3.9.20

UN BUEN VECINO. Accésit a Mejor Novela Corta en el XXIX Certamen Calamonte Joven.



El reloj marcaba las 20:00. Calculé que para aquel entonces el avión ya habría despegado. El frío gélido se colaba por las ranuras de la ventana y la lluvia golpeaba la luna de mi coche con un ritmo monótono y adormecedor. Afuera una neblina grisácea dificultaba la vista. Para colmo, no podía dejar de llorar. Poco me importaron las miradas de los curiosos que fijaron sus ojos en mí momentos antes, pero ahora sin espectadores mis lágrimas habían incluso cobrado fuerza. Era totalmente ajena al barullo de los vehículos intentando recoger a sus familiares que corrían precipitadamente para refugiarse de la lluvia. El cabello revuelto y húmedo me caía por los hombros y aunque tenía los ojos vidriosos puestos en la carretera, mi cabeza estaba en otro lugar. En China, concretamente.

Cuando aceptó el desafío no me sorprendió. Orlando y yo somos novios desde hace cuatro años y medio, pero sabía que esto sucedería tarde o temprano. Tenemos formas diferentes de ver la vida. Eso es un hecho. Él, en cuanto lleva mucho tiempo en una ciudad empieza a sentirse incómodo, acomodado. Su ilusión es recorrer el mundo ampliando su gama de sabores para el día de mañana poder trasladarlos a su propia cocina. Así que dirigir un restaurante español durante un año en la otra esquina del mundo fue, sin lugar a dudas, su gran oportunidad. A mí, sin embargo, me gusta asentarme y crear historias desde la mesa del porche de mi jardín. Soy escritora y la inestabilidad altera mi inspiración, con lo que la opción de seguirlo fue descartada de inmediato. 

Minutos antes, durante la despedida, era él quien lloraba desconsoladamente mientras yo me hacía la fuerte. Incluso mi “yo comprensivo” fue capaz de soltar en un tono muy convincente: “tienes que irte, no puedes rechazar una oportunidad así”. Ahora me parecía que esas palabras habían salido solas de mi boca, pues miento si no digo que deseé con todas mis fuerzas ver a un Orlando resquebrajado, corriendo de vuelta a mis brazos al grito de “Laura, no puedo irme sin ti”. Cuánto daño nos ha hecho Hollywood. Evidentemente, no ocurrió así. Contoneó su mano como señal de despedida desde el control del aeropuerto, esbozó una sonrisa temblorosa, a punto de romperse de nuevo y lo perdí de vista. 

Ahora me encontraba conduciendo de vuelta a casa, mirando de reojo el asiento del copiloto vacío y deseando que nadie me preguntase adónde se había ido porque, como era de esperar, no sabía ni pronunciar su ciudad de destino. Hangzhou, cerca de Shanghái o lo que es lo mismo unos 4.500 kilómetros de distancia y siete horas más que en Madrid. Una prueba de fuego para nuestra relación. 

Lo mejor es que voy a conocer China. Dentro de un mes iré a visitarlo y eso alivia la espera. Al menos, eso leí en una revista que alardeaba de conocer “las claves para mantener la chispa”. Según ésta: cuadrar las agendas era vital para la relación. A priori cosa complicada por la diferencia horaria, pero acordamos dedicarnos diez minutos al teléfono todos los días. Exactamente, el mismo tiempo que me lleva caminar desde casa hasta el supermercado más cercano. Luego, están las notas de voz y las fotos que el otro vería cuando le fuese posible y durante el fin de semana, planeamos ver pelis a la vez usando Skype o darle besos a la cámara. Deduje que sería patético vernos desde fuera, pero algo dentro de mí se calmó al dejarlo todo tan atado. Entre las otras claves que animaba a poner en práctica la revista estaban: confiar en el otro, hacer planes a largo plazo y ser detallista. Supongo que enviar una canción al mes se podría considerar un detalle. 
Lo siguiente mejor que esta situación me proporcionaba era descubrir si realmente Orlando era el hombre de mi vida, aquel con el que quiero pasar el resto de mis días. Asusta un poco con solo decirlo. A menudo, cavilo en cuánto tengo que echarlo de menos para poder responder esta pregunta en mi cabeza. Y lo realmente importante que me brinda la ausencia de mi chico es si sabré ingeniármelas sin él. A decir verdad, nunca he vivido sola. Con mis padres, con una amiga en la universidad o con él, pero nunca sola. 

Dejé todos mis pensamientos a un lado, aparqué el coche en mi plaza y entré en casa dispuesta a prepararme un buen baño de agua caliente y sales para aliviar mis deditos ateridos de frío. Una vez estaba envuelta en mi albornoz aterciopelado fucsia pulsé el botón de desbloqueo de mi móvil. Ni una notificación. Nada. Sin noticias de Orlando. Seguía volando. Obviamente, seguía volando. Se dirigía a China, no a Barcelona. Desilusionada como una niña pequeña, me acerqué a la ventana. No había sido consciente de lo larga que se me haría su ausencia hasta ese preciso momento. Miré a través de las cortinas. Farolas pintadas de un verde botella arrojaban un tímido halo de luz a la calle. Todas las casas de los alrededores yacían apagadas, dormidas. Todas, excepto una. La de Víctor Quirán, mi vecino de en frente. Casi al instante, su portón se abrió y salió de casa acompañado de su perro, un gran danés llamado Clio. El animal se acercó a los arriates del jardín olfateando efusivamente todo lo que encontraba a su paso. Víctor se pasó la mano por su barba de cinco días y acto seguido se encendió un cigarrillo. Era un cuarentón soltero que ya vivía en el barrio cuando nos mudamos. Nos ayudó con la mudanza, nos prestaba su máquina cortacésped y en sus repentinos viajes por trabajo, pasábamos por su casa a alimentar a Clio. Fabricaba sus propias estanterías de madera de sauce en un cuartucho de su jardín y viajaba, esporádicamente, a mostrarlas a grandes empresas para su venta. Un hombre robusto y de aspecto campechano, de esos que tienen las mejillas sonrojadas como si les hubiera dado mucho el sol, de los que te caen bien de inmediato. 

De pronto, desvió la mirada hacia la fachada de mi casa y reparó en mí. Di un respingo de forma instintiva. Él me dedicó lo que me pareció que era el esbozo tímido de una sonrisa y alzó su mano en modo de saludo. Hice lo mismo y corrí la cortina. “Estúpida, te ha pillado mirando como una quinceañera”. Me deshice del albornoz y me vestí con un pijama ovejero que Orlando me había regalado por mi cumpleaños. Algo así, como lo opuesto al morbo sexual en todos los sentidos. De repente, el timbre de mi casa interrumpió mi ritual de cremas faciales de antes de irme a dormir. Me quedé quieta. 

¿Qué hora era? ¿La 1:00 de la mañana? ¿Quién llamaba a esas horas? Volví a asomarme por la ventana de mi dormitorio, pero desde ahí no podía divisar bien el porche. Tampoco vi a Víctor ni a Clio. Seguramente serían ellos, aunque la hora me seguía pareciendo fuera de lugar. Bajé los escalones de dos en dos, miré por la mirilla y comprobé como, efectivamente, Víctor daba la última calada a su cigarro. Abrí. 
- Me pareció verte por la ventana – dijo, con una amplia sonrisa. Clio apoyó sus patas delanteras en mis rodillas contoneando su rabo. Acaricié su cabecita. - ¿Se ha ido ya Orlando? 
- Sí, de hecho vengo del aeropuerto – contesté haciendo una mueca con la boca. 
- No te preocupes, mujer. Hoy en día con las nuevas tecnologías será como si lo tuvieras en el sofá de casa. – Me limité a responder con una risita nerviosa. – Pensaba acercarme mañana a comentártelo, pero al ver que estabas despierta… Me ha surgido un trabajillo y tengo que estar fuera una noche… 

- Claro, no hay problema – lo interrumpí – Clio y yo somos muy buenos amigos – “Y me llena continuamente de babas”, añadió una vocecita en mi interior. 

- Perfecto, muchas gracias. Te dejo la llave donde siempre y pasas a verlo. – Asentí con la cabeza en señal de aprobación – Y si necesitas algo no dudes en llamarme. 
- Muchas gracias, Víctor. Buenas noches. 
- Buenas noches, Laura. Y perdona por la hora. “Un buen vecino”, pensé. 

A la mañana siguiente, sin noticias aún de Orlando, me senté en mi butaca de mimbre favorita frente a un gran tazón de café y el boceto de lo que debía ser a finales de año mi nueva novela. Al menos, según la editorial porque según yo solo eran palabrejas sueltas sin ningún valor. Ésta vez el plazo de entrega me estaba apretando demasiado. Oculté mi cara entre las manos y solté un profundo suspiro, pero nadie vino a darme una palmadita. Ahora era una chica independiente y vivía sola. Y así sería por un buen tiempo. 

Necesitaba un respiro, así que crucé la calle en dirección a la casa de mi vecino. Levanté el felpudo, recogí una pequeña llave de latón que introduje en la cerradura y la puerta cedió. Un Clio desesperado se abalanzó sobre mí. Movía el rabo a tal velocidad que creí que se levantaría dos palmos del suelo volando. Solté una risita complaciente acariciándole el lomo y miré a mi alrededor. La casa de Víctor Quirán parecía un hotel rural. Las paredes forradas de estanterías impregnaban el lugar de un olor a madera inconfundible. Sin mucho rodeo, me acerqué al mueble de debajo del fregadero y encontré el saco de pienso del perro. Éste seguía mis pasos eufórico. Eché agua y comida en sus cuencos, pero lejos de calmarlo solo conseguí que se pusiera aún más nervioso. Entonces, trajo entre sus dientes una vieja pelota de tenis y la dejó ante mis pies. 
- ¿Quieres jugar? – inquirí en un tono divertido. 
Cogí la pelota y la lancé con todas mis fuerzas. Al momento, vi el desastre ante mis ojos. Un jarrón de cañas de bambú hecho añicos y toda su agua invadiendo la alfombra del salón. Un par de libros esparcidos y una caja volcada que desperdigó todo lo que contenía en su interior. El último estante de la estantería principal completamente vacío me devolvía la mirada. “Bravo, Laura”. Entonces, algo húmedo me tocó los nudillos. Era Clio. Traía de vuelta la pelota y mi corazón en un puño. 

Reaccioné de inmediato. Lo primero era salvar los libros y todo lo que había salido disparado de la caja, antes de que el agua del jarrón se lo tragara todo. Una vez, la bibliografía de J.R.R. Tolkien y el libro de recetas estuvieron a salvo, empecé a recoger el resto de papeles. Los fui secando con mi pantalón y dejando en la mesa. Entonces, me detuve unos segundos y mis ojos se abrieron como platos. Comencé a barajar lo que me parecieron planos del jardín de aquella misma casa. Y fotos, infinidad de fotos y de recortes de revistas. Mujeres con la cara cubierta con una bolsa y vestidas de cuero negro. Yacían tumbadas en una postura fetal con las manos amarradas por detrás de la espalda. Me quedé paralizada mirando como a una le caía por el labio un hilillo de sangre hasta que el sonido de mi móvil casi hizo que me diera un infarto. 
- ¿Sí? 
- Laura, cariño, ¿cómo estás? No he podido llamarte antes. Hasta ahora no he llegado al hotel – contestó un Orlando dulce, cariñoso y a miles de kilómetros de mí. 

Decidí no contarle nada. Supuse que descubrir el porno pervertido y retorcido del vecino no era el mejor indicador de tener todo bajo control tras su marcha. Una vez colgué, recogí y coloqué en su sitio todo lo que había volado y me quedé unos segundos sentada en el sofá con algo entre mis manos. Era un mapa del jardín de Víctor Quirán. Un mapa que esbozaba algo que nunca antes había visto. Un sótano debajo del viejo cobertizo en el que Víctor fabricaba sus estanterías. Quizá era solo un dibujo, pero fuera lo que fuese no podía marcharme sin echar un vistazo. 

Sabía donde guardaba la llave. Había entrado un par de veces en su garaje para coger prestado el cortacésped y conocía la existencia de un cuelga llaves junto a la puerta. No fue difícil adivinar de cual se trataba. Era una llave enorme y desgastada. Salí al exterior, dejando al perro dentro de casa. Aunque estaba anocheciendo las nubes no se habían retirado y aprecié que pequeñas gotas de una tímida llovizna comenzaron a perlarme la frente. Crucé los brazos para darme calor y me dirigí apresuradamente al cobertizo, a unos diez metros de la casa, en una esquina de la parcela. Era un cuartucho de madera bastante deteriorado. El cerrojo se abrió sin problemas. Eché un vistazo a mi alrededor y, sin mucho miramiento, entré. 

Los ladridos de Clio apenas se oían desde allí. Encendí una bombilla que colgaba del techo e hice un reconocimiento visual del lugar. Como en el resto de la casa, el olor a madera de sauce inundó mis pulmones. Y algo nuevo: barniz. Tanto es así, que tosí inconscientemente. Me encontraba en un mini taller repleto de serrín. Las paredes estaban cubiertas de herramientas y en el centro una gran mesa de madera y un viejo sofá color miel. Al momento, me sentí una estúpida. Por supuesto, era un taller. Solté una risita nerviosa, de alivio, y me dejé caer en el viejo sofá. Un gran crujido me hizo ponerme en alerta. Alcé mis pies y volví a dejarlos caer en el suelo. Y allí estaba: el mismo crujido otra vez. Con el ceño fruncido me puse de rodillas y acerqué mi oreja a la alfombra que cubría las tablas de madera. Guiada por una repentina corazonada, agarré de un extremo la alfombra y tiré de ella, destapando lo que ocultaba. Una trampilla. 

Sentí que los vellos de mi cuerpo se erizaban. Una extraña sensación de inquietud me recorría las venas. Tiré de la anilla y tras una oleada de polvo se alzó. Cubrí mis ojos con el antebrazo para protegerme de las pelusas que se habían levantado y luego, eché un vistazo a su interior. Oscuridad. Suerte, que llevaba el móvil encima. Activé la linterna y contemplé una escalera vertical de hierro, bastante oxidada, que bajaba unos tres metros. Tuve el instinto de cerrar aquella trampilla y marcharme sin volver la vista atrás. Orlando diría que estaba siendo una histérica, que ya estaba de nuevo creyéndome Lara Croft, pero él no estaba. Estábamos el cobertizo y yo. Y aquella trampilla a la que, por supuesto, pensaba bajar. 

Al poner mi bota en la primera barra supe que la decisión ya estaba tomada. Fui descendiendo sigilosamente y con cuidado. Sentía la adrenalina en mi cuerpo y las palpitaciones de mi corazón bajo mi jersey de lana. Al posar los dos pies en tierra firme arrojé un poco de luz con la linterna de mi móvil. Era un pequeño sótano con las mismas dimensiones que el cuartucho de arriba que lo ocultaba, solo que éste no era de madera ni mucho menos. Me encontré rodeada de paredes y suelo de cemento sin ni siquiera pintar. A un lado una endeble cama con sábanas que algún día fueron blancas, pero que ahora lucían un tono amarillento, quizá fruto del tabaco o del tiempo, un váter sacado de una película de terror y una placa ducha mugrienta. Nadie en su sano juicio podía ducharse allí. No sin antes ponerse la inyección del tétano. El olor era insoportable. Tuve que cubrirme con la manga del jersey. Sentía un cosquilleo constante en mi estómago. Y entonces la vi. Una foto pegada en la pared frontal. Me acerqué para analizarla de cerca. Mostraba el rostro de una chica bastante demacrada y escuálida, de unos treinta y tantos. Tenía en la boca una mordaza de cuero y ojos febriles perdidos. Presentaba arañazos en las mejillas entumecidas por el frío y un aspecto inhumano. Y de pronto, sentí miedo. El más puro miedo experimentado en mis entrañas. No era una foto como las del salón. Ésta no había sido recortada de ninguna revista depravada. Ésta era real. Entonces, me percaté de que tenía algo escrito en una esquina y leí entre dientes: “Catalina Sigler, la esclava de Víctor”. El corazón me dio un vuelco. No me hizo falta volver a releer aquellas palabras. Ipso facto, subí las escaleras de vuelta al cobertizo, devolví la llave al garaje y regresé a mi casa como si mis piernas anduvieran solas. Al entrar, cerré la puerta y eché la llave. No estaba segura de qué había encontrado ni tampoco de si quería seguir husmeando, pero una cosa estaba clara: ya no me sentía segura en mi propia casa. 

Pasé la noche en vela y a las 7:00 de la mañana me levanté porque era inútil seguir dando vueltas en la cama. Abrí la conversación de Whatsapp de Orlando y escribí: “Buenos días, cariño.” Aunque al instante recordé que allí habría amanecido ya hacía varias horas. “Ponte en contacto conmigo en cuanto puedas. Tengo que contarte algo, es urgente.” Volví a bloquear el móvil y sin tan siquiera desayunar me acerqué a mi portátil. Orlando estaría liadísimo yendo y viniendo a reuniones importantísimas y comiendo sushi y grillos fritos. Tenía que buscarme la vida yo misma e Internet me ayudaría. 

Abrí el buscador y tecleé aquel nombre: “Catalina Sigler” y luego, sin saber muy bien porqué escribí “desaparecida”. Al momento, aparecieron un millón de resultados. Bajé el cursor al tercero de ellos, un artículo de la hemeroteca de un periódico local que rezaba: “La desaparición de Catalina Sigler deja a todo Madrid compungido”. ¿Cuándo había sido aquello? No recordaba el caso. “Diciembre de 2015”, leí en la parte superior del escrito. Hacía cuatro años. Aún no me había mudado allí para entonces. Arrugué mi frente y, absorta en la lectura, deslicé el cursor por la página. De pronto, la foto de una mujer rubia de sonrisa despampanante me hizo detenerme. ¿Era la misma que había visto en la fotografía del sótano? Era difícil saberlo, pues su aspecto jovial y alegre difería mucho del estado deplorable que lucía en la foto del cuartucho. ¿Había sido aquella chica “la esclava de Víctor”? ¿O es que mi vecino era un degenerado sin escrúpulos y se puede ser “esclava” voluntariamente? ¿Acaso tenía algo que ver con su desaparición? 

El rugir de un motor afuera llamó mi atención. Me apresuré a acercarme a la ventana del salón y pude ver como el susodicho aparcaba su camioneta en su plaza. Luego, sacó una enorme caja de cartón alargada de la parte trasera y con la ayuda de un carrito la llevó al cobertizo. Al parecer, no había tenido suerte y traía la estantería de vuelta. “No ha conseguido venderla, eso es todo”, me repetí en mi cabeza. “Te estás dejando contagiar por esta locura, es una estantería, por dios. ¿Qué otra cosa puede ser?”. Por alguna razón, me quedé mirando a través del cristal. Al cabo, de unos minutos, salió del cuartucho y entró en casa. Exhalé un suspiro y comencé a deambular por el salón. 
¿Dónde diablos estaba Orlando cuando se le necesitaba? Ah, sí, en China. 
Entonces, sonó el timbre. Creí que moriría de un micro infarto. Dando dos grandes zancadas llegué ante la puerta y miré por la mirilla. Era él, mi vecino. Respiré hondo como si fuera a zambullirme un par de minutos bajo el agua y abrí la puerta. 
- Oh, has llegado temprano. ¿Qué tal el viaje, Víctor? – titubeé, intentando aparentar normalidad. 
- Todo un éxito – contestó, fingiendo educado interés en la conversación - ¿Todo bien con Clio? ¿Te ha dado algún problema? 
- Para nada, todo bien – contesté con una media sonrisa. 
- Puedes decirme la verdad, ¿lo sabes? – Entonces el silencio se dilató. Seguramente fueron dos segundos, pero a mí me pareció una eternidad. Víctor alzó las cejas. “Lo sabe, ¡maldita sea, lo sabe! Sabe que he metido mis narices donde no debo”. Unas nauseas intensas se adueñaron de mi estómago. 
- Víctor, yo... – logré balbucear. 
- El perro ha roto algo – me interrumpió. – He visto restos de cristal en la alfombra del salón. – Negó con la cabeza. – No te preocupes, se pone nervioso cuando no estoy. – Me puso la mano en el hombro y lo acarició levemente. – Supongo que todos nos ponemos algo tensos cuando quien queremos no está, ¿verdad? 

No supe qué contestar. Me quedé muda. Entonces, dio media vuelta y se marchó por donde había venido. Me costó volver en mí y procesar toda la información. Aquel juego de palabras no había sido al azar. Sospechaba de mí como yo de él. Y entonces lo supe: Víctor Quirán escondía algo. Lo observé hasta que se perdió tras las paredes de su casa y volví a cerrar con llave. 

- No sé cuantas horas estuve vigilando la casa desde la ventana de mi dormitorio. Tal vez, estuviera actuando como una lunática, pero mi intuición me decía que algo realmente malo sucedía bajo tierra en la parcela de mi vecino. A decir verdad, o Catalina Sigler practicaba el sado antes de su desaparición o mi vecino era un depravado delincuente. Eso conducía a otras dos opciones: yo estaba en peligro o estaba de manicomio. Una de dos. Y Orlando sin dar señales. Entonces, Víctor salió de casa, montó en su camioneta y lo perdí de vista. Unos segundos me bastaron para tomar una decisión. Era el momento. Cogí mi móvil y activé el micrófono en la conversación de Orlando. Tras grabar una nota de voz, corrí hacía la caja de herramientas y me hice con un martillo. Me pareció mejor que la llave inglesa en caso de necesitar defenderme. Estiré mi cuello de lado a lado, inspiré aire profundamente y salí de casa. 

- No sabía a dónde había ido Víctor ni, por tanto, el tiempo del que disponía, así que corrí hacia el felpudo de su casa, cogí la llave y entré sin problemas. Clio ladró un par de veces y al reconocerme se acercó a babearme las rodillas. Repetí el ritual: fui al garaje para coger la llave del cobertizo y, una vez con ella, me dispuse a abrir el cerrojo. Y, una vez más, cedió tras un molesto chirrío. La caja de cartón alargada que había cargado en su camioneta estaba allí y estaba abierta. Miré a mi alrededor, pero no me pareció que hubiera una estantería que antes no estuviera. Mala señal. La alfombra que escondía la guardilla estaba a medio levantar. Tragué saliva, la aparté y tiré de la anilla. A duras penas fui iluminando con la linterna de mi móvil hasta que puse los pies en el frío cemento del sótano. Y, de nuevo, aquella bofetada de olor a heces y humedad. Una mezcla entre armario cerrado y granja de cerdos. Entonces, mis ojos se acostumbraron a la penumbra y pude ver con claridad. 

- Una chica de aspecto frágil e indefenso yacía tumbada de costado en la mugrienta cama. A juzgar por su postura estaba inconsciente. Tenía las manos atadas por la espalda y un pañuelo cubriéndole la boca. El pelo encrespado le tapaba un ojo. Tenía la boca entreabierta y manchada de sangre. Le habían golpeado violentamente. Aquella no era Catalina Sigler, era una nueva esclava. De repente, las piezas encajaron en mi cabeza como si de un puzle se tratara. Con el corazón encogido y los ojos llorosos, saqué mi móvil. Sin señal. Tenía que salir fuera para poder llamar a la policía. Me dispuse a volver a subir la escalera cuando de un manotazo me impulsaron, de nuevo, hacia dentro. Volé medio metro e impacté contra el duro suelo de cemento. Pequeñas gotas de sangre me resbalaron por la sien. Víctor Quirán avanzó hacia mí con el rostro desencajado. Lo había descubierto. Y él me había atrapado en su jaula para conejos. Gateé hacia atrás, intentando alejarme lo más rápido posible, pero estaba en un cuadrilátero minúsculo. Cuando lo tuve apenas a unos centímetros atisbé cierta satisfacción en su rostro. Llevaba entre sus manos mi martillo. Entonces, sentí que me elevaba del suelo. Una sensación de vértigo sin precedentes. Casi sin respiración. Terror. Apreté los ojos con fuerza y pensé para mis adentros: “ojalá acabe pronto”. Me cubrí el rostro con los antebrazos. 
- No, por favor... – rogué. 
- No has debido bajar aquí, Laura. 

Ansié un golpe rápido y preciso. Sentí la brisa del movimiento. Aquel hombre fornido alzando el martillo para posteriormente dejarlo caer sobre mi cabeza. Y entonces, escuché el chasquido, el fuerte golpe, un nauseabundo crujido, un inmenso dolor y me desplomé, sin más. 

Mientras tanto, al otro lado del mundo, un Orlando ilusionado por su nuevo proyecto y con ganas de contárselo a la mujer de su vida, cogió el móvil y se encontró con un audio sin oír de Laura: 

- “Orlando, estoy desquiciada, he intentado dar contigo – el chico, extrañado, se apartó a un lado de la sala para escuchar mejor. Laura sonaba fuera de sí. – He descubierto algo extraño en casa de Víctor Quirán. Creo que es siniestro y que algo malo va a pasar. Te envío este audio porque voy a ir a su casa. Tengo que comprobarlo. Ya sé que siempre me dices que no soy Lara Croft, pero no puedo quedarme de brazos cruzados. Tengo que hacer esto para vivir tranquila mientras tú no estás. Si no vuelves a contactar conmigo llama a la policía. Te quiero”. 
Blanca Cabañas Fernández
2019 

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