Escalones - Hermann Hesse
Así como toda flor se enmustia y toda juventud cede a la edad,
así también florecen sucesivos los peldaños de la vida;
a su tiempo surge toda sabiduría, toda virtud,
mas no les es dado durar eternamente.
Es menester que el corazón, en cada llamado,
esté pronto al adiós y a comenzar de nuevo,
esté dispuesto a darse, animado y sin pudores,
a nuevos y distintos desafíos.
En el fondo de cada comienzo hay un hechizo
que nos protege y nos ayuda a vivir.
Debemos ir serenos y alegres por la Tierra,
atravesar espacio tras espacio
sin aferrarnos a ninguno, cual si fuera una patria;
el espíritu universal no quiere encadenarnos:
quiere que nos elevemos, que nos ensanchemos
escalón tras escalón. Apenas hemos ganado intimidad
en un morada y en un ambiente, ya todo empieza a languidecer:
sólo quien está pronto a partir y peregrinar
podrá eludir la parálisis que causa la costumbre.
Aun la hora de la muerte acaso nos coloque
frente a nuevos espacios que debamos andar:
las llamadas de la vida no acabarán jamás para nosotros...
¡Ea, pues, corazón, arriba! ¡Despídete, estás curado!
La perfección es anhelo –como dice Hermann Hesse– bajo el ondear de las banderas de los optimistas, el superlativismo de la voluntad estival. Y, sin embargo, aunque más viejos, antes de entrar en el invierno “todavía aguardamos la maduración de las uvas, la caída de las castañas, y aún esperamos gozar de la próxima luna llena”. Vivencias de lo inefable y pleno que una puesta de sol dona a la retina, como “se llena de Bach un oído” o se colma de caricia el tacto. Releo el sereno Elogio de la vejez, y me satisface constatar que: “Sólo al envejecer se ve la rareza de lo bello y el singular milagro que se da realmente cuando entre las fábricas y los cañones brotan las flores, y entre los periódicos y los boletines de bolsa todavía siguen alentado las poesías”. Contemplo ese milagro de estar vivo, sin encadenamiento al miedo de ayer ni a la superstición mañana.
Qué texto tan hondo y respirable. Se lee despacio, como quien deja que el día caiga sin prisa.
Hay algo muy hermoso en cómo enlazas ese anhelo de perfección —tan hessiano, tan juvenil en el fondo— con la paciencia de la espera madura: no la impaciencia del optimista de bandera alta, sino la confianza serena en que todavía habrá uvas, castañas, luna llena. Ese “todavía” es el verdadero latido del pasaje.
Me gusta especialmente la cadena de los sentidos: la puesta de sol que colma la retina, el oído lleno de Bach, el tacto vuelto caricia. Ahí la plenitud no es grandilocuente; es corporal, concreta, casi doméstica. La vejez que elogias no es renuncia, sino afinación: ver mejor la rareza de lo bello, distinguir el milagro pequeño en medio del ruido industrial y financiero.
Y el cierre es muy limpio: vivir sin el grillete del miedo heredado ni la superstición por venir. No nostalgia, no profecía: presencia. Como si dijeras que la verdadera libertad del tiempo no está en vencerlo, sino en habitarlo sin temblor.
Si quisieras, este texto podría dialogar muy bien con un tono ensayístico más marcado… o, al contrario, destilarse aún más hacia lo poético. Tal como está, deja una sensación clara: no de consuelo, sino de lucidez tranquila.
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