También estaban las castañas, que Ángel recuerda vendiéndose en la calle, con el género extendido para que los vecinos pudieran comprarlo al peso.
El otoño llegaba así a Vejer con sus sabores más reconocibles, antes de que la celebración de Todos los Santos diera paso al recuerdo de los difuntos. Dos jornadas estrechamente ligadas, que en aquellos años se vivían casi como una continuidad natural: primero la fiesta, después la memoria. “Para nosotros era muy normal ver aquello”, recuerda Ángel cuando habla de las mujeres que acudían al cementerio para blanquear y preparar las tumbas de sus familiares. Las lápidas se limpiaban, las paredes se encalaban y los pequeños espacios familiares se preparaban para recibir las flores.
La costumbre no era exclusiva Pero si algo sorprende al escuchar a Ángel es que no mira aquellos años desde una nostalgia que lo embellezca todo. Cuando se le pregunta por las costumbres que se han perdido, su respuesta es rotunda: “Si se han perdido, bien perdidas van”. Detrás de la estampa de los frutos compartidos y las castañas en la calle había otra realidad. “Lo otro era la nostalgia del hambre, de la escasez, de las penurias”, recuerda.
A sus 87 años, tiene claro que prefiere el presente: “Como se vive ahora de bien, nunca se ha vivido jamás”. Su testimonio introduce un matiz necesario en cualquier aproximación a la memoria de las tradiciones. El pasado no constituye necesariamente un modelo al que regresar. Las costumbres también estaban condicionadas por las circunstancias materiales de cada época, por las necesidades y por una forma de vida que hoy resulta difícil reproducir. Recordarlas permite comprender de dónde venimos, pero no obliga a idealizar aquello que fue.



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