7.2.26

Ochocientos años: Santa María, ¡qué hermosa eres!

 

Seguro que al leer el titular alguno ha pensado: 'A este se le ha ido el santo al cielo' o que se me cae la baba con mi pueblo y me he puesto tierno de más. Y qué quieren que les diga, puede que algo de eso haya; uno no puede evitar que el corazón tire para casa.

Pero cuando digo que Santa María es hermosa, no es por decir una tontá. No lo digo solo por nuestra piedra roja, que al sol de una tarde de verano se pone como un ascua —parece que fuera a prenderle fuego al barrio entero—, ni por el torreón que nos guarda las espaldas desde hace una pechá de años, vigilándonos con el celo de un sereno eterno.

Es que esto es nuestro, y como lo nuestro, ¡no hay ná! Por eso les invito a echar un rato conmigo, para que vean que estas cosas, más que contarlas, hay que sentirlas.
Digo que es hermosa porque sus paredes custodian el inventario de nuestros secretos, el eco de los rezos y el pulso mismo de la vida de Alcázar. Es hermosa porque nos ha visto gatear y nos despide en el último viaje; nos ha consolado en las malas y nos ha servido de plaza en las buenas. Así que, de vecino a vecino, no vengo a soltarles un sermón ni a aburrirles con legajos de archivo, sino a contarles por qué esta casa nuestra, después de ocho siglos, sigue conservando intacta su belleza. Esto es lo que me sale del alma…


A veces cruzamos el umbral con el paso acelerado sin reparar en que esos muros han aguantado carros y carretas para que hoy estemos tan anchos nosotros aquí. Me contaba mi abuelo que, en los días de aire fuerte —de esos que solo tenemos en la Mancha, que te vuelan hasta las ideas—, parecía que el Torreón del Gran Prior nos vigilaba con más brío, como diciendo: "No os apuréis; si yo no me muevo con este vendaval, vuestras penas tampoco os van a tumbar".
Por eso, no quería escribir letras que sonaran a hueco, sino rendir homenaje a la fe de la gente llana: a nuestros mayores, que se dejaron el lomo en el campo, en el sector ferroviario o donde hiciera falta, y a los zagales y zagalas que ya asoman la cabeza con toda la ilusión del mundo.
Santa María no se explica sin sus bautizos, bodas y sus silencios finales; pero, sobre todo, no se entiende sin el cariño de cada uno de ustedes. Vaya desde aquí un brindis por quienes han mantenido esta lumbre encendida para que no se nos apagara el alma.


Ochocientos años se dicen pronto, pero ¡madre mía de mi vida!, ¡anda que no ha llovido y pedrisqueado desde entonces! La parroquia llega a este aniversario redondo porque ha sabido ser, a la vez, cepa vieja y sarmiento nuevo. Y es que, para que algo dure una eternidad, debe saber mudar la piel sin perder el norte.
Aquí lo que de verdad sujeta los muros no es solo la cal y la arena —que, como nosotros, alcazareños, se hacen más fuertes cuanta más intemperie aguantan—, sino ese querer de buena cepa, firme como el tronco de una encina. Santa María es nuestro sitio para todo. Al empujar la puerta de cuarterones, te recibe ese aroma a incienso que es como el perfume de la memoria; un olor que te serena el pulso y te susurra que, por fin, has dejado las prisas en la calle.
Las velas encendidas te guían como estrellas humildes hasta el banco. Al verlas parpadear, te das cuenta de que aquí la soledad no tiene sitio; cada llama es el suspiro de un vecino y una invitación a soltar la carga, a bajar las pulsaciones y a entender que, en esta penumbra bendita, hasta la pena más negra encuentra su rincón de luz. En ese momento, parece que el reloj del Ayuntamiento deja de dar los cuartos, que el jaleo del conjunto palacial se queda al otro lado y que, por fin, uno puede respirar hondo.
La presencia de Dios en este lugar se siente de verdad; no es una estatua lejana, es un abrazo que te reconforta por dentro. Recuerdo lo que nos dijo el párroco al despedir a nuestro amigo Antonio: “Mientras el mundo corre de un lado para otro, nosotros tenemos aquí nuestro refugio. El dolor de perder de un ser querido solo se alivia con la esperanza de la resurrección que nos prometió Jesús; y con esa fe nuestra, tan de aquí, que nos hace creer que un día nos volveremos a juntar todos allá arriba, porque la vida siempre le acaba ganando la partida a la muerte”.
Ese milagro de encontrarnos en familia no cae del cielo solo, sino que se amasa día a día. Ahí es donde reluce la labor de nuestros sacerdotes, con don Javier a la cabeza, que se ha ganado a pulso ser ese pastor que todos conocemos. Al Padre no hace falta pedirle cita; te lo encuentras por la calle, se para, te pone la mano en el hombro y con un “¿Cómo va eso, vecino?” ya sientes que te ha escuchado el alma entera. Está siempre al quite, demostrando con esa cercanía tan suya que, para ser guía de una parroquia, primero hay que ser uno más de nosotros.
Da gloria ver la buena armonía que reina entre las cofradías, la catequesis y cada uno de los grupos parroquiales; ese sentir de una comunidad que rema unida y a una, con el empeño de que todo aquel que asome por la puerta se sienta entre los suyos desde el mismo segundo en que pone el pie dentro. Es, en definitiva, la casa donde no hay forasteros, porque se acoge al que llega con el corazón abierto y la mano tendida.
Es el orgullo de saber que aquí duerme la partida de bautismo de Miguel de Cervantes, un tesoro que se custodia con el cariño de un pueblo. Pero es, por encima de todo, la devoción a nuestra Virgen del Rosario; ella es la que siempre está ahí para dar el empujón cuando la vida viene de nalgas. Y qué decir de nuestro Cristo Yacente… hay que verlo en su penumbra. Parece que en su descanso te busca con una ternura que te traspasa; no necesita mover los labios para que lo sientas hablándote directo al corazón.
¿Cómo estará el templo dentro de otros ochocientos años? Pues miren, si hoy le echamos coraje y juntamos la sabiduría de los viejos con las ganas de los que vienen, el futuro de Santa María va a ser un asombro de luz. Lo que seguirá firme en el año 2826 será ese vínculo inquebrantable, porque lo nuestro es una fe de piedra roja que no se rinde ni a tiros.
Ochocientos años no son nada cuando es la fe de un pueblo la que sostiene los muros; es el cariño de los vecinos el que mantiene la puerta abierta de par en par para que cada persona sienta que ha llegado, por fin, a su propia casa.
Santa María, lo dicho: ¡qué hermosa eres!

En Alcázar de San Juan, la Iglesia de Santa María la Mayor es mucho más que un templo: es el corazón histórico y espiritual de la ciudad. Construida sobre un antiguo templo romano, transformada en mezquita durante la época árabe y reconvertida en iglesia tras la Reconquista, guarda vestigios de todas las culturas que pasaron por Castilla-La Mancha. Destaca el impresionante Camarín de la Virgen del Rosario, joya barroca que maravilla a todos los visitantes.  Declarada Bien de Interés Cultural y próxima a celebrar su octavo centenario, Santa María la Mayor es una parada imprescindible para conocer la historia viva de Castilla-La Mancha.

Antonio Leal Jiménez
Académico de Santa Cecilia

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