2.1.26

Relato breve de las vivencias de José Luis Meléndez en su refugio de Olivenza

 

Desde nuestro refugio oliventino, asentado en la ladera de la Sierra de Alor, en el antiguo enclave de Santo Domingo de Guzmán se asienta un valle antiguo y mágico hasta Táliga, —un corredor natural suavemente encajado entre lomas— conocido desde siempre por su microclima benigno y su fertilidad, donde los vientos son suaves y la tierra responde al hombre con generosidadEl paisaje se despliega como un palimpsesto de siglos, hoy silenciosas. Fueron escenario de una historia densa y fronteriza, marcada por la fe, la guerra y los tratados y se caracteriza por su valor estratégico.  No es casual que, tras la conquista cristiana de Badajoz en 1230 por Alfonso IX de León, este territorio entrara en los procesos de reorganización y repoblación que definieron la frontera occidental peninsular. Desde entonces fue tierra de guarda y paso, frontera viva entre reinos y señoríos.


Durante los siglos XIII y comienzos del XIV, el valle formó parte de los dominios de la Orden del Temple, fundada en 1119 y suprimida en 1312 por el papa Clemente V. Los templarios administraron estas tierras como espacio de defensa, tránsito y explotación agraria, dejando una huella profunda en la ordenación del territorio, los caminos y los límites jurisdiccionales. Tras la disolución del Temple, muchas de sus posesiones pasaron, en el ámbito portugués, a la recién creada Orden de Cristo en 1319.


El destino del valle quedó definitivamente ligado a Portugal tras el Tratado de Alcañices de 1297, que fijó de manera estable la frontera entre los reinos de Castilla y Portugal. Olivenza, Táliga y su entorno permanecieron bajo soberanía portuguesa durante más de cinco siglos, hasta 1801, cuando el Tratado de Badajoz, en el contexto de la llamada Guerra de las Naranjas, alteró de nuevo el equilibrio fronterizo. Ya  no fue raya fija, sino tierra de trato, de guerra y de alianzas mudables. Más quedó en el valle la memoria de lo pasado, que no se borra con escritura ni con decreto.


Aún hoy, en la quietud del paisaje, persiste el recuerdo de aquel tiempo largo: una frontera que no fue línea, sino territorio vivido; un valle donde la historia no se impuso de golpe, sino que se sedimentó lentamente en la piedra, en los caminos y en la luz cambiante de la Sierra de Alor.


Idea e imágenes de José Luis Meléndez
Desde su refugio Oliventino


1 comentario:

Anónimo dijo...

Preciosa tierra e importante historia. Un sitio inmejorable para vivir. Se respira paz…

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