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17.9.26

Llanto por la Tierra quemada

 

El ser humano es un misterio. A medida que avanzamos en conocimiento e investigación, retrocedemos en valores humanos y del cuidado del planeta donde habitamos. Seguimos ancestralmente destruyéndonos en guerras sin sentido, despreciando a unos semejantes por su raza o color, practicando incluso el genocidio y sin embargo, somos capaces de querer conquistar otro planeta.

Pensamos y deseamos vivir mas de cien años y para ello la investigación medica, desarrollada en los últimos cincuenta años mas que en toda la historia de la humanidad, la queremos utilizar en nuestro propio beneficio personal, no pensando en la igualdad social , en erradicar el hambre, en repartir nuestros bienes y conocimiento para vivir mas felizmente ayudándonos mutuamente. Dudamos que Dios exista por tanta maldad presente y permitida. Existen también, sin embargo, voces y personas humildes llenas de amor y dedicación desinteresada hacia los demás. Menos mal, esto compensa este desvarío, pero no lo suficiente en una sociedad individualista.

Por otra parte, y como reflejo de esta sociedad hedonista, miramos hacia otro lado cuando hablamos de incendios. Todo los días vemos este desastre ecológico en nuestro país sin tomar medidas drásticas. Este año han ardido hasta ahora en este verano 270,000 hectáreas de bosques y vegetación, siete veces más que el año pasado. Equivale a casi la mitad de la extensión de la provincia de Cadiz. Unos 6 millones de toneladas de CO2 han empeorado el efecto invernadero con las llamas.

14 muertos, 43 grandes incendios y perdidas de propiedades, animales y plantas que tardaran muchos años en regenerarse si se consigue. Miramos hacia otro lado.

Ni las comunidades, corporaciones locales, ni los partidos políticos se ponen de acuerdo en en un consenso nacional que nos afecta a todos. La prevención no existe ni se le espera.

Pero eso si. Un eclipse solar es un espectáculo único. No lo veremos mas mientras vivamos y moviliza a millones de personas, especialmente, esta vez, en España. No importa los precios de alojamiento. Los miles extranjeros se encargaran de subirlos escandalosamente. Y las gafas esas de papel extraño se agotan. Una riada de gente en los últimos días acudían a Ópticas y Farmacias sin conseguirlas ya. 

Espectacular, único, impactante, maravilloso....dicen, y solo duro unos minutos. Y el año que viene, más todavía, con más despilfarro. Mientras tanto arde este planeta por los cuatro costados, por todos sitios , en el llamado único planeta azul , que se vuelve ya gris ceniza. Además, la temperatura sigue subiendo ( 2,5º más el año próximo) haciendo estragos en el ecosistema, con mas de 5000 muertos en 2026 en España por efecto del calor. A pesar de ello, y de la abundante divulgación científica, no quieren entender algunos que existe un cambio climático desarrollado por el hombre .Como consecuencia de todo, falta de prevención, inversiones, cuidados forestales, efecto invernadero , etc.. los incendios aumentan y muchos de ellos propiciado incluso por la misma mano del hombre. Inaudito esta raza humana.

Muchos vieron el eclipse solar, pero ese mismo día, unas hora mas tarde e incluso al siguiente día una lluvia de meteoros, como lágrimas del cielo, cruzaron el firmamento, pero eso ya pocos lo vieron o siguieron. Ni siquiera esto que puede llamarse presagio, afecta a la gente que buscan el placer del momento sin descanso.


Antonio Rguez. Zarallo


28.6.26

Sancho frente a la IA

 

No voy a participar en el concurso que la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan ha anunciado bajo el título ¿Y si Sancho Panza cabalgase sobre Rucio en el siglo XXI? No por falta de ganas, sino porque como socio tengo la puerta cerrada. Y porque, siendo sincero, este Sancho Panza ya no lo gobierna ni el mismísimo Don Quijote, que se ha vuelto más terco que una mula coja.
Desde que empecé a escribir el libro Sancho y sus refranes, el tipo se ha instalado en mi casa. A veces deja a Rucio atado junto a la puerta, como si hubiera venido para un rato. Pero el borrico sigue ahí y él también. Como quien viene a dormir una noche y acaba cambiando la cerradura. Se sienta a mi mesa, mira la pantalla del ordenador y frunce el ceño. No dice nada al principio. Eso es lo peor.
El otro día, mientras intentaba redactar un párrafo sobre el rumbo que está tomando esto de escribir, Sancho entró sin pedir permiso. Se apoyó detrás de mí lo suficiente para que el aire oliera a cuadra vieja, a ajo y a vino peleón. Me dio un golpecito seco en el hombro, lo bastante para recordarme que mi cuerpo todavía resiste.
—A ver, sabiondo —soltó—. ¿Eso que escribes lo has vivido tú o lo has buscado en algún sitio?
—A veces, Sancho, utilizo alguna de las herramientas que nos proporcionan las nuevas tecnologías —dije, con pocas ganas—. Me ayuda a ordenar ideas.
Sancho miró la pantalla como si fuera un bicho raro dentro de una pecera de cristal y masculló:
—Las ideas no se ordenan solas. Se amontonan. Luego, si tienes suerte, tropiezas con una que, a lo mejor, te sirve para lo que estás haciendo.
Me callé. Tenía razón. Me acordé de la vez que le pedí a una inteligencia artificial que describiera la belleza de mi pueblo. El resultado fue un texto tan redondo y apañado que le faltaba esa miaja de torpeza que da salero a las palabras. Sancho lo leyó por encima mientras masticaba un trozo de queso.
—Está bien —dijo al final. Pero enseguida añadió—. Pero no huele, ni hace sentir nada. Y lo que no tiene alma está muerto.
Escupió al suelo y zanjó el asunto.

Otra tarde intenté leerle un texto que yo consideraba profundo sobre los peligros desmesurados del abuso de la tecnología. Estaba lleno de frases bien rematadas y citas que se sostenían unas a otras. Sancho escuchó sentado, rascándose la barba. Cuando terminé, se quedó mirando por la ventana.
—Hablan mucho esos papeles —dijo al fin—. Como si el mundo fuera un poner de acuerdo.
—¿Y qué es, entonces?
Encogido de hombros respondió:
—Un sitio donde hay que levantarse temprano, aunque no te apetezca. Y donde, si no compartes el pan, alguien se queda sin cenar. Porque aquí lo importante no es lo que se dice, sino lo que se pone encima de la mesa cuando llega la hora. Lo demás son palabras para no pringarse.
Le había hablado también de la dependencia, de cómo caminamos encorvados sobre aparatos móviles, olvidando mirar al cielo. Sancho se rascó la barba una vez más y, sin mirarme, sentenció:

—El problema no es el cacharro, señor, sino que la gente ya no sabe quedarse con su propio pensamiento.

Y volvió a su silencio, dejándome atrapado en la misma ansiedad que pretendía criticar.
Después se levantó, fue a la cocina y regresó con una navaja vieja que empezó a limpiar en la pernera de su camisa, con un gesto malhumorado. Me irritó más que cualquier argumento. Desde entonces, cada vez que abro el ordenador, lo noto detrás. A veces no habla, solo respira. Pero basta con eso para que las palabras empiecen a desconfiar de sí mismas.
Hoy solo he conseguido escribir dos líneas y las he borrado. Nuestro escudero se ha sentado junto a la ventana, observando cómo entra la luz, como si fuera una cosa mucho más importante que todas mis frases juntas. Yo sigo aquí, frente a la pantalla, con ese cursor parpadeando que no deja de exigirme palabras. Pienso que escribir no ayuda a construir. Lo importante es decidir qué es lo que todavía merece la pena ser contado antes de que pueda perderse.
Y él, sin girarse, como si hablara con la pared, ha soltado:
—Escribe si quieres. Pero no pienses que la máquina te va a sacar del atolladero. Del barro solo se sale con barro.
No ha añadido nada más. Y, por primera vez, la pantalla ha dejado de parecerme un tribunal. Quizá no escriba la frase perfecta, ni la que mejor posicione en un buscador, pero al menos, cuando el cacharro se apague no seré un monigote que ha olvidado cómo se camina por la tierra firme.
Porque una historia, por muchas vueltas que den las máquinas, solo la puede escribir quien tiene corazón y ha pasado fatigas.
Afuera, el día empezaba a caer.

Antonio Leal Jiménez. Publicado en el Semanal de la Mancha 27-6-2026

 


12.2.26

Por San Valentín, los almendros en flor.


    Hay algo muy humano en comparar la floración del almendro con la plenitud de una mujer. El almendro florece incluso antes de que llegue la primavera, desafiando el frío. Es símbolo de renovación, fuerza y belleza que no depende de la juventud estricta, sino del momento vital.


El refrán "Por San Valentín, los almendros floridos" indica que a mediados de febrero, coincidiendo con el 14 de febrero, la floración del almendro anuncian la primavera, simbolizando el despertar de la primavera y el amor, siendo el primer árbol frutal en florecer, es un símbolo de amor, amistad y el despertar de la vida.
La aparición de las flores depende en gran medida del clima durante las primeras semanas del año. Cuando el invierno es suave y predominan las masas de aire templado, los almendros adelantan su floración, de modo que en algunos años ya pueden observarse árboles en flor a mediados de enero.

Por el contrario, si el mes de enero registra temperaturas bajas y se producen episodios prolongados de aire frío, el desarrollo de las yemas se ralentiza. En estos casos, la floración se retrasa y puede tener lugar a finales de febrero o incluso bien entrado el mes de marzo.

En las últimas décadas, el estudio de la floración de los almendros ha adquirido un interés especial, ya que los cambios en el calendario de floración pueden estar relacionados con el cambio climático. El aumento progresivo de las temperaturas medias provoca que los inviernos sean cada vez más suaves, lo que favorece floraciones más tempranas.

Por ello, la observación de estos árboles no solo tiene un valor paisajístico o cultural, sino también científico, ya que permite analizar cómo las variaciones climáticas afectan a los ciclos naturales de las plantas.


    El 14 de febrero no es un día más en el calendario, es el día elegido por los enamorados para manifestar, compartir y expresar su mutuo Amor. Desde los Antiguos Griegos, rindiendo culto al dios Eros y los Romanos al dios del amor Cupido, el 14 de febrero es la fecha elegida para celebrar el Amor.El día de San Valentín fue elegido por los Cristianos para celebrar tal propósito. El sacerdote Valentín rompió con las reglas establecidas de su época y fue un firme defensor del Amor.
    En torno al año 270 después de Cristo, en la Antigua Roma, se prohibió el matrimonio en jóvenes parejas, al tener la creencia que los soldados se concentraban más en la batalla cuando estaban solteros.
    El sacerdote Valentín decidió romper esta regla y, en defensa del amor, celebraba matrimonios en secreto. Hasta que un día el oficial Asterius, por orden del emperador, encarceló al sacerdote.
    Pusieron a Valentín a prueba para avergonzarle. El oficial le retó a curar a su hija Julia de ceguera y el sacerdote, en nombre de Dios, le curó y le devolvió la vista. Ante este milagro Asterius se convirtió al cristianismo junto a toda su familia, pero el Emperador Claudio ordenó el martirio y ejecución de Valentín, el 14 de febrero del 270 d.c. 
    La joven Julia, para agradecer al Santo la curación, plantó un Almendro con flores rosadas junto a su tumba. Desde entonces el Almendro es símbolo de Amor y Amistad duraderos.

La mitología griega inspiró el concepto del amor eterno


El rapto de Psique, por William-Adolphe Bouguereau, 1895

El mito de Eros y Psique, conocido sobre todo por la versión del escritor romano Apuleyo en su obra El asno de oro, narra la historia de una joven princesa cuya extraordinaria belleza provoca tanto admiración como desgracia.

Psique era la hija menor de un rey y destacaba por su hermosura incomparable. La gente comenzó a venerarla como si fuera una encarnación de Afrodita, lo que despertó los celos de la diosa. Ofendida, Afrodita ordenó a su hijo Eros que lanzara una flecha para que Psique se enamorara del hombre más vil y horrible. Sin embargo, al verla, Eros se enamoró de ella y desobedeció el mandato de su madre.

Mientras tanto, aunque muchos admiraban su belleza, nadie se atrevía a pedir la mano de Psique, por lo que sus padres consultaron a un oráculo. Este anunció que la joven debía ser abandonada en lo alto de una montaña para casarse con un ser monstruoso. Resignada, Psique aceptó su destino. Pero en vez de encontrar un monstruo, fue llevada por el viento a un palacio maravilloso donde un esposo invisible la visitaba cada noche. Él le pidió que nunca intentara ver su rostro.

Psique vivía feliz, aunque sola durante el día. Cuando visitó a su familia, sus hermanas, movidas por la envidia, sembraron dudas en su corazón. Convencida de que su marido podía ser un monstruo, decidió mirarlo mientras dormía. Descubrió entonces que era el propio dios Eros, hermoso y radiante. Sin embargo, una gota de aceite de su lámpara cayó sobre él y lo despertó. Sintiendo traicionada su confianza, Eros huyó.

Arrepentida y desesperada, Psique inició una larga búsqueda para recuperarlo. Finalmente acudió al templo de Afrodita, quien la sometió a duras y casi imposibles pruebas: separar una enorme cantidad de semillas mezcladas, obtener lana dorada de carneros salvajes, recoger agua de un peligroso río y descender al inframundo para pedir un cofre a Perséfone. Con ayuda divina y de la naturaleza, logró superar cada desafío.

Sin embargo, al regresar del inframundo, la curiosidad volvió a vencerla y abrió el cofre, cayendo en un sueño profundo. Eros, que aún la amaba, acudió en su ayuda, la despertó y pidió a Zeus que la hiciera inmortal. Zeus accedió y Psique se convirtió en diosa, pudiendo así unirse eternamente a Eros.

El mito simboliza la unión entre el amor y el alma, así como el proceso de crecimiento, sufrimiento y superación necesarios para alcanzar un amor verdadero y duradero.

El rapto de Proserpina, escultura de Gian Lorenzo Bernini

Gonzalo Díaz Arbolí