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Composición futurista generada por Gemini (Google), 2026
En 2051, Alcázar de San Juan no ha sustituido sus molinos por máquinas, sino que ha enseñado a las máquinas a soñar. Aquí, el futuro es la noble locura de seguir cabalgando entre la tradición y la vanguardia.
Apenas llevamos unos días de este 2026 y, seamos sinceros, algunos de nosotros todavía tienen el sabor de las uvas en la boca y el alboroto de los Reyes Magos en la cabeza. Estamos en esa fase de "este año sí": que si perder peso, que si leer más, que si dedicarle tiempo a la familia... Lo de siempre. Pero ¿y si levantamos un poco la vista mirando al horizonte? ¿por qué conformarnos con mirar solo lo que tenemos cerca? A veces nos obsesionamos tanto con comenzar el próximo lunes que, se nos olvida que es importante levantar la vista y soñar un poco con lo que está por venir.
No lo digo por dármelas de profeta, ni mucho menos. Lo digo porque creo firmemente que las ciudades que sobreviven son las que se atreven a soñar lo que quieren ser antes de serlo. Me imagino ese 2051 en Alcázar de San Juan, donde el progreso no nos ha borrado la memoria y donde ese punto quijotesco nos sigue sirviendo de escudo contra la frialdad del algoritmo.
Si en el Corazón de La Mancha visualizamos el Hospital Universitario Mancha Centro dentro de 25 años, veremos que ya no es ese edificio frío de antes. Ahora sus fachadas respiran, reciclan agua y aprovechan el sol manchego con vidrio fotovoltaico. Por dentro, parece más un jardín que una clínica. Allí, en la Unidad de Oftalmología —que sigue siendo la envidia del mundo—, ya no se espera por una córnea; se bioimprime en horas. Es increíble pensar en cirujanos supervisando nanorobots que hacen "soldaduras" moleculares en la retina, pero siempre bajo el ojo y la empatía de un médico humano. Porque aquí, la máquina obedece, pero el que cuida es el profesional. Al final, lo que vamos a ver es que el médico te cuida desde el hospital, pero tú estás en tu sofá, porque los sensores se encargan de avisar si algo va mal. El Hospital, seguirá siendo el cerebro de todo, pero el cariño y el cuidado estarán en cada casa. Se trata de que la robótica nos eche una mano con lo más difícil, pero que sea nuestro médico de siempre, el que nos conoce de toda la vida, el que siga tomando las decisiones importantes
En el futuro, Alcázar de San Juan, va a ser el nodo logístico por excelencia. Ese Puerto Seco movido por hidrógeno verde nos va a poner a un suspiro de cualquier capital, convirtiendo nuestra ciudad en el sitio ideal para vivir con conexiones a cualquier lugar, pero manteniendo la calidad de vida. Y lo más bonito: nuestros molinos. Esos gigantes, ahora son los que nos dan la energía. A sus pies, la agricultura de precisión cuida nuestros viñedos para que el cambio climático no nos robe el sabor de nuestro vino.
Lo que más me emociona es pensar en cómo vamos a cuidar lo nuestro. ¡Qué ganas de ver ese Cine Crisfel abierto otra vez, aunque sea para ver arte digital! El verdadero tesoro estará en las aulas. Me imagino a los chavales debatiendo con hologramas del mismísimo Quijote. "Oye, ¿te parece justo que una máquina decida por ti?", le preguntarán al hidalgo.
Para el 2051, los museos de Alcázar habrán saltado de sus vitrinas para mezclarse con nuestras calles. Imagina caminar por el Torreón y que, al rozar su piedra rojiza, el muro te susurre las leyendas de los Caballeros Hospitalarios, o que, al pasar por las vías, veas la silueta de luz de una antigua locomotora de vapor invitándote a subir.
No será solo ver historia, será respirarla: entrar en la Casa del Hidalgo y que huela a leña y azafrán mientras compartes mesa con alguien del siglo XVI, o pasear por la calle Santo Domingo y ver, como un fantasma de luz, la vida de hace dos mil años. Incluso el Bosque de la Vida dejará de ser solo árboles para contarnos la historia de cada familia. Al final, se trata de que nuestra tecnología sea tan humana que nos permita tocar el pasado mientras caminamos hacia el futuro
En un futuro lleno de voces robóticas y neutras, nuestra forma de hablar será nuestro mayor orgullo. Ese 'ea', el 'asín' o nuestro eterno 'no te digo ná y te digo tó' dejarán de ser solo muletillas para ser el símbolo de una identidad que se resiste a morir.
Imagina a la Sociedad Cervantina conectando al mundo desde su sede en el barrio de Santa María: socios de cualquier rincón del planeta sentados a la misma mesa, como si estuvieran allí de cuerpo presente, para charlar sobre Cervantes. Gracias a la tecnología, que han incorporado, podremos cruzar el umbral de la Parroquia de Santa María y sentir que estamos allí mismo el día del bautismo de Miguel. O mejor aún: caminar por Alcázar de San Juan y ver cómo las escenas del Quijote cobran vida sobre las paredes de nuestras casas, como si el libro se estuviera escribiendo de nuevo, con hilos de luz, en nuestras propias fachadas
Los medios de comunicación alcazareños dejarán de ser algo que solo lees/oyes/ves, para convertirse en algo que vives. Imagina ir por la calle y que la información se adapte a ti: si eres del barrio de Santa María, sabrás al momento qué pasa en tu iglesia o qué obra están haciendo en tu calle. Pero lo mejor es que no serás un simple espectador; todos podremos participar y contar lo que vemos en tiempo real. Y aunque la tecnología sepa lo que te gusta, siempre habrá un hueco para las noticias que nos importan a todos, para que nunca perdamos ese sentimiento de comunidad que nos une como moñigones.
Comprar en el comercio local será una pasada tecnológica, pero los bares seguirán siendo nuestro refugio de "tecnología invisible". La IA podrá clavarte el punto de la tapa y del menú, pero la noticia de que "fulanito ha doblado la servilleta" seguirá pesando más que cualquier base de datos de un millón de terabytes. Podremos brindar por holograma con alguien que esté en Australia, sí, pero el calor del roce y el vino de la tierra no los sustituye ninguna fibra óptica.
Incluso nuestras fiestas vivirán una nueva era. Veremos un Carnavalcázar donde el color vuela con drones y los disfraces parecen de otro mundo, o unos Moros y Cristianos con batallas que casi se pueden tocar gracias a la tecnología. Durante los días de Feria y Fiestas, vivimos ese momento en el que, después de mucha fiesta, te paras a mirar el cielo estrellado y sientes que, por mucha tecnología que haya, ser alcazareño es algo que se lleva en la sangre, no en los circuitos.
Pero hay cosas que el futuro no cambiará: el silencio del Altozano en el 'Encuentro' entre Jesús Nazareno y la Virgen de los Dolores, o la emoción a flor de piel cuando salen el Santo Entierro y la Soledad. Son momentos donde el tiempo se detiene y las generaciones se dan la mano. Porque, aunque nuestras bandas musicales mezclen tradición con sonidos nuevos, en Alcázar de San Juan tenemos algo muy claro: lo que importa son las personas, no las máquinas.
“Mil no se equivocan" será la prueba definitiva en el Pabellón Vicente Paniagua, cuyo techo tendrá una cúpula climática que recreará el ambiente exacto de una bodega subterránea y las mesas serán superficies táctiles de madera inteligente. El placer de compartir una copa de vino con tus vecinos es algo que ninguna máquina podrá sentir jamás.
Las jornadas de Vino y Bautismo Qervantino van a ser una pasada. Imagínate estar catando un vino de aquí mientras un holograma de Cervantes te explica a qué sabe, conectándonos a la vez con gente de medio mundo para brindar. Vamos a ver recreaciones de nuestra historia en 3D en mitad de la calle, pero con una copa de vino en la mano cuya calidad se ha cuidado al milímetro gracias a la tecnología.
Ser ‘cervantino’ en 2051 será, por encima de todo, defender la verdad. En un mundo lleno de noticias falsas —esos nuevos gigantes que intentan nublar nuestro juicio—, nuestra red social más fiable seguirá siendo la palabra dada frente a una caña en el bar. Da igual que hayamos cambiado el caballo por un coche automático o la lanza por un teclado; en el fondo, los alcazareños seguiremos buscando lo mismo que Don Quijote: justicia, libertad y una buena mesa que compartir con los nuestros.
El gran reto de estos años no será mirar atrás con pena, sino cuidar lo que somos mientras avanzamos. Por eso, soñamos con un Ayuntamiento donde quien gobierne sepa moverse por el mundo digital con la misma nobleza con la que el Hidalgo cabalgaba por el campo. Alguien que use la tecnología, pero que tenga siempre la dignidad de su pueblo como única brújula.
Quizá los gigantes del mañana sean algoritmos y los escuderos robots, pero mientras haya gente en esta Mancha dispuesta a proteger la buena vecindad, Alcázar no solo tendrá futuro: será el espejo donde todos querrán mirarse
Nota del autor: Para entonces, quien escribe estas líneas descansará en un cementerio convertido en espacio ecológico, bajo la sombra de un árbol nutrido por energía solar. Mi rastro será un código QR y una memoria digital, pero la mirada de quienes me sobrevivan será la encargada de validar esta aventura imaginada en invierno del año 2026.
Antonio Leal Jiménez
Artículo publicado en el
Semanal de la Mancha
10-ene-2026
1 comentario:
Me ha gustado mucho el artículo de Antonio Leal.
Es completísimo, escrito con sencillez para que el lector lo entienda y con gran conocimiento del Transhumanismo y del Tecnohumanismo que se nos ha venido encima.
Esa evolución es imparable tal y como sucedió con la Revolución Industrial y personalmente no puedo evitar tenerle miedo. Por eso quizás el artículo me ha gustado sobremanera, al sentir que una persona tan preparada y culta como el autor, ve el futuro con más optimismo que yo.
Muchas gracias Antonio y Gonzalo
Nota: Un implante corneal bioimpreso en 3D, ya ha sido implantado por 1ª vez a un humano, a primeros de diciembre 2025, en Israel.
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