Profesores con algunos alumnos en la Calle Santo Domingo de El Puerto de Santa María
Cuando entré en la Academia de bellas Artes Santa Cecilia, tendría unos ocho o nueve años. La Academia estaba entonces en la calle Santo Domingo. Nosotros vivíamos muy cerca, justo en la casa donde nació Rafael Alberti convertida hoy en Museo. Era entonces una casa de vecinos; nosotras ocupábamos el principal, con grandes ventanales que daban al patio.
Aquí comienza mi historia
Lo primero que aprendíamos era solfeo, lo que hoy llaman lenguaje musical. No todos iban para música: también se daban clases de dibujo y algunas disciplinas más, pero los que escogíamos el camino musical empezábamos leyendo notas y compases. Las clases de solfeo nos las daba Doña Carmen Utrera. El piano lo impartía Doña Virginia, y su hijo, Ramón Zarco, fue quien me dio clases de violín.
Cuando Doña Virginia murió, quisieron que mi hermana —dos años mayor que yo— se hiciera cargo de las clases de piano. Ella ya estaba estudiando el superior en Sevilla. También recibió clases de Rosario, la hermana de Virginia, pero no tenía el nivel que mi hermana necesitaba en aquellos últimos años de formación. Por eso empezó a ir a Cádiz, donde le daba clases una profesora del conservatorio. Ya en los años setenta dejó la academia y se marchó a vivir a Almería, donde trabajó en el conservatorio hasta jubilarse con setenta años.
El problema fue que, cuando ella se marchó, en la academia no quedó nadie que pudiera dar clases de piano. Ramón Zarco sabía algo y fue quien se hizo cargo durante un tiempo. Pedro Salvatierra aún no había terminado, así que mi hermana iba a su casa para recibir clases.
Mercedes Valimaña (La Macaria), -una de las integrantes de trio Lalala- sí tenía la carrera completa, pero se fue a Madrid a estudiar canto. La recuerdo con especial cariño: cantaba en el coro de mi padre, donde mis dos hermanas y yo también cantábamos.
Nunca olvidaré la misa de la patrona. Cantábamos en latín, y a mí aquello me fascinaba. Mercedes interpretaba el Ave María como si cantaran los propios ángeles. En esa misa, las voces femeninas se colocaban siempre a la derecha de mi padre; las masculinas, a la izquierda. El órgano estaba delante de él. A veces venían violinistas de Jerez que, junto con Ramón Zarco, tocaban frente al órgano. Mi padre, para dar el tono, se levantaba del banco, batuta en mano, y dirigía al mismo tiempo el coro y la música. Ensayábamos durante meses, no solo misas en latín, también zarzuelas y muchas canciones regionales.
Mi hermano pequeño entró en la academia con siete años. Por entonces, quien daba clases de solfeo y piano elemental era Ramón Zarco; corrían los años sesenta. Mi hermano dice que se jubilaría ya en los setenta. Más adelante, en los años ochenta, Miguel Leveque dio clases de solfeo, sustituyendo a Doña Carmen Utrera. Era la mujer de Don Antonio Torres, presidente de la academia. Don Miguel Leveque también sustituyó a mi padre al frente de la banda de música en 1982.
Contar esto me entristece, quién me iba a decir que moriría con ochenta y un años, no por enfermedad, sino por una caída por las escaleras de su casa. Se golpeó en la bóveda del cráneo y estuvo ingresado en el hospital de Cádiz. No recuerdo cuánto tiempo. Yo vivía entonces en Córdoba y, cuando iba al Puerto a verlo, siempre estaba sentado en un sillón, junto a una ventana. No hablaba. Solo nos miraba. A veces me pregunto si en esa mirada me reconocía como su hija.
Francisco Dueñas, director de la Banda de Música de El Puerto
y Socio de Honor de la Academia de Bellas Artes
Mi padre fue una persona muy querida en el Puerto, por su sencillez, su humildad y la lealtad absoluta que tenía a todo lo que hacía. Dejó una huella profunda.
Quien guarda más historias suyas es mi hermano Juan Carlos. Desde muy pequeño se lo llevaba a la banda y fue él quien le enseñó a tocar el clarinete. Siempre que había un acontecimiento en el que debía estar la banda, allí estaba mi hermano, a su lado. Creció entre ensayos, conciertos y silencios compartidos, aprendiendo no solo música, sino una forma de estar en el mundo.
La Academia de Bellas Artes de Santa Cecilia en la actualidad, Calle Pagador núm. 1
Mari Carmen Dueñas
15 enero 2026
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