9.3.26

EL LOCO DE LOS POZOS. Cuento sobre la obra de Manuel Manzorro

 

Monte patría desde el pozo "Reo"

EL LOCO DE LOS POZOS. CUENTO:
Los campos de Vejer están sembrados de viejos pozos. Algunos apenas se distinguen entre los matorrales; otros se inclinan cansados, con el brocal resquebrajado y las piletas cubiertas de verdín. Son las huellas del tiempo.
Una mañana, cuando el sol apenas empezaba a dorar las lomas, unos vecinos del Pago de Patría vieron pasar a un muchacho por el carril. Era joven, fuerte como un gañán, y caminaba con paso firme cargando brochas y cubos llenos de cal.
Se detuvo en el pozo Reó (Redor) —al que llamaban así porque tenía una pileta redonda alrededor del brocal— y, sin decir palabra, empezó a encalarlo. Con paciencia fue cubriendo de blanco la piedra gastada, como si quisiera devolverle la dignidad perdida.
Al día siguiente, también al alba, volvieron a verlo pasar. — ¿Dónde irá hoy? —se preguntaron. Lo siguieron con la mirada y lo vieron inclinarse sobre el pozo de los Manzorro y repetir la misma tarea: brocha, cal y silencio.
Y así, día tras día, el muchacho cruzaba los campos con sus cubos blancos. Así los vecinos comenzaron a llamarle “el loco de los pozos” entre risas.
Pero el muchacho no parecía oírlos. Seguía caminando cada amanecer, como guiado por una llamada antigua que solo él entendía.
Pasó el tiempo. Y una tarde clara, al oriscán, alguien reparó en algo que antes no habían visto: los pozos brillaban a lo lejos como pequeñas lunas blancas. Brocales, piletas y pilones resplandecían limpios, como si el campo entero hubiera sido salpicado de luz. Entonces comprendieron que no era locura. Era una obsesión, era amor a su Patría natal.
El zagal de Diego (Manuel Manzorro) no estaba blanqueando piedras. Estaba devolviendo memoria al campo.

Manuel Manzorro Pérez, nacido en Vejer de la Frontera, (7 de junio de 1935) en el seno de una familia campesina, mantiene a pesar de su experiencia internacional, sólidos vínculos con las tradiciones y cultura de su tierra.
Durante los años de su infancia aprendió sin esfuerzo palabras que testimonia el vínculo misterioso entre la tierra y el hombre.

En la actualidad reside y trabaja, pintando, escribiendo, leyendo, rodeado de olivos y ruiseñores, disfrutando del silencio y la soledad en el Núcleo Rural de Santa Lucía de Vejer de la Frontera.
Cuando un talento está en posesión de ambos dominios y consigue urdir los hilos de los colores, de las pinceladas, con los de la palabra, la trama resultante se convierte en una manifestación de grandeza, que nos eleva a las más altas moradas de la belleza. 
 
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Pozos de la campiña vejeriega de  cuadros pintados por Manuel Manzorro.

Gonzalo Díaz Arbolí

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