza la vida burguesa y comercial en favor de la música. Para Thomas Mann, la decadencia no es solo negativa, pues implica una mayor sensibilidad y esteticismo, aunque también se manifiesta en el creciente deseo de muerte de los miembros masculinos de la familia.

Fotograma del filme Buddenbrooks, de Heinrich Breloer, basada en la novela de Thomas Mann

La música acompañó a Thomas Mann durante toda su vida y tuvo una importancia decisiva tanto en su existencia personal como en su obra literaria. El propio Mann dejó constancia en sus diarios de la necesidad de “no perder contacto con la música”, especialmente durante el exilio en Estados Unidos, cuando esta funcionó como consuelo frente al desarraigo. Escuchar Mozart, Schubert o Wagner fue para él una forma de supervivencia espiritual.

Durante su estancia en Princeton, donde convivió con figuras como Einstein o Panofsky, Mann impartió conferencias centradas en Wagner y Goethe, los dos referentes culturales que marcaron su pensamiento. Desde su adolescencia, cuando asistió en Lübeck a una representación de Lohengrin, la obra de Wagner se convirtió en una presencia constante y voluntaria a lo largo de su vida.

Preludio de Lohengrin, de Richard Wagner

Richard Wagner fue el núcleo de la formación musical autodidacta de Mann. Su matrimonio con Katia Pringsheim, hija de un ferviente wagneriano, intensificó esa relación a través de veladas musicales dominicales en Múnich. Aunque Mann sentía una relación ambivalente y “culpable” con Wagner, nunca quiso renunciar a esa música, incluso cuando el contexto político la contaminó.
La familia Mann estuvo profundamente vinculada a la música: varios de sus hijos fueron músicos profesionales o traductores de tratados musicales, lo que reforzó el entorno sonoro en el que vivía el escritor.
Desde sus primeras obras, la música aparece como elemento estructural y simbólico. En El pequeño señor Friedemann y otros relatos iniciales, los personajes tocan instrumentos y la música se vincula al deseo, la frustración y la muerte. La figura materna, musical y sensual, inspirada en la propia madre de Mann, aparece reiteradamente asociada al piano y al canto.

En La montaña mágica la música ocupa un lugar central en el famoso episodio del gramófono. Las piezas favoritas de Hans Castorp reflejan su estado espiritual. La canción “Der Lindenbaum”, de Viaje de invierno de Schubert, adquiere un significado profético.
Cuando Castorp abandona el sanatorio para marchar a la guerra, canta inconscientemente esta canción, cuyos versos evocan el reposo final y la muerte. Mann construye así una metáfora musical de la fascinación alemana por el Romanticismo y su deriva hacia la autodestrucción colectiva en la Primera Guerra Mundial.

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Canción, Viaje de invierno, Friedich Schubert.  Transmite un sentimiento de serenidad

El choque más doloroso entre música y vida ocurrió en 1933 con el ensayo Sufrimientos y grandeza de Richard Wagner. Aunque el texto era admirativo pero crítico, fue atacado por músicos y figuras vinculadas al nazismo, que lo acusaron de traición. Esta campaña pública marcó definitivamente a Mann y lo convenció de que no podía regresar a Alemania.
El vínculo entre Wagner y el régimen nazi convirtió una de las mayores pasiones de Mann en una herida irreparable. Durante años evitó Alemania y solo regresó simbólicamente a Europa para homenajear a Goethe y Schiller, no a su patria política.

Los testimonios de Katia y de los hijos de Mann subrayan que su relación con la música era profundamente receptiva y casi creativa: escuchaba con todo su ser. Necesitaba la música para descansar, pensar y escribir.
En el relato de Erika Mann sobre la muerte de su padre, la música aparece por última vez: Thomas Mann muere con “su cara de música”, la misma expresión absorta y atenta con la que había escuchado durante toda su vida. Así, su existencia se cierra de manera coherente con su identidad más profunda: la de un escritor que fue, en esencia, un músico de la escucha.
Gonzalo Díaz Arbolí

30.12.25

Ardor: la revista cordobesa que anticipó la modernidad y que la guerra apagó

Olivares Figueroa, Juan Bernier y Juan Ugart, tres de los impulsores de la revista 'Ardor'.

En la primavera de 1936, cuando la vida intelectual española alcanzaba uno de sus momentos más fértiles, el país avanzaba sin saberlo hacia el abismo. Entre el entusiasmo creativo y el colapso político, Córdoba —una ciudad de provincias de poco más de 100.000 habitantes— albergó una experiencia cultural tan breve como significativa: la revista literaria Ardor.
Publicada en un único número, Ardor fue algo más que una rareza bibliográfica. Hoy puede leerse como el testimonio de una Córdoba moderna, conectada con las vanguardias y con la Generación del 27, y como el antecedente —silenciado durante décadas— del posterior Grupo Cántico. Su título parecía anunciarlo todo: la intensidad de un momento cultural incandescente que la Guerra Civil apagaría de forma fulminante.

Portada de 'Julio Romero: entrevistas y confesiones (1888-1930)'

Una ciudad con tejido intelectual
La aparición de Ardor no fue un accidente. Córdoba llevaba tiempo gestando un pequeño pero activo ecosistema cultural. Ya en 1917 había impulsado el Manifiesto a la Nación, firmado por liberales, socialistas y republicanos, que reclamaba una regeneración profunda del país. De ese espíritu surgiría, años después, una generación de maestros, escritores y pensadores decididos a situar la ciudad en el mapa de la modernidad literaria.

Los impulsores de la revista —Juan Bernier, Augusto Moya de Mena, Rafael Olivares Figueroa, Antonio Ortiz Villatoro y Juan Ugart— compartían formación en Magisterio, una vía que en la época permitía combinar estabilidad laboral y vocación intelectual. Aulas, tertulias y cafés funcionaron como espacios de aprendizaje colectivo.
Especial relevancia tuvo Rafael Olivares Figueroa, llegado a Córdoba en 1935. Nacido en Venezuela, conocía de primera mano las corrientes pedagógicas y literarias centroeuropeas y trajo consigo un interés profundo por la poesía nueva y la vanguardia europea. A su alrededor se consolidó un grupo con ambiciones culturales poco habituales en la ciudad.

Mitin de Acción Popular Agraria en el Gran Teatro en 1936. Colección AJ González


De las tertulias al papel
Antes de existir como revista, Ardor fue conversación. En encuentros como la Hora Literaria o en el restaurante Bruzo, en plena calle Gondomar, sus miembros debatían sobre literatura, arte y pensamiento contemporáneo. Allí se habló de Luis Cernuda cuando aún era un poeta marginal y se presentó una ponencia sobre Picasso en abril de 1936, un gesto audaz en la Córdoba de entonces.

La revista se concibió como trimestral. Su primer número —que acabaría siendo el único— reunió una nómina sorprendentemente plural: Juan Ramón Jiménez, Emilio Prados, Concha Méndez, Rafael Laffón, Pedro Pérez Clotet, entre otros. Autores de distintas sensibilidades políticas y estéticas convivían bajo un ideal común: la primacía de lo literario sobre lo ideológico.
La impresión se realizó en la Imprenta Luque, vinculada a una librería que funcionaba como auténtico refugio cultural. No era extraño que los lectores se sentaran a leer sin comprar, o que la imprenta acogiera iniciativas vanguardistas en una ciudad todavía conservadora.

En el frente de Córdoba. Colección AJ González

El corte brusco de la guerra
El golpe militar de julio de 1936 truncó el proyecto de inmediato. Ardor apenas tuvo tiempo de circular cuando la violencia lo desbarató todo. Sus impulsores siguieron destinos marcados por la guerra y la represión: Juan Ugart murió en la Batalla del Ebro; Moya de Mena fue depurado y desterrado profesionalmente; Olivares Figueroa emigró a Venezuela; Ortiz Villatoro continuó escribiendo en un entorno hostil; y Juan Bernier logró sobrevivir entre expedientes y silencios.
También muchos colaboradores fueron represaliados. El régimen franquista mostró especial celo con maestros y docentes, vigilando cualquier forma de heterodoxia intelectual. La modernidad que Ardor representaba quedó sepultada bajo la censura, el miedo y el exilio.

Mural sobre el grupo "Cántico"

La chispa que encendió "Cántico"
Sin embargo, no todo se perdió. Juan Bernier se convirtió en el vínculo entre aquella experiencia republicana y la posguerra literaria cordobesa. A través de él se gestaría, años después, el Grupo Cántico junto a Ricardo Molina, Pablo García Baena o Julio Aumente.
*Cántico* fue estéticamente brillante, pero ideológicamente homogénea, marcada por el silencio político impuesto por la dictadura. Frente a la pluralidad de Ardor, la posguerra solo permitió una sensibilidad común, centrada en la belleza, el neobarroco y una sensualidad contenida. La diversidad política no regresaría a la literatura cordobesa hasta la democracia.

Una modernidad olvidada
Durante mucho tiempo se ha presentado la cultura cordobesa del siglo XX como un vacío entre el modernismo y Cántico. La historia de Ardor desmiente esa visión. Hubo una Córdoba que dialogaba con Europa, que hablaba de Picasso y Cernuda, que colaboraba con revistas como Isla o Mediodía y que aspiraba a formar parte de una red cultural avanzada.

Retrato de una mujer con librería al fondo. Colección Luque Escribano

También hubo mujeres, pocas pero presentes, como Concha Méndez o María Luisa Muñoz de Buendía, en un entorno literario profundamente masculino. Ardor cayó en el olvido durante décadas. No reapareció hasta la Transición, cuando comenzó su lenta recuperación en facsímiles, exposiciones y estudios críticos. Hoy, leída con atención, revela que la Córdoba moderna existió antes de tiempo. Y que fue la guerra —no la falta de talento— la que apagó su llama.
Fuente:
Resumen de un artículo publicado en: El diario. es

Juan Velasco

7 de diciembre de 2025


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Los poemas 'Río de Córdoba' y 'Edad', por su autor Pablo García Baena

Pablo García Baena que junto con los poetas Juan Bernier, Julio Aumente y Mario López, y los pintores Miguel del Moral y Ginés Liébana, formó el grupo Cántico, que editó una revista que se convertiría en una de las más importantes de la Posguerra española.
Gonzalo Díaz Arbolí

 


30.10.25

En el cumpleaños de María Teresa León. 31 de octubre de 1903


Dibujo de la ilustradora, Eva Díaz Hurtado


María Teresa León nació el 31 de octubre de 1903 en Logroño. Escritora, dramaturga y activista española de la Generación del 27,  también fue miembro del grupo "Las Sinsombrero".
Pasó su infancia entre Madrid y Burgos, y recibió una educación culta e ilustrada en la Institución Libre de Enseñanza gracias a la influencia de su tía María Goyri y su tío Ramón Menéndez Pidal. Se licenció en Filosofía y Letras.

Contrajo matrimonio a los 17 años, con Gonzalo de Sebastián Alfaro; cuando conoció a Rafael lo abandonó al igual que a sus dos hijos para marcharse con él a Mallorca y convertirse en su compañera de viaje. A partir de entonces tendrían una vida entregada a la aventura, a la política, y compartiendo todos los momentos de su vida cotidiana. Ella lo refleja magníficamente, en su libro "memoria de la melancolía". 
Fue una mujer muy comprometida con su tiempo, fiel a sus ideas, probablemente generadas en la Institución Libre de Enseñanza. 
Falleció de una larga enfermedad el 13 de Diciembre de 1988 en Madrid.

Transcrito de Memoria de la melancolía
Estoy cansada de no saber dónde morirme. Esa es la mayor tristeza del emigrado. ¿Qué tenemos nosotros que ver con los cementerios de los países donde vivimos? Habría que hacer tantas presentaciones de los otros muertos, que no acabaríamos nunca. Estoy cansada de hilarme hacia la muerte. Y sin embargo, ¿tenemos derecho a morir sin concluir la historia que empezamos? ¿Cuántas veces hemos repetido las mismas palabras, aceptando la esperanza, llamándola, suplicándola para que no nos abandonase? (Mm 97).
¿Ha llegado la hora de hacer mi testamento?
Dejo a las mujeres de España mi entusiasmo por la vida. Nada más. Es todo lo que tengo.

Portada del libro de la ilustradora, Eva Díaz Hurtado

Desde este blog queremos reivindicar a las mujeres conocidas por las “sin sombrero”; curioso nombre que se debe al hecho que ocurrió en la Puerta del Sol madrileña cuando fueron tan atrevidas que se quitaron el sombrero en público, las protagonistas: M. Teresa León, Maruja Mallo, Margarita Manso, Salvador Dalí y Federico García Lorca. A este grupo de la generación del 27, también pertenecen las escritoras María Zambrano, Marga Gil Roesset, Concha Méndez, Ángeles Santos y Rosa Chacel. Todas estas mujeres engrandecieron esta generación y sin embargo algunas son poco conocidas, por esta razón queremos colocarlas en el lugar histórico que se merecen, su extraordinario talento estuvo situado en inestable equilibrio al borde del más absurdo y espurio de los olvidos. 

Las siguientes palabras son de la ilustradora y pintora portuense, Eva Díaz Hurtado, investigadora de las mujeres intelectuales de la Generación del 27:
Solo pretendo poner mi granito de arena en dar a conocer la obra de estas artistas (apenas conocidas por ser mujeres), y contagiar mi entusiasmo que ha ido acreciendo a medida que investigaba sobre ellas.
Lo que he tratado de reflejar con este trabajo, es que el arte, la ciencia la cultura o cualquier tipo de conocimiento no tiene género. El sexo del autor no debería ser factor determinante a la hora de juzgar una obra de estudiarla en las generaciones posteriores.

No puedo dejar de reproducir el preciado comentario del Dr. Julio Rodríguez de la Rúa:
He leído y releído el libro "Las sin sombrero" de Eva Díaz Hurtado. Me acercó de forma amena a esas mujeres, diría que transgresoras y valientes.
Y he disfrutado mucho visualmente, de las extraordinarias acuarelas, que Eva, excelente pintora, añadió al texto.
Aconsejo vivamente la lectura de su libro. 
Ah! y cuando conocí a Eva, iba "sin sombrero"...

Hacer clic sobre la imagen para visualizar el vídeo 
Podrán ver cada una de la 12 intelectuales mujeres investigadas por, Eva Díaz Hurtado
. 
Gonzalo Díaz Arbolí

27.5.25

Presentación del poemario: Desde la caverna sin distancias, de Eugenio Martínez Orejas



Deseo manifestar, en primer lugar, el honor de presentar este poemario y a su autor, Eugenio Martínez, poeta grande. Me va a resultar difícil explicar sobre alguien al que su modestia le niega ser conocido. Es una persona que no se deja tentar por la vanidad, no hace alarde de su sabiduría, antes al contrario, aprendió de Santo Tomás de Aquino que, es más bello iluminar que brillar.

Sabemos de su extraordinaria formación académica, de una intensa y rigurosa formación filosófica, y una auténtica personalidad humanística. Siente pasión por la lectura de los clásicos, de nuestros escritores de la Generación del 98 y de los poetas de la Generación del 27. También aprendió en su adolescencia que para ser un buen cristiano hay que tener fe y un poquito de sentido común.

Hemos tenido la suerte de conocerlo y, disfrutar de su amistad, desde que se trasladó a las tierras del sur, y pasamos a formar parte de una tertulia que hemos bautizado “De los Cántaros” pues en la cafetería de este hotel nos reunimos los miércoles.


Cuando en la tertulia, hablamos de los clásicos, Sócrates, Platón, Aristóteles…nuestra curiosidad se acrece para escuchar, parte de la historia de la humanidad y de los hitos realizados por los hombres, que el autor relata en diferentes poemas del libro que aquí nos trae, por ejemplo, el mito de Er, este mito puesto por Eugenio en boca de Sócrates relata la historia de un soldado muerto en la guerra, y que, es resucitado por los dioses al cabo de 12 días para contar a los vivos el destino de las almas después de la muerte. La idea central que refiere la narración es la inmortalidad del alma y la transmigración. Es decir, dar sentido a la vida antes de morir.

                                         El mito de la creación. Voz: Flora Díaz Hurtado

La transmigración es algo así como, el viaje que realiza el Espíritu a través de las diversas formas de vida a las que anima momentáneamente, mientras dura su vida, para luego retirarse sin sufrir cambio alguno. Se suele contraponer al dogma cristiano de la resurrección de la carne. Por lo que Eugenio no lo comparte. Si así fuese, en su reencarnación en un ser humano, Eugenio sería físico cuántico, su gran frustración, y seguiría desarrollando el principio que afirma que es imposible medir simultáneamente de forma precisa la posición y el momento lineal de una partícula; si los dioses no le concedieran tal privilegio, al menos que fuese en el gato de Schrödinger, que mostró las paradojas e interrogantes a los que aboca la física cuántica. De todas formas, está convencido de que la física es el motor de la humanidad y que nos puede acercar a la comprensión de Dios.

Ya en el reposo de su jubilación se siente feliz con el sosiego que da el estudio, el encuentro con uno mismo, el recogimiento y los pensamientos.

Durante este periodo realiza una selección de sus poemas que recopila en su libro “Huésped conmigo”, poemario intimista, cálido, sincero; escrito respetando los cánones tradicionales del metro y de la rima.

Y ahora, nos sorprende con esta virtuosa creación inscrita en una fina sensibilidad, fruto de largas reflexiones que han reactivado todo el conjunto de valores conservados gracias a su formación intelectual en la búsqueda de Dios por la vía de la interioridad. “No quieras ir afuera, entra en ti mismo; en el hombre interior mora la verdad, trasciéndete a ti mismo. (De La verdadera religión 72)

Libro compuesto por un Epígrafe cronológico y 23 poemas, es complejo, tanto en lo formal como en lo conceptual, que están en sintonía, que no deja indiferente a nadie. Un texto muy rico literariamente, con un enorme sentido del ritmo, de gran hondura moral, técnica poética y espléndido enraizamiento en las culturas clásica, bíblica, filosófica y social, con referencia constantes a la mitología, fruto de un trabajo de al menos 12 años.



Al iniciar la lectura, ya, el epígrafe cronológico te sorprende:”En todos los lugares palpita nuestro enigma”. Somos los inocentes y crueles juguetes de la vida. Hasta que un bruto alazán nos descabalga de su grupa, antes de llegar a los abismos donde se sientan los jueces, que ordenarán sus destinos de recompensa o castigo. Con la esperanza de que su próximo regreso borrarán las aguas del Leteo los vientos de la memoria.

-Aquí, me gustaría hacer una corta digresión y recordar nuestro río Guadalete, donde se celebró una ceremonia de reconciliación y olvido de las ofensas entre fenicios, tartessos y griegos y así el río llegó a ser conocido como el río del olvido, Lete o Leteo (en la mitología griega).-

Termina el epígrafe: Y así seguirá siendo hasta que fundidas todas las voces, resuene triunfalmente una sola, la voz de la armonía.

Elocuente el poema 5º: Mayéutica contra Renitencia. Notable poema en forma de diálogo socrático del filósofo ante su cercana muerte.
Ya saben que la Mayéutica es el método socrático con que el maestro, mediante preguntas, va haciendo que el discípulo descubra nociones que en él están latentes; contra la resistencia que se pone a hacer o admitir algo.

En el 2º retablo, la penúltima estrofa, juega desde el miedo en el camino de la vida, el miedo siempre en vilo, cuya respuesta es la sombra de un misterio inexplicable.
En definitiva, es un libro que asume el paso del tiempo y el no tiempo, pero también la excitante aventura de vivir.

Mi consejo: léanlo despacio, al final, constatarán su coherencia.

Termino con algunas de las estrofas de la luminosa poesía que cierra el poemario: “Hacia la nueva tierra” de una espiritualidad y misticismo que trasciende la religión….


Dirige el curso, en capitán, la alondra
a través de las grietas de las horas,
de espacios palpitantes, de torrenciales norias
hacia la nueva tierra de vides y de aromas…

Al fulgor de la vida no hay gracia que lo iguale,
aunque jamás podamos prolongarle un instante,
porque al gesto solemne de un yo con sus perfiles
el ardor de la frente lo acompaña en sus límites
como domada fiera, como amansado buitre….

Sigue ordenando el curso, hasta el final, la alondra
y al hombre oscuro desde su raíz luminosa.

Pero dirige el curso, en capitán, la alondra
hacia la nueva tierra de vides y de aromas.
Algo ondea en el agua del jardín
que va gritándole a los cielos, sí.

Gonzalo Díaz Arbolí
Académico de Bellas Artes Santa Cecilia


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5.4.25

PRÓLOGO DEL POEMARIO DE MANUEL MANZORRO "CAMPO ADENTRO"


La obra artística de Manuel Manzorro ha estado siempre vinculada a la pintura y al grabado. Su impresionante trayectoria se ha visto reconocida con innumerables premios y honores que así lo avalan. Sin embargo, para novedad de todos, tenemos ahora entre las manos una recopilación de su poesía –tan desconocida como sorprendente– que complementa a la perfección su universo pictórico, porque dibuja, esta vez con palabras, el mundo rural de Vejer que es, sin duda, la esencia de su obra.

Se trata de treinta y cinco poemas que discurren desde el monólogo intimísimo y personal, hasta el diálogo con la memoria viva de aquellos personajes que han marcado su vida, para culminar con una muestra de sonetos de gran maestría formal con los que se cierra el poemario. La palabra se acompaña a su vez de ilustraciones con las que el artista, usando diferentes técnicas, pone imágenes a los poemas, resultando finalmente una suerte de original catálogo diseñado con un generoso propósito: servir de homenaje total a la figura señera de Juan Relinque -protector y defensor de los campos de Vejer- con quien Manuel Manzorro se ha sentido siempre en deuda.


Esta propuesta -que conjuga su obra poética y pictórica- responde realmente a un mismo impulso creativo que se nutre de la observación y de las vivencias de la plenitud de su infancia en Patría y que obedece a un concepto amplio del arte que se sustenta lo mismo en las formas, las texturas y los colores como en las palabras. En cualquier ámbito, Manzorro es capaz de traspasar la experiencia vital del campo a un lenguaje artístico que, a través de una percepción extremadamente sensitiva, conecta con la emoción latente del recuerdo de la niñez, permitiéndole retratar, de manera prodigiosa, su particular cosmovisión del mundo rural, que ha alentado desde siempre su pulsión creativa.

Su búsqueda incansable de la plasticidad pictórica, la curiosidad por probar nuevas técnicas, en definitiva, el reto artístico de explorar nuevos caminos expresivos encuentra un cauce abierto en la escritura poética. Quien se adentre en estos poemas de Manzorro comprobará su interés consciente y concienzudo por rescatar el lenguaje rural y registrar palabras que emergen del terruño para convertirlas en piedras preciosas, sonoras, preñadas de una fuerza visual impactante que encajan con la expresión lírica de su nostalgia, sirviéndose de ellas para moverse sutilmente por un estado de ánimo que vaga entre la leve exaltación del campo propia de la oda y la dolorida elegía que llora el paraíso perdido. Los términos referidos a la labranza, a los aperos del campo, a las labores rutinarias en la era, a los animales, plantas y enseres que fueron el escenario humilde habitado por este niño de la posguerra, prenden en Manzorro la maravilla por lo cotidiano. En aquellos años de la infancia aprendió sin esfuerzo esas palabras -muchas de ellas ya moribundas- que rescata, alumbra y remoza inmersas ahora en una poderosa corriente de emoción poética. No se conforma con nombrarlas, sino que las recrea para enhebrar con ellas cada estado del alma que encuentra su reflejo en la naturaleza, cada mirada que testimonia el vínculo misterioso entre la tierra y el hombre.


La plasticidad de su pintura también se traduce en sonoridad y métrica -en este sentido, Manzorro trabaja lo mismo el verso libre que los sonetos- pero sobre todo en el empleo audaz de ciertos recursos estilísticos. Observamos en este sentido la abundancia de sinestesias, con las que se combinan sensaciones que se perciben por sentidos diferentes, de manera que su poesía es tremendamente sensitiva, colorida, sonora, visual, plástica: escuchamos trinos de pájaros, la lluvia en el tejado, la risa infantil que busca el abrazo. Olemos el pan del horno, el rescoldo de la hoguera, la fragancia de las hierbas silvestres; presentimos la humedad del campo al amanecer, la intemperie de la noche, el frescor de la parra, la sequedad de la tierra baldía. Apreciamos la paleta del pintor cuando nos muestra la sombra azul de los álamos blancos, el color cenizo del plumaje del ave, el nácar brillante de la luna, el pelaje ocre del animal o el intenso encendido de las flores. Y con toda esta plasticidad exuberante expresa su amor y su tristeza honda, una nostalgia vieja por la vida sencilla y durísima del campo, por la sabiduría telúrica que se hereda como un legado humilde y a la vez poderoso, porque esa ciencia crece silenciosa, frágil pero imparable, como la hierba del campo, como todo lo que germina y nos alimenta y sostiene de generación en generación. En sus versos se evoca -con tremenda ternura y nostalgia, pero sin sentimentalismos- aquella infancia llena de penurias y miserias que se encarna en la palabra gracias a la memoria febril de los sentidos. A veces la infancia es más larga que la vida, escribió Ana María Matute, y ese parece ser el caso de Manuel Manzorro.


Aún hoy, en sus paseos por las hazas de Nájara, herederas de la heroicidad de Juan Relinque -a quien todos los vejeriegos debemos tanto-, la infancia le hace un guiño al poeta-pintor, le envía una postal desde la niñez y de nuevo su memoria le permite verlo todo con la mirada genuina del niño que fue, que aún se maravilla ante la asombrosa policromía de la naturaleza, ante el misterio de la tierra y sus ciclos, ante la pasmosa belleza del campo. La visión de las hazas le activa una imagen guardada en la retina y entonces recupera el color, la textura, también la palabra, y brota –de manantial sereno, como diría Machado- un diálogo íntimo consigo mismo, con la presencia cálida de su madre o con todos aquellos con los que conversa a través de una voz interior que oímos rota por el recuerdo, por la orfandad, por el desconcierto impotente ante el paso del tiempo. Sentimos entonces su “punzada vegetal”, hacemos nuestro su lamento dolorido y rebelde por todo aquello que existió y que apenas se mantiene ya convertido en ruinas: las pobres chozas que fueron hogar, los generosos pozos con brocales roídos por el descuido, los desaparecidos hornos que impregnaron de amoroso olor a pan la hambruna de aquellos años, las lindes que sutilmente dibujaban y transformaban el paisaje, los acebuches centenarios de los que solo quedan sus tocones amputados. Así, se plasma en su obra la observación de los cambios de la naturaleza, del curso sabio de las estaciones en un espacio compartido con animales -salvajes unos, mansos otros- y muy particularmente con los adultos que habitaron aquel tiempo legendario, que a los ojos de un niño se agigantaban con el asombro de lo mítico. La infancia se convirtió, en el caso de Manzorro, en un estado del alma que perdura todavía. Y es curioso cómo, después de haber vivido tantos años en tierras lejanas, inmerso en otras culturas, en otros idiomas, el reclamo sigue siendo el mundo rural de su niñez y en él se ejemplifica, como señaló el poeta Rilke, que la infancia es la verdadera patria.


Le escribió su amigo José Antonio Muñoz Rojas -en la maravillosa carta que sirve de pórtico al poemario- que él mismo es como “un tallo más”, que en su palabra están el vigor y la ternura de la tierra. Poco más se puede añadir. Quizás el propio Manuel Manzorro no sea consciente de que su poesía es también semilla. Sus palabras germinan y su fruto es el amor por el campo y la nostalgia entrañable, desgarradora, por revivir “el imposible”, el paraíso perdido de su niñez. La masa madre de todo cuanto crea, de todo cuanto expresa con creativa voluntad es el recuerdo agradecido de aquellos primeros años de su vida, preñados de asombro y de belleza. Se cumplen en su caso las palabras de Rousseau que aseguraban que lo que uno ama en la infancia permanece en el corazón para siempre.


Olga Rendón Infante

Dra. en Filología Hispánica


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18.3.25

“Los pelegrinitos” de Federico García Lorca y la poesía de Joan Margarit



Esta publicación se enmarca dentro de dos planos:

El primero el romance de García Lorca, quien, como el prodigioso genio que fue de la poesía, se ciñe a esa época de juventud, donde los sentimientos del amor quedan encuadrados más dentro de los impulsos que de los propios sentimientos.

Y la segunda parte se ocupa de ese "tiempo cuando ya no hace daño la vida que se pierde", cuando Joan Margarit cogido al pestillo y bajo el umbral de la puerta que va a separar sus dos mundos, está en ese momento de pérdidas prudentes y también necesarias y que es el momento en que el amor coincide con la inteligencia.

Estos dos planos, donde cada periodo disfruta, a su manera, de ese sentimiento que, evidentemente, condiciona toda nuestra existencia en su complicado y trascendental valor de la vida humana.

La pasada semana comenté a los amigos de la tertulia, cómo añoraba mi adolescencia, me lamentaba de la frustración, las dificultades, el freno, la imposibilidad de poder expresar mis sentimientos de cariño a mi amor de juventud, a mi amor primero. Y les decía que había visto a dos jóvenes despedirse en la estación de ferrocarril, me vino a la memoria e, inevitablemente dije en voz alta Quién fuera pelegrino para hacer otro tanto, entonces evocamos juntos el romance “Los pelegrinitos” de Federico García Lorca:

Hacia Roma caminan dos pelegrinos
a que los case el Papa,
porque son primos.
Al pasar por el puente de la Victoria
tropezó la madrina,
cayó la novia.
Han llegado a Palacio, suben arriba
y en la sala del Papa,
los desaniman.
Le han preguntado al Papa como se llaman
él le dice que Pedro,
y ella que Ana.
Le han preguntado el Papa que qué edad tienen
ella dice que quince,
y él diez y siete.
Le han preguntado al Papa que si han pecado
él le dice que un beso,
que ya le ha dado.
Y la pelegrinita que es vergonzosa
se le ha puesto la cara,
como una rosa.
Le ha respondido el Papa desde su cuarto:
¡quién fuera pelegrino
para otro tanto!
Las campanas de Roma ya repicaron
porque los pelegrinos
ya se casaron.

           Teresa Berganza canta "Los pelegrinitos" de F. García Lorca

 




Uno de los tertulianos, - 
casi todos octogenarios -, citó a nuestro reciente Premio Cervantes, Joan Margarit y nos leyó el siguiente poema:

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Ha llegado este tiempo cuando ya no hace daño la vida que se pierde.
Es un tiempo de pérdidas prudentes, necesarias, y no es un tiempo de llegar sino de irse.
El amor, ahora, por fin coincide con la inteligencia. No estaba lejos, no era difícil.
Es un tiempo
que no deja más que el horizonte
como medida de la soledad.
Un tiempo de tristeza protectora.


Y seguimos recordando poemas de Joan Margarit, de su libro "Un asombroso invierno":

Pronto no habrá amapolas.
Eliminadas como malas hierbas,
van desapareciendo de los campos.
Ya no se extenderán la rojas pinceladas
del viento en los trigales.
¿Quién entenderá, entonces,
los cuadros de Van Gogh?
Todavía es un mundo familiar,
aunque cambios sutiles ya me alertan:
no volverá jamás a ser el mío.
No es ningún infierno: permite comprender.
Llega el olvido, tranquilizador.
Y vuelve, siempre vuelve, la alegría.

En el tiempo de la senectud, Margarit, sin renunciar a la nostalgia, optó por tomar la senda de la alegría en estos dos últimos versos:

Llega el olvido, tranquilizador.
Y vuelve, siempre vuelve, la alegría.

Nuestro tertuliano filósofo y poeta, como siempre tan agudo, puntualizó con uno de los consejos del viejo y estoico Cicerón. Senescere addiscentem   (envejecer aprendiendo). 
Es decir, vivir bien, vivir virtuosamente, llegar a una vejez en la que puedas seguir aprendiendo.
Entonces, solicité al pleno de la asamblea que, esta reflexión fuese el lema de nuestra tertulia.

Finalizamos el tema con esta frase:
Que nadie llore por los días perdidos, por los placeres sacrificados a la prudencia, por los impulsos ahogados.

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Gonzalo Díaz Arbolí
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LA FELICIDAD, EL AMOR Y LA SERENIDAD.   Entrevista del Loco de la colina a A. Gala.