28.6.26

Sancho frente a la IA

 

No voy a participar en el concurso que la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan ha anunciado bajo el título ¿Y si Sancho Panza cabalgase sobre Rucio en el siglo XXI? No por falta de ganas, sino porque como socio tengo la puerta cerrada. Y porque, siendo sincero, este Sancho Panza ya no lo gobierna ni el mismísimo Don Quijote, que se ha vuelto más terco que una mula coja.
Desde que empecé a escribir el libro Sancho y sus refranes, el tipo se ha instalado en mi casa. A veces deja a Rucio atado junto a la puerta, como si hubiera venido para un rato. Pero el borrico sigue ahí y él también. Como quien viene a dormir una noche y acaba cambiando la cerradura. Se sienta a mi mesa, mira la pantalla del ordenador y frunce el ceño. No dice nada al principio. Eso es lo peor.
El otro día, mientras intentaba redactar un párrafo sobre el rumbo que está tomando esto de escribir, Sancho entró sin pedir permiso. Se apoyó detrás de mí lo suficiente para que el aire oliera a cuadra vieja, a ajo y a vino peleón. Me dio un golpecito seco en el hombro, lo bastante para recordarme que mi cuerpo todavía resiste.
—A ver, sabiondo —soltó—. ¿Eso que escribes lo has vivido tú o lo has buscado en algún sitio?
—A veces, Sancho, utilizo alguna de las herramientas que nos proporcionan las nuevas tecnologías —dije, con pocas ganas—. Me ayuda a ordenar ideas.
Sancho miró la pantalla como si fuera un bicho raro dentro de una pecera de cristal y masculló:
—Las ideas no se ordenan solas. Se amontonan. Luego, si tienes suerte, tropiezas con una que, a lo mejor, te sirve para lo que estás haciendo.
Me callé. Tenía razón. Me acordé de la vez que le pedí a una inteligencia artificial que describiera la belleza de mi pueblo. El resultado fue un texto tan redondo y apañado que le faltaba esa miaja de torpeza que da salero a las palabras. Sancho lo leyó por encima mientras masticaba un trozo de queso.
—Está bien —dijo al final. Pero enseguida añadió—. Pero no huele, ni hace sentir nada. Y lo que no tiene alma está muerto.
Escupió al suelo y zanjó el asunto.

Otra tarde intenté leerle un texto que yo consideraba profundo sobre los peligros desmesurados del abuso de la tecnología. Estaba lleno de frases bien rematadas y citas que se sostenían unas a otras. Sancho escuchó sentado, rascándose la barba. Cuando terminé, se quedó mirando por la ventana.
—Hablan mucho esos papeles —dijo al fin—. Como si el mundo fuera un poner de acuerdo.
—¿Y qué es, entonces?
Encogido de hombros respondió:
—Un sitio donde hay que levantarse temprano, aunque no te apetezca. Y donde, si no compartes el pan, alguien se queda sin cenar. Porque aquí lo importante no es lo que se dice, sino lo que se pone encima de la mesa cuando llega la hora. Lo demás son palabras para no pringarse.
Le había hablado también de la dependencia, de cómo caminamos encorvados sobre aparatos móviles, olvidando mirar al cielo. Sancho se rascó la barba una vez más y, sin mirarme, sentenció:

—El problema no es el cacharro, señor, sino que la gente ya no sabe quedarse con su propio pensamiento.

Y volvió a su silencio, dejándome atrapado en la misma ansiedad que pretendía criticar.
Después se levantó, fue a la cocina y regresó con una navaja vieja que empezó a limpiar en la pernera de su camisa, con un gesto malhumorado. Me irritó más que cualquier argumento. Desde entonces, cada vez que abro el ordenador, lo noto detrás. A veces no habla, solo respira. Pero basta con eso para que las palabras empiecen a desconfiar de sí mismas.
Hoy solo he conseguido escribir dos líneas y las he borrado. Nuestro escudero se ha sentado junto a la ventana, observando cómo entra la luz, como si fuera una cosa mucho más importante que todas mis frases juntas. Yo sigo aquí, frente a la pantalla, con ese cursor parpadeando que no deja de exigirme palabras. Pienso que escribir no ayuda a construir. Lo importante es decidir qué es lo que todavía merece la pena ser contado antes de que pueda perderse.
Y él, sin girarse, como si hablara con la pared, ha soltado:
—Escribe si quieres. Pero no pienses que la máquina te va a sacar del atolladero. Del barro solo se sale con barro.
No ha añadido nada más. Y, por primera vez, la pantalla ha dejado de parecerme un tribunal. Quizá no escriba la frase perfecta, ni la que mejor posicione en un buscador, pero al menos, cuando el cacharro se apague no seré un monigote que ha olvidado cómo se camina por la tierra firme.
Porque una historia, por muchas vueltas que den las máquinas, solo la puede escribir quien tiene corazón y ha pasado fatigas.
Afuera, el día empezaba a caer.

Antonio Leal Jiménez. Publicado en el Semanal de la Mancha 27-6-2026

 


18.6.26

ERMITA DE SAN AMBROSIO

 



Constituye una de las escasas muestras del arte paleocristiano y visigodo de Andalucía. Fue construida sobre una antigua villa romana, siendo en sus orígenes una ermita paleocristiana. En el s.VII el Obispo Pimmenio de Asido la transformó en iglesia visigótica. De esa fundación había un fuste de columna que se conserva en La Oliva, con el siguiente texto: " En el nombre de nuestro señor Jesucristo, aquí están las reliquias de los santos Vicente, Félix y Julián, mártires. La dedicación de esta basílica se hizo el día 14 de noviembre del año VI del obispo Pimmenio de la era 682"

La entrada a la ermita es un arco de medio punto que da acceso al nártex. A continuación está el acceso a la nave mediante un arco de medio punto en cuya clave se encuentra el escudo del obispo Solís. La nave estuvo cubierta a partir de la reconstrucción del obispo Solís en el s.XV por una cubierta de dos aguas sobre arcos góticos, apoyados sobre pilares con capiteles romanos.

Es interesante, por su estado de conservación, la pequeña capilla con bóveda octogonal sobre pechinas, que pudo ser el baptisterio.

En general, aunque los arcos están apuntalados, corre peligro de destrucción, lo que sería una pérdida irreparable.
Desde aquí unimos nuestra voz a todos los que reclaman su urgente recuperación.

 "...cubierta a dos aguas, sobre arcos góticos..."
De hecho he oído hablar de "arts gotorum" que yo interpreto "...de los godos...", pero decir gótico creo que no es correcto.

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Ermita de San Ambrosio. Barbate-Vejer


Un paseo por el pinar de la Breña, visitaremos el palomar y la Ermita San Ambrosio.

Gonzalo Díaz Arbolí
 

17.6.26

Eugenio Montale. Premio Nobel italiano (1975)

“La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro…Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: Ya lo llevaba dentro”. 
Octavio Paz 
 
Eugenio Montale (Italia, Génova 1896-Milán 1981) 
Poeta, periodista, crítico literario y musical. 
Aportó una visión absolutamente personal de la problemática y las inquietudes del hombre contemporáneo, partiendo de los hallazgos formales del simbolismo y del decadentismo, (El decadentismo fue un movimiento artístico y literario de finales del siglo XIX (nacido en Francia y extendido por Europa y América) que rechazaba los valores burgueses. Se caracterizó por el esteticismo (el arte por el arte), la fascinación por lo artificial, el pesimismo y un refinado individualismo a los que enriqueció con una voz inconfundible. Considerado con frecuencia uno de los fundadores del hermetismo italiano de entreguerras, la singularidad de su poética desborda no obstante los presupuestos teóricos de este movimiento.

Interrumpió los estudios secundarios para estudiar canto, y luego sirvió como oficial de infantería en la I Guerra Mundial. Cuando decidió dedicarse a la poesía ya era un intelectual de vasta cultura que alternaba el gusto por la lectura de los grandes novelistas del siglo XIX, con la pintura y la música. 
En 1939 sus manifestaciones antifascistas le valieron la suspensión por parte del gobierno como director del Gabinete Científico - literario Vieusseux. Florencia.1819´

Obtuvo el Premio Feltrinelli, el título de Doctor Honoris Causa por las Universidades de Milán, Roma, Cambridge y Basilea, el título de Senador vitalicio en 1966, Premio Nobel de Literatura en 1975.
"Huesos de sepia" en 1925, "Las ocasiones" en 1939, "El vendaval y otras cosas" en 1956, "La mariposa del café de la plaza" en 1956, "Treinta y dos variaciones" en 1973 y "Altri versi" en 1981, hacen parte de su valiosa obra.

Ya en la vejez, Eugenio Montale entregó todavía las crónicas de Cuaderno de cuatro años (1977), la sabiduría teórica de Sobre la poesía (1976), y fundamentalmente los memorables poemas de amor que integran las dos partes de Xenia (1964-1969) y el testamento de su estética y su concepción del mundo que significó Satura (1971).
 
En su primera colección de poemas, Huesos de sepia (1925), casi todos ambientados en los paisajes y escenarios en los que pasó su infancia, expuso ya los temas más característicos de su poética: un sentimiento de cansancio y de soledad, una angustiosa desconfianza en la vida y la conciencia de la inutilidad de cualquier lucha, que, sin embargo, no le empujaban a la autocompasión, a una actitud resignada o al abandono de la esperanza. A través de endecasílabos fragmentados, en un casi sinfónico empleo del verso libre, expresó el "mal de vivir": la irremediable derrota del hombre, que se halla prisionero en el mundo.

Elegimos el poema:


Forse un mattino andando in un'aria di vetro, 
arida, rivolgendomi vedró compirsi il miracolo: 
il nulla alle mie spalle, il vuoto dietro 
di me, con un terrore di ubriaco. 

Poi come s'uno schermo, s'accamperanno di gitto 
alberi case colli per l'inganno consueto. 
Ma sarà troppo tardi; ed io me n'andró zitto 
tra gli uomini che non si voltano, col mio segreto. 
Traducción:
Tal vez una mañana caminando en un aire de vidrio,

árido, volviéndome veré cumplirse el milagro;

La nada a mi espalda, el vacío detrás de mí

con un terror de borracho. 

Luego, como en una pantalla, se aparecieran de pronto

arboles, casas, lomas con el habitual engaño.

Pero será demasiado tarde y yo me habré ido callado 

entre los hombres que no se vuelven, con mi secreto.


El punto fundamental del poema es éste. La hipótesis puede enunciarse en términos simples y rigurosos: dada la bipartición del espacio que nos circunda en un campo visual delante de nuestros ojos y un campo invisible a nuestras espaldas, el primero se define como pantalla de engaños y el segundo como un vacío que es la verdadera sustancia del mundo. 

Dos velocidades distintas atraviesan el poema: la de la mente que intuye y la del mundo que transcurre. Entender es cuestión de ser veloces, de volverse de pronto para sorprender al  (esconderse detrás), es una vertiginosa voltereta sobre uno mismo y en ese vértigo está el conocimiento. El mundo empírico en cambio es la habitual sucesión de imágenes en la pantalla, engaño óptico como el cine, donde la velocidad de los fotogramas te convence de la continuidad y de la permanencia. 

Hay un tercer ritmo que triunfa sobre los dos y es el de la meditación, la marcha absorta y suspendida en el aire de la mañana, el silencio en el que se custodia el secreto arrebatado en el movimiento de la intuición.

Dedicato ai  miei amici: Giovanna e Franco
Perché leggere i classici.  Autore.  Italo Calvino.
Si dice classico, in definitiva, ogni libro che stimola un atteggiamento personale critico, che provoca discorsi critici ma che continuamente sappia liberarsene. Non sempre il classico ci insegna qualcosa, anzi, molte volte è una conferma di ciò che sapevamo.

Fuentes:
Perché leggere i classici. Italo Calvino
Wikipedia, 
Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografia de Eugenio Montale».

Gonzalo Díaz-Arbolí

Itinerario biográfico de Eugenio Montale

11.6.26

La soledad conectada del hidalgo moderno

  



Ayer tuve el honor de visitar la sede de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan para transmitir mi felicitación a su Junta Directiva. El motivo lo merecía: el grupo editorial Sial Pigmalión les ha concedido el Premio Escriduende 2026 al Mejor Proyecto Cultural por su labor en favor del reconocimiento del legado de don Quijote y Sancho Panza como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
Una distinción que no solo honra a los personajes inmortales de Cervantes, sino que sitúa a Alcázar de San Juan en el centro de la defensa de uno de los mayores patrimonios literarios universales.
Después de compartir ese momento, me senté en una terraza de la Plaza de España. Allí presencié una escena cotidiana que me llevó a reflexionar sobre la extraordinaria actualidad de los personajes cervantinos.

A una mesa cercana llegó un grupo de personas mayores. Lo natural habría sido escuchar conversaciones, bromas o recuerdos compartidos. Sin embargo, el primer gesto colectivo fue sacar los teléfonos móviles. Durante varios minutos apenas intercambiaron palabra alguna. Estaban juntos, pero ausentes; acompañados, pero aislados.
Aquella escena estaba lejos de ser excepcional. La observo con frecuencia en las aulas universitarias. A menudo propongo a mis alumnos un reto sencillo: apagar el teléfono durante quince minutos al finalizar la clase. La reacción suele repetirse. Algunos muestran inquietud, otros revisan compulsivamente sus bolsillos y muchos reconocen sentirse incómodos ante un silencio que apenas dura un cuarto de hora. Hemos llegado a considerar la conexión permanente como un estado natural y la pausa como una anomalía.
Hace cuatro siglos y veinte años, Cervantes imaginó a un hombre que, después de devorar novelas de caballerías, terminó confundiendo los relatos con la realidad. Hoy, cambiando los libros por las pantallas, habitamos una paradoja sorprendentemente parecida. Nos hemos convertido, en cierta medida, en los nuevos Quijotes de una era digital, rodeados de historias, imágenes y discursos moldeados por algoritmos que compiten por nuestra atención y que, en ocasiones, nos invitan a confundir la representación del mundo con el mundo mismo.


Conviene aclarar que el problema no son los dispositivos. La tecnología ha ampliado nuestras posibilidades de conocimiento, comunicación y acceso a la información de una forma que habría parecido impensable hace apenas unas décadas. Como toda herramienta poderosa, puede enriquecer nuestra vida o empobrecerla. Todo depende de quién conserve el control.

La distracción tampoco nació con internet. Los seres humanos siempre hemos buscado evasiones y refugios frente a la complejidad del mundo. Lo que diferencia nuestro tiempo es la capacidad de las tecnologías digitales para acompañarnos a todas horas, adaptarse a nuestros hábitos y reclamar nuestra atención de manera constante.

Alonso Quijano veía ejércitos donde había rebaños y castillos donde solo existían ventas porque su imaginación había sido colonizada por las aventuras que consumía. Nosotros tampoco estamos tan lejos de ese mecanismo. Habitamos una realidad filtrada por notificaciones, recomendaciones y contenidos diseñados para mantenernos conectados el mayor tiempo posible.

La diferencia es que el caballero manchego terminaba cerrando el libro y regresando al camino. Nosotros llevamos nuestros molinos de viento encendidos en el bolsillo las veinticuatro horas del día.

No escribo estas líneas desde ninguna superioridad moral. También me descubro demasiadas veces desbloqueando el teléfono sin una razón concreta o consultando una pantalla en momentos poco oportunos. Quizá por eso el problema resulta tan inquietante: nos afecta a una amplia mayoría.

La cuestión no es únicamente tecnológica. Es, sobre todo, humana. El verdadero riesgo aparece cuando dejamos que otros interpreten la realidad; cuando delegamos nuestro criterio en sistemas que nos seleccionan qué debemos leer, qué debemos consumir o incluso qué debemos pensar. Por eso desbloqueamos el teléfono sin saber exactamente qué buscamos. Por eso sentimos una extraña inquietud cuando no tenemos mensajes, o notificaciones.

Esta preocupación no pertenece únicamente al ámbito tecnológico. En su reciente encíclica Magnifica Humanitas, el papa León XIV advierte sobre el riesgo de delegar en la inteligencia artificial decisiones que corresponden a la conciencia y al juicio moral. No se trata de rechazar el progreso, sino de orientarlo hacia aquello que fortalece nuestra humanidad. La advertencia conecta, en el fondo, con la misma intuición cervantina: el peligro no reside en las herramientas que utilizamos, sino en renunciar al criterio necesario para gobernarlas.

Cervantes pone en boca de su protagonista una de las frases más célebres de la literatura: «Yo sé quién soy». La paradoja es extraordinaria. Don Quijote proclama su identidad precisamente cuando más alejado se encuentra de los hechos. También nosotros corremos ese riesgo cuando construimos nuestra autoestima sobre métricas, perfiles cuidadosamente diseñados y versiones editadas de nosotros mismos.

Frente a esa deriva, Cervantes nos ofrece un antídoto inesperado: Sancho Panza. Mientras su amo persigue gigantes imaginarios, Sancho permanece atento a la realidad concreta. Escucha. Observa. Percibe lo que ocurre a su alrededor. No necesita inventar mundos extraordinarios para encontrar sentido a la existencia. Su sabiduría nace de una virtud que hoy parece cada vez más escasa: la atención.

Quizá por eso la salida de este laberinto no vendrá de una nueva aplicación de bienestar digital. La respuesta es mucho más antigua y sencilla. Consiste en recuperar hábitos elementales: guardar el teléfono cuando alguien nos habla, sostener una conversación sin interrupciones, reconciliarnos con el silencio, aceptar momentos de aburrimiento, volver a leer un libro sin la tentación constante de saltar hacia la pantalla y volver a dedicar tiempo a aquello que exige presencia plena.

La tecnología ha llegado para quedarse y negar sus beneficios sería tan ingenuo como inútil. El desafío de nuestro tiempo no consiste en combatir las máquinas, sino en impedir que nuestra atención, nuestro criterio y nuestra capacidad de presencia se diluyan entre ellas. El gran peligro del futuro no es que las máquinas piensen, sino que nosotros renunciemos a hacerlo.

Tal vez, para orientarnos en esta época de algoritmos, necesitemos menos caballeros empeñados en perseguir fantasías y más Sanchos capaces de prestar atención a lo que tenemos delante. Quizá el verdadero acto de valentía consista en levantar la vista de la pantalla y volver a lo real.

Porque los gigantes que verdaderamente merecen nuestra atención no habitan en los algoritmos. Habitan en las personas que comparten con nosotros el camino. Quizá la lección más actual de Cervantes sea que necesitamos volver a ver a quienes caminan a nuestro lado.


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  Entrega PREMIOS ESCRIDUENDE 2026, del Grupo Editorial Sial Pigmalión, en la Casa de Vacas de Madrid
 ANTONIO LEAL JIMÉNEZ
Académico de Santa Cecilia
Publicado en el Semanal de la Mancha
10/JUN/26

8.6.26

MERECE LA PENA LEER LAS SENCILLAS PALABRAS Y TAN PROFUNDAS DEL PAPA



Hermanos, hermanas…
A ustedes les hablo, sobre todo a los que ya no creen, no esperan, no oran, porque piensan que Dios se fue.
A los que están hartos de los escándalos, del poder mal usado, del silencio de una Iglesia que a veces parece más palacio que casa.
Yo también me enojé con Dios.
Yo también vi morir gente buena, sufrir a los niños, llorar a los abuelos sin medicina.
Y sí… hubo días en los que recé y sentí solo eco. Pero luego descubrí algo:
Dios no grita. Dios susurra. Y a veces susurra desde el barro, desde el dolor, desde una abuela que te da de comer sin tener nada.
Yo no vengo a ofrecerles una fe perfecta. Vengo a decirles que la fe es una caminata con piedras, charcos y abrazos inesperados.
No te pido que creas en todo. Te pido que no cierres la puerta. Que le des una oportunidad al Dios que te espera sin juzgarte.
Soy solo un cura que vio a Dios en la sonrisa de una mujer que perdió a su hijo… y aún así cocinaba para los demás. Eso me cambió.
Así que si estás roto, si no crees, si estás cansado de las mentiras… ven igual. Con tu rabia, tu duda, tu mochila sucia. Aquí nadie va a pedirte tarjeta VIP. Porque esta Iglesia, mientras yo respire, será casa para los que no tienen casa, y descanso para los que están agotados. Dios no necesita soldados.
Necesita hermanos. Y tú, sí, tú… eres uno de ellos.
Robert Prevost (León XIV)

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El papa León XIV visita el Congreso de los Diputados y ofrece un discurso

Texto enviado por Julio y Ana de la Rúa.


Cualquiera que preste el oído a las palabras de León XIV, creyente o no, descubrirá que el Papa es un hombre que habla con palabras insólitas para nuestros días

3.6.26

La barbilla.Cuento de Antonio Rodríguez Zarallo

 


No hay pieza más curiosa de la cara que la barbilla. Por ella se puede definir claramente la personalidad y otros aspectos interesantes de la persona que examinamos. Muchas veces nos dejamos llevar por la impresión de una mirada, los pequeños o grandes ojos de diferente color, los labios finos o gruesos, e incluso por la forma de la nariz o de las formas de las olvidadas orejas. De todos estos elementos, o en su conjunto, sacamos nuestras propias conclusiones de una persona: Esa mirada es franca , limpia, serena. Este sujeto es de fiar. Ese no, porque tiene los labios finos, apretados y la nariz torcida hacia abajo. Aquella que tiene los labios carnosos debe ser muy sensual… Pero poco decimos de la barbilla de cada uno. Y sin embargo es la parte que puede darte una información más fidedigna de quien intentamos sacar rasgos de su forma de ser o actuar. 

La barbilla o mentón es el vértice del ángulo que forman las dos ramas mandibulares. Cuando este ángulo es agudo refleja un cara afilada, de persona dada a la reflexión, a la sensibilidad positiva o negativa e incluso a la avaricia si se acompaña de una nariz aguileña y un vértice prominente. Si éste es cuadrado, enseguida sale a la mente un tipo militar o un fuerte campesino, dado a actuaciones de esfuerzo y sacrificio con energía. Claro que un ángulo obtuso en una mujer no le favorece en su físico, independiente del mentón. Es decir, una cara ancha, debido a una apertura excesiva de las ramas mandibulares, hacen a una mujer poco atractiva, a pesar de los grandes o hermosos ojos que le acompañen. El mentón huidizo es el que se echa para atrás en la cara, más claro mirando el perfil, mientras que la punta de la nariz sobresale más de lo normal, quizás para compensar el peso de esa huida . Son personas retraídas, tímidas, sensibles, poco dadas a hablar, difíciles de sintonizar con ellas.



La barbilla también refleja un estado de ánimo. Un día, en la estación, esperando que llegara mi tren me encontré a un conocido. Le saludé y me dijo: “Me pareció verte por aquí el otro día paseando con la barbilla hundida”. Significaba claramente un estado de ánimo deprimido según su percepción. Pensé que era inútil manifestarle que hacía frío ese día y con mi postura protegía mi garganta, así que le pregunté por su resentida salud y terminamos pronto ese encuentro.

Otro día iba en el tren y subieron en una estación dos varones de edad media. Uno era grueso, calvo y de regular estatura. El otro llevaba gafas, era más alto, de cara afilada y abundante pelo. Parecían dos trabajadores de la misma empresa que suelen coger el tren a la misma hora para desplazarse al lugar de trabajo. Se sentaron justo al otro lado de mi asiento, separándonos el pasillo. Como no los había visto antes en mis múltiples desplazamientos despertaron mi letargo mañanero y mi curiosidad, por lo que inicie el proceso de observación mirándoles prudentemente de perfil. No había duda, me dije tras realizar mi análisis, la barbilla les delataba. Les examine detalladamente . En la cara de uno de ellos, la línea de la frente era recta y mientras que la de al lado estaba echada un poco hacia atrás . La nariz de uno era achatada mientras que la de al lado era mas afilada. Es decir, eran bastante diferentes en su aspecto y configuración. Sin embargo, tenían exactamente las mismas barbillas, pequeña y redonda, que se correspondían con una similar comisura de los labios. Saqué la conclusión tras varias revisiones coincidentes: Eran hermanos. No hablaron nada durante el trayecto , pero confirmaron mis conclusiones cuando se despidieron, antes de bajarse del tren . Se dieron un beso en cada mejilla y fijaron una fecha para verse nuevamente en casa de uno de ellos.

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ARZar



1.6.26

¿Por qué usamos dos apellidos en el mundo hispano? La verdadera historia detrás de una tradición única



En el mundo anglosajón la mayoría de las personas utilizan un solo apellido, mientras que en España y gran parte de América Latina llevamos dos.

Para muchos hispanohablantes esto es tan normal que rara vez nos preguntamos de dónde viene la costumbre. Y cuando surge la pregunta, suele aparecer una explicación muy popular en internet: que el sistema fue inventado por el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros en el siglo XVI para identificar mejor a las personas y evitar confusiones.
La historia, sin embargo, es bastante más interesante. Antes de los apellidos modernos.  En la Edad Media los apellidos no funcionaban como hoy. Las personas podían identificarse de distintas maneras: Por el nombre del padre: Fernández = hijo de Fernando, Gonzalo = hijo de González...
Por el lugar de procedencia. Por un oficio. Por una característica física o un apodo.

No era extraño que una misma persona apareciera identificada de formas diferentes a lo largo de su vida o que los apellidos cambiaran entre generaciones.
En una sociedad mucho menos burocrática, aquello no suponía un gran problema. Pero a medida que crecían las ciudades y se desarrollaban las instituciones, surgió la necesidad de identificar a las personas con mayor precisión.

El papel de la Iglesia y los registros parroquiales
La verdadera transformación llegó de manera gradual. Un momento clave fue el Concilio de Trento (1545-1563), cuando la Iglesia católica impulsó la creación y conservación sistemática de registros de bautismos, matrimonios y defunciones.
Estos registros exigían una identificación cada vez más precisa de las personas y sus familias. Con el tiempo, la costumbre de utilizar referencias tanto paternas como maternas fue consolidándose hasta convertirse en una práctica común.
No se trató de una decisión única ni de un decreto repentino, sino de un proceso histórico que se desarrolló durante siglos.

¿Por qué terminaron imponiéndose dos apellidos?
La fórmula que acabó predominando en España fue: Primer apellido del padre + primer apellido de la madre:
Este sistema ofrecía varias ventajas: Permitía identificar mejor a las personas.
Facilitaba la diferenciación entre familias con nombres similares.
Conservaba información genealógica de ambas ramas familiares.
Reducía confusiones en documentos legales y administrativos.

Con la expansión del Imperio español, esta práctica se trasladó también a gran parte de América, donde terminó formando parte de la identidad cultural de numerosos países.
¿Era un sistema adelantado a su tiempo? Desde una perspectiva actual, el doble apellido presenta una característica llamativa: la mujer conserva sus apellidos al casarse y parte de su identidad familiar se transmite a sus hijos.

Sin embargo, sería incorrecto afirmar que el sistema nació con una intención feminista. Durante la mayor parte de su historia, el apellido paterno ocupó el primer lugar y la organización familiar seguía siendo predominantemente patriarcal.
Aun así, el resultado práctico fue que la línea materna quedó mucho más visible y documentada que en otros modelos occidentales.

Cada vez que escribimos nuestros dos apellidos estamos conservando información sobre dos ramas familiares en lugar de una. Es una pequeña herencia histórica que facilita la genealogía, preserva mejor la memoria familiar y ofrece una visión más completa de nuestros orígenes.
En la actualidad, en España, se puede elegir, con preferencia, de primer apellido el materno.

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Historia de los dos apellidos de los Españoles ... y su origen medieval.

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Gonzalo Díaz Arbolí