Manuel Vicent nació en 1936, el año en que estalló la Guerra Civil Española De hecho, su primer recuerdo de infancia le retrotrae a la entrada de fuerzas militares de Franco en su pueblo natal, Villavieja. Muy influido por un viejo profesor humanista y republicano se fue forjando su posicionamiento antimilitarista, republicano, humanista y anticlerical.
Después de obtener la Licenciatura en Derecho por la Universidad de Valencia —previamente había realizado un par de cursos de Filosofía—, se trasladó a Madrid, donde cursó estudios de periodismo en la Escuela Oficial, donde comenzó a colaborar en las revistas Hermano Lobo, Triunfo y otros medios. En la capital de España conoce a numerosos intelectuales y artistas; entre otros, al también periodista y escritor Francisco Umbral, que más tarde lo definiría como «calvo y joven, judío de ojos claros, experto en pintura, irónico y gélido»Sus primeros artículos sobre política los publica en el diario Madrid y, posteriormente, escribe en El País —medio en el que continúa colaborando— unas crónicas parlamentarias que le hacen famoso entre los lectores.
Su obra comprende novelas, teatro, relatos, biografías, artículos periodísticos, libros de viajes, apuntes de gastronomía, entrevistas y semblanzas literarias, entre otros géneros. Sus novelas Tranvía a la Malvarrosa y Son de mar han sido adaptadas para la gran pantalla de la mano de José Luis García Sánchez y Bigas Luna, respectivamente.
Conoció en México a Pilar Latorre Mulet, con la que se casó en Madrid. Tuvieron dos hijos, Mauricio y Nora. Abrieron en el barrio de Argüelles de Madrid la galería de arte El Coleccionista, renombrada más tarde a Galería Pilar Mulet. Mauricio Vicent, fue corresponsal de prensa en Cuba del diario El País y de la Cadena Ser.
La pieza traza un retrato de Manuel Vicent como un escritor que convierte la memoria en materia viva. La metáfora inicial —la vida como violín de cuatro cuerdas— sitúa su pensamiento en lo esencial, casi biológico. Pero enseguida introduces el contraste: su literatura no es lineal como el violín, sino expansiva como un acordeón. Ahí está una de las claves del texto: el tiempo no avanza, se pliega y despliega.
La memoria fermentada de Manuel Vicent
La vida, dice Manuel Vicent, es como un violín de cuatro cuerdas: naces, creces, te reproduces y mueres. Su literatura, sin embargo, se parece más al fuelle de un acordeón: pliega y despliega el tiempo para recrear, con finísimas variaciones, una misma melodía. La memoria fermentada. Un arte tejido en el telar de los recuerdos.
Me presento en su casa con tres cosas: un objeto, una canción y una pregunta. El niño de La Vilavella tiene hoy 90 años. Sus ojos, de un azul mediterráneo, siguen impresionando. La barba de chivo es ya una firma. Habla como remataba el valencianista Mundo en su infancia: con un golpe suave y demoledor.
Estamos en el estudio donde escribe y duerme —donde piensa y sueña—. Suena la canción: el intermedio de La leyenda del beso. Bastan cuatro notas. La voz se le quiebra.
—En la mucosa más íntima de mi cerebro está inscrita esta canción —dice—. Yo tenía dos años. Iba a gatas. Mi padre estaba escondido arriba, durante la Guerra Civil. Cuando los militares se iban, tocaba el violín. Siempre esta melodía. Al caer la tarde, la música bajaba por la escalera y yo gateaba hacia ella. Esa canción me ha sustentado más que cualquier idea de infierno o de paraíso. Es la base de mi vida.
Le entrego el objeto: una pastilla de Heno de Pravia. Con ese jabón le lavaba su madre en la posguerra. Vicent sonríe, cierra los ojos, la huele. Dicta sentencia: —Es la hostia.
Hay un instante, explica, entre el nacimiento y el crecimiento, en que el ser humano está en la misma longitud de onda que la naturaleza. Un estado paradisíaco anterior al deseo de ser como Dios. Los sentidos forman entonces un nudo que la vida consiste en ir deshaciendo lentamente. Esa primera memoria sensorial —los olores, la música, la piel— marca más que ninguna otra.
En el cuaderno espera la pregunta: cómo fermenta la memoria en su literatura. Vicent se toma un segundo.
—El yo no es más que memoria, y la literatura no es más que memoria transformada por la imaginación. Tiene que pasar el tiempo. La memoria debe pudrirse para germinar en literatura, como una semilla.
Su nuevo libro, Una historia particular, es precisamente eso: 200 páginas donde la memoria personal se destila en memoria de un país. La infancia es un tiovivo; la patria, un brazo en alto cantando el “Cara al sol” con un bocadillo en la otra mano; el verano, el viento de una Vespa en la cara. El primer beso suena a “Arrivederci, Roma”; el baile huele a lavanda y gira al ritmo de “Only You”. La noche de San Juan es un coro de ranas, sardinas y risas sin conciencia del futuro.
Luego llega la vida: el Derecho entre incienso y gregoriano, la muerte de la madre, la llegada a Madrid, el sueño de escribir en La Codorniz, la noticia de la muerte del dictador escuchada en la radio de un coche. La Transición huele a gas lacrimógeno. Y más tarde, los años pasan: el espejo a los 45, el 15-M a los 75, los perros como medida moral del mundo.
Envejecer, dice, es aprender que uno llorará la muerte de muchos perros hasta que, al final, habrá uno que llore por ti.
Su escritura, estudiada como una “estética del oxímoron”, vive de contrastes: lo lírico en el periódico, lo sensual en la crónica política, lo mediterráneo en la meseta, lo grotesco junto a lo ilustrado. Un hombre que no pertenece del todo a ningún sitio.
—Nunca he cambiado de bando —dice—. Pero es porque nunca he tenido bando. Solo soy un demócrata.
La conversación se vuelve más lenta al rozar la herida reciente: la muerte de su hijo. El vitalista confiesa el temblor.
—Ahora estoy más blando. Escucho canciones y pruebo cuánto tardo en llorar. Supongo que es porque uno llega al final del río. Allí el agua se calma.
En ese tramo final, dice, aún desea que haya pájaros. Uno de esos pájaros es Joan Manuel Serrat, que le dedica un poema donde su Mediterráneo desborda la paleta de Joaquín Sorolla y huele a azahar. Un mar antiguo donde Ulises naufraga y regresa una y otra vez.
Antes de despedirnos, Vicent habla del mono y de la basura. El hombre dejó de ser mono cuando se ensimismó, cuando miró hacia dentro. Hoy, dice, ocurre lo contrario: vivimos alterados por los estímulos exteriores. Volvemos al mono. Y quizá no sea tan mala noticia.
Peor es la basura: el residuo de la conversación pública. Antes, lo que quedaba en el aire tras hablar era pensamiento fermentado. Hoy es ruido que respiramos y convertimos en sangre.
Sobre la mesa reposa su libro. En la portada, un niño escucha el mar dentro de una caracola.
—¿Qué le diría a ese niño? —le pregunto. Vicent mira a lo lejos, como si el tiempo volviera a plegarse dentro de sí.
—Atrévete —responde—. Atrévete a ir al infierno.
Y en esa frase final, seca y luminosa, se cierra el acordeón: la memoria, ya fermentada, convertida en literatura.
El 'Tercer Acto' de Manuel Vicent: "La humanidad avanza a través de la pereza" | EL PAÍS
Recopilación de
Gonzalo Díaz Arbolí
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