7.2.26

Y vuelve a llover

Autor del cuadro: John Constable

El efecto que produce la lluvia cuando cansina e impertinentemente no cesa… y es como si el día no fuese a avanzar nunca, porque esta lluvia, con su sordo machaqueo, lo enmarca todo en un bajo y continuo gris que no se acaba. Cada vez el día es más gris y es más lluvia… y este peso, -fascinantemente rítmico- por leve que sea, agacha y acobarda y, como quien no quiere la cosa, está acabando por agotarme. 

Cielo a corderos, agua a calderos.

Predicción meteorológica popular española que indica que cuando el cielo presenta nubes blancas, pequeñas y esponjosas —altocúmulos, llamados “corderos” o “borregos”—, es señal casi segura de que lloverá intensamente, en gran cantidad, a calderos.

Estos recuerdos surgen al pasear por las calles de mi pueblo —siempre seductoras— bajo una lluvia ligera: un precioso reencuentro con sensaciones tan familiares, acompañadas de una dulce melancolía y de recuerdos juveniles. Todo ello se sitúa a caballo entre la felicidad y el dolor y, al abrir el paraguas, ese instante, resulta alucinante.

Al contemplar a algunas jóvenes paseando, con sus risas, aparece la luminosidad; la oscuridad se vuelve entonces más liviana. Me invade una sensación que quisiera describir y no puedo: me exige un esfuerzo inmenso, como si las palabras llegaran siempre un instante tarde.
Lo sorprendente es que la llevo incrustada en la mente desde hace muchos años, quizá desde la infancia; sus orígenes son dudosos y no logro comprenderlos. Esa sensación regresa, la vivo de nuevo, y se mezcla con recuerdos sin lugar ni tiempo, que no sé de dónde vienen. Y, sin embargo, en el fondo siento una impresión serena, hondamente agradable.

Aún llueve fuera, un poco más fuerte. Pequeños riachuelos plateados serpentean por la acera. Mis piernas vuelven a chapotear en los espejos de agua del suelo. Y en unos segundos acuden a mi memoria romanos y árabes, que contemplaron y respiraron, como yo ahora, esta misma sensación, serena y placentera en días iguales. 

Hacer clic sobre la imagen para visualizar el vídeo,
y escuchen el sonido de la lluvia, es un remanso de paz
como escribe uno de nuestros lectores.
Realización del vídeo con fotografías tomadas de internet



Las marismas que rodean el Guadalete antes de su desembocadura, en El Puerto de Santa María, estas marismas están funcionando como gigantescas esponjas de agua que absorben toda la energía torrencial de agua y, cuando baje la marea, se vaciarán perfectamente, reduciendo el impacto y permitiendo que en la Ciudad de El Puerto de Santa María, las calles, los comercios, las casas de los vecinos no se inunden.


Arcos de la Frontera
Huerta de la Plata. Arcos de la Frontera

Jerez de la Frontera

Benalup

7 comentarios:

Luis Garrido dijo...

Precioso, eres nuestro remanso de paz en estos tiempos tan convulsos para todos y para la Academia.

Anónimo dijo...

Precioso

Anónimo dijo...

Como todo lo que envías impresionante

Julio R. dijo...

Prosa poética !!. Y enlaza los "sentimientos" humanos, con la "conciencia" personal de los recuerdos y la "naturaleza".

Eduardo Sánchez González dijo...


Precioso relato y muy emotivo , a mi como Vejeriego me ha encantado, sin conocer el lugar , sólo de verlo en la lejanía, a Luis que como dice el dicho, se ha criado ahí, lo sentirá de una forma muy especial. 👍👍👍👍😊

Luis Manzorro Benitez dijo...

¡Qué bonitos recuerdos! Siempre he imaginado que Tláloc, el dios azteca de la lluvia —que de eso sabía más que nadie—, cuando ordenaba a las nubes que soltaran su cargamento de agua desde lo alto, lo hacía pensando en los campos, en los bosques, en los arroyos, en los ríos, en los animales… y también para recordarnos a los humanos, con menos méritos y más responsabilidad, lo vulnerables que somos. Como si quisiera que meditáramos y comprendiéramos que, si un día Tláloc olvidara dar aquella orden, todo se apagaría.
Aún guardo con emoción aquellas noches de lluvia intensa en que, acurrucado bajo la manta, escuchaba el sonido del chaparrón golpeando el techo de paja del cortijo. Y, sobre todo, recuerdo las mañanas siguientes, cuando el sol asomaba tímido y yo salía con mi perra a contemplar las crecidas de los arroyos, fascinados ambos por la fuerza renovadora del agua.
Gracias, Gonzalo.

Gonzalo Díaz Arbolí dijo...

Luis amigo mío: De lluvias y sequía los Manzorro y Patría sabéis mucho. Te recuerdo lo que escribiste, no ha mucho y tu primo Manolo lo igualó en el poema: "La Sequía".
La última vez que visité la fuente de Patría —esa que tantas veces vi rebosar de agua cristalina— la encontré casi vacía. Entre las piedras del fondo apenas quedaban unos dedos de agua mezclada con lodo, que se aferraba a ellas como si quisiera resistirse al olvido.
Pero anoche, mientras dormía a más de mil kilómetros de distancia, volví a verla. No sé cómo ni por qué, pero allí estaba, llena hasta el rebosadero. Me senté en su brocal y sentí cómo el frescor de su agua maravillosa acariciaba mis piernas. Abajo, en la cañada, una fiesta de trinos envolvía el aire: jilgueros, petirrojos, currucas, mirlos y zorzales celebraban algo que no podía ver, pero sí sentir.
Con los pies mojados y aferrándome a las ramas de acebuches y lentiscos, descendí hacia el cauce del arroyo. Caminé por él entre piedras, pequeñas lagunas, flores silvestres y la suave corriente que me guiaba, como si recordara que de niño fui parte de él…
LA SEQUÍA
Pero Dios mismo, equivocado
creyó que había llovido en la campiña,
era el olvido pertinaz de cada año;
táviro y amarillento empujaba el trigo.
Se tiró las manos a la cabeza
el campesino, y lloró a chaparrones;
se fue más arriba por si acaso,
y se sentó en la piedra.
Se le hundieron las ganas de mirarse.
Le vino a flor, las ganas de morirse.
Esperó el invierno, y el hambre lo llamó,
a uñas abiertas se tiró al campo,
buscando el espárrago y la liebre.
No sé, siguió llorando
y un día de niebla, se perdió en el monte.

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