19.9.26

Empezar cada día




Bien es sabido que convivir no es fácil, ni siquiera con uno mismo. La singularidad es tan irrepetible que, en ocasiones, resulta excesiva. Nada exige más que encontrarse a diario con que uno ha de soportarse. Y no solo por lo monótonos que nos parecemos, sino porque conocemos bien nuestras insuficiencias y obsesiones. Somos más reiterativos de lo que creemos. Con todo, no es la repetición lo más insufrible. Estamos poblados también de frustraciones y de culpa.


Y no únicamente por las cosas hechas mal, sino por tantas otras desatendidas, incumplidas, olvidadas, descuidadas. Una vida es una ingente cantidad de tareas sin realizar, de vidas no vividas. No se trata de incidir en remordimientos, que ya se ocupan ellos de su labor, aunque el mayor de los pesares suele obedecer, en última instancia, a lo no hecho: por indecisión, por torpeza, por vagancia o, sencillamente, por esa dejadez tan activa que nos deja acunados por los acontecimientos, adormilados por lo que nos pasa.

Sin embargo, no son las tareas pendientes o mal hechas las que conforman el temblor de nuestro corazón. Los otros, el otro, este o aquella; el afecto no dado o no acogido, el daño ocasionado, la respuesta tibia, insuficiente o negada, el desamparo provocado, la desatención, cuando no el mero descuido: todo ello forma parte ya de aquello con lo que tenemos que vivir y que nos constituye. Cada día hemos de decidir sabiendo que lo elegido, siquiera en forma de indiferencia, nos acompañará siempre.

Hemos de saber que quizá lamentaremos no haber estado a la altura de las circunstancias; en definitiva, no haber sabido querer y, ni siquiera, querernos. En cada ocasión, vayamos donde vayamos, allí estamos. Hagamos lo que hagamos, tenemos que ver con ello. Abrazar nuestras carencias no es cómodo. No hacerlo es suicida.

No es cuestión de resignarse, ni de castigarse de modo cada vez más sofisticado, ni de compadecerse, como si uno fuera la principal víctima de la injusticia del mundo. Y menos aún de dejarse gobernar por los propios estados de ánimo, ni de permitir que el trabajo nos domine y las relaciones nos agobien. Quien no se quiere es peligroso. Quien se gusta demasiado, también. Este es el desafío: quererse sin, tal vez, gustarse. De lo contrario seremos, simplemente, poco soportables, y no solo para los demás. Sobreponernos a nuestra, a veces, insidiosa compañía es también trabajar y soñar por encima de nuestra realidad, resucitar cada día y liberarnos de la resistencia a abrazarnos también a nosotros mismos. Y recrearnos para sobrevivirnos gozosos en cada ocasión.

El porvenir de ayer

Soneto

Pasó el tiempo, dorando lo pasado,

pero tiene mayor luz este presente;

todo acabó en lo que nunca fue tomado

y se nos va marchando alguna gente.


Queremos atesorar con más candor

lo que pudo suceder o nos arrepiente,

olvidando quizá que nuestra mente

es quien persigue al más recóndito amor.


Respetemos con honda devoción

el porvenir de ayer: fue nuestro acuerdo;

permitamos al tiempo su terminar.


Vivamos con renovada ilusión,

haciendo del presente buen recuerdo,

gozando ya del todo sin dudar.

Antonio Rguez. Zarallo





3 comentarios:

Anónimo dijo...

Este señor es un hombre del renacimiento...

Pedro A. Montoro dijo...

Estimado Bloguero y participante de él. Solo quiero añadir mis comentarios, acertados o no, referentes al tema que plantea Antonio.
El texto que compartes pertenece al filósofo español Ángel Gabilondo (lo he verificado porque la frase “Quien no se quiere es peligroso. Quien se gusta demasiado, también” es suya). Pero tu pregunta es pertinente: ¿con qué filósofo dialogaría este texto? No se trata de buscar una influencia directa, sino de encontrar un pensador cuyas tesis resuenen y, en cierto modo, discutan con las ideas que expone Gabilondo.
El texto plantea varios nudos filosóficos: la dificultad de la convivencia con uno mismo, el peso de la singularidad irrepetible, la culpa por lo no hecho, la necesidad de abrazar las carencias y el desafío de quererse sin gustarse. Quien mejor encarna este debate es Hannah Arendt, aunque no en solitario.
Hannah Arendt: la convivencia con uno mismo
Arendt es la filósofa que de forma más directa discutiría este texto. Su concepto del “dos-en-uno” sostiene que pensar es un diálogo silencioso con uno mismo, y que para poder pensar hay que estar en buenos términos con ese compañero interior. Como ella misma señala, “evitar la propia compañía es como si se estuviera en guerra con uno mismo”. Gabilondo habla de que la convivencia con uno mismo es la más difícil y que “quien no se quiere es peligroso”; Arendt diría que quien no se soporta a sí mismo no puede pensar ni juzgar con integridad, y que la moralidad misma nace de ese diálogo interior no contradictorio.
Además, la singularidad que Gabilondo describe como “excesiva”, resuena con la idea arendtiana de que cada quien es único e irrepetible, y que esa unicidad se manifiesta en el pensamiento y en la acción. Para Arendt, la singularidad no es un peso insoportable, sino la condición de posibilidad de la libertad y del juicio moral.
Otros filósofos que entrarían en la conversación
Emmanuel Levinas: Su ética de la alteridad plantea que el yo se constituye en la responsabilidad por el otro. Gabilondo habla del “afecto no dado”, del “daño ocasionado”, del “desamparo provocado”; Levinas diría que esos son los rostros concretos de la responsabilidad, y que la culpa por lo no hecho es la huella de una obligación que precede a la libertad.
Paul Ricoeur: Su obra “sí mismo” como otro articula el cuidado de sí con el cuidado del prójimo. La idea de que “ser sí mismo es una tarea” y que esa tarea incluye la aceptación de las propias carencias, dialoga directamente con el “abrazar nuestras carencias” de Gabilondo.

Søren Kierkegaard: El filósofo danés insistió en la singularidad del individuo frente a la masa, y en que la autoaceptación pasa por una elección radical de sí mismo. Gabilondo dice “en cada ocasión, vayamos donde vayamos, allí estamos”; Kierkegaard respondería que ser sí mismo es una decisión que no se puede delegar, y que la desesperación por no quererse es el punto de partida de la vida ética.
Michel Foucault: Su noción de cuidado de sí (epimeleia heautou) como práctica de libertad se cruza con la propuesta de Gabilondo de “trabajar y soñar por encima de nuestra realidad” y no dejarse gobernar por los estados de ánimo.
La discusión central
Si tuviera que resumir el debate, diría que Hannah Arendt sería la interlocutora principal: Gabilondo describe la dificultad de soportarse; Arendt responde que ese soportarse es la condición del pensamiento y de la moral. Levinas añadiría que ese uno mismo no se entiende sin el otro; Ricoeur matizaría que el cuidado de sí no es egoísmo; Kierkegaard recordaría que la singularidad es una tarea, no un dato. En conjunto, el texto de Gabilondo es una meditación sobre la ética de la existencia cotidiana que invita a un diálogo con toda esa tradición.

Socratino de la calle Larga

Anónimo dijo...

Estimado Pedro. Muchas gracias por tus comentarios, que siempre das amplitud de miras . Puedo decirte, en primer lugar que esta reflexion mia fue espontanea, en momentos sensibles , ya sabes. Todo el contenido, fue hecho como se dice del tiron hace unos años , y te diria mas , que incluso dudo ahora de algunas cosas del escrito Es curioso que la frase que me citas de Angel Gabilondo , "Quien no se quiere es peligroso. Quien se gusta demasiado, también” no la copie, aunque estoy de acuerdo en ello. Como decia Aristoteles tenemos que practicar el justo medio (mesotés) y actuar con prudencia (phronesis) .Ese filosofo ( catedratico, exministro, hemano de un famoso locutor ) no lo he leido, mas aun , no me atrae leerlo, aunque sea buen hombre. Para mi un filosofo y a la vez politico no son compatibles en un gobierno. No obstante, tomo nota con aprecio y curiosidad de las filosofa Hannat Arendt, que en mi ignorancia desconocia. Pienso leerla y te dire .Nos vemos. Un abrazo . Ah ! soy Antonio ...

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