La Madre es ese ser que ama a su hijo tal como es, aunque no sea como ella quisiera
Nació el 17 de junio de 1909, en Chipiona, hija de José Arbolí Navarro y de Ana María Romaríz García. Tuvieron tres hijos, fue la más pequeña, siempre la llamaron "La chica". Murió el 27 de diciembre de 1979, en Cádiz.
Llegó a Vejer en 1923 con 14 años, su padre había sido destinado como secretario en propiedad del Ayuntamiento de Vejer de la Frontera.
Cuentan las crónicas sociales de aquella época que, la señorita Luisita Arbolí con sus 18 primaveras, tenía muchos admiradores, pero en contra de la voluntad de sus padres, se enamoró locamente de Pepito Díaz; las razones: sus ojos verdes y unas larguísimas pestañas negras que parecían pintadas, buen deportista, futbolista profesional y un buen pianista.
Con 22 años contrajo matrimonio con José Díaz Muñoz de 26 años, el 12 de enero de 1932 en Vejer. Tuvieron nueve hijos. En realidad fueron más, uno llamado Servando que murió con cinco meses y un aborto de mellizos. Después nombraron a otro Servando ya que por tradición en todas las familias Arbolí se repite este nombre.
Nunca podré, queridos padres, agradeceros el regalo de la vida. Gracias a ello he podido conocer a 4 hijos y 6 nietos maravillosos. ¡Merece la pena vivir!
Y hoy, me arrepiento, en lo más hondo de mi alma, de no haberte dicho más veces te quiero, de no abrazarte, de no besarte, de no ayudarte lo suficiente; de no haberte valorado, de no haberme dado cuenta de la entrega y del sacrificio extremo que hiciste por tus nueve hijos; de no contarte mis sueños, de no haberte preguntado por los tuyos, de tantas preguntas y ansiadas respuestas que se quedaron demoradas en el sendero de mi adolescencia y juventud. Y siento con intensidad y tristeza, no haber sido consciente de mi responsabilidad y que, mi más sentido y ardoroso último beso ya no pudieras percibirlo.
Hoy, llegado el momento en que ya no hace daño la vida que se pierde, sigo añorando tu dulzura y tus caricias, ya irremediablemente perdidas.
Su manera de querer y, sobre todo, de amar a su familia nos enseñó lo que de verdad importa. Ahora sus hijos estamos unidos por ella. Y a sus 31 nietos le quedan tantos momentos de cariño que les recordarán cuanto los quiso.
Su amor seguirá siendo nuestro refugio y nuestra fuerza. Y todo lo que nos dio seguirá uniéndonos, porque mientras permanezca en nuestros corazones, ella seguirá estando con nosotros.
Recuerdos los olores: El aroma de la alhucema automáticamente me transporta a la infancia, me recuerda tu ternura, cuando me bañabas y el rezo del “bendita sea tu pureza…”ese olor que lo impregnaba todo como no creo que exista otro igual.
También el olor del jazmín de la maceta del balcón del comedor de nuestra casa en Vejer, especialmente en las tardes de primavera y verano cuando permanecía abierto todo el día. El recuerdo del aroma que llenaba aquella mesa grande para nueve hermanos, la abuela Ana y una de sus hermanas, Tití, que nos visitaba con mucha frecuencia. Papá esperaba a las dos en punto para que todos estuviésemos sentados alrededor de la mesa, solo Servando era capaz de llegar tarde y después de la reprimenda su respuesta le arrancaba una sonrisa cómplice, Manolo, el Cid Campeador como le llamaban mis hermanas y, con el ánimo por las nubes por el título, bajaba todos los días al portal la basura en la oscuridad de la noche, a cambio pedía siempre para comer a mediodía patatas fritas con huevos. También en las peleas entre hermanos, sobre todo M.Carmen y Servando. M.Carmen tenía una frase mágica que utilizaba en casos extremos: "Servando como te pareces a Omar Sharif". Y se producía el milagro: "de verdad hermana". Discusión resuelta y vuelta a las risas...Desde aquel balcón vimos un día, asombrados, a Javier con ocho años, a lomos de un enorme elefante anunciando un circo que por aquellos días actuaban en el pueblo. ¡Cuántos recuerdos!
Mientras hice el servicio militar, llegaba los viernes por la tarde, en el "coche de la hora" a pasar el fin de semana en casa, cuanto más me acercaba al hogar, el olor del puchero que a diario hacía mamá, se acrecentaba y al subir la escalera lo inundaba todo.
Mis hermanas haciendo las tareas de la casa, -nunca aprendí a hacer una cama-. Las sacrificadas y heroínas jóvenes de entonces. Eran otros tiempos, felizmente hoy superados.
No te detengas en mi tumba a llorar.
No estoy ahí, no estoy dormida.
Soy los mil vientos que soplan,
soy la suave nieve que cae,
soy la suave lluvia de otoño,
soy los campos de granos maduros,
estoy en el silencio de la mañana,
soy el rápido impulso ascendente
de hermosas aves en vuelo circular.
Soy las estrellas que brillan en la noche,
estoy en los pétalos que florecen,
en los pájaros que cantan,
en cada pequeña cosa.
No te detengas en mi tumba a llorar.
No estoy ahí, no he muerto.
POEMA. De Mary Elizabeth Frye
Gonzalo






